14 de febrero 2008 - 00:00

Emotiva evocación del "Gardel judío"

Una imagen de quien fue llamado «el judío más alegre deBuenos Aires», cuya inesperada muerte convocó cerca de35.000 personas en 1940. Es una pena que el film sólo tendrátres funciones en el Rojas.
Una imagen de quien fue llamado «el judío más alegre de Buenos Aires», cuya inesperada muerte convocó cerca de 35.000 personas en 1940. Es una pena que el film sólo tendrá tres funciones en el Rojas.
«Jevel Katz y sus paisanos» (Argentina, 2005, habl. en español e idish). Dir.: A. Vagnenkos. Guión: H. Andrade. Documental.

"Nacido yo soy lituano. / Hace un año y un mes/ que estoy en el país/ y ya sei hablar castellano. / Castellano aprendí muy ligero, /porque yo sabía, tres veces por día, / que hay que comer buen puchero".

Es una pena que este documental se exhiba sólo en tres ocasiones (hoy, el 21 y el 28 de febreo), y con tardanza, pero al menos, al darse en el Centro Cultural Rojas, o sea, a las puertas del Once, es como sentir que Jevel Katz ha vuelto al barrio. Ahí cerca, nomás, por Corrientes y Pasteur, se alojó «él con dos señoritas», según cuenta a cámara una nonagenaria muy simpática.

Quizá sea una pena también, para algunos, que este trabajo no sea una exhaustiva biografía de aquel que llamaron «el judío más alegre de Buenos Aires», cuya inesperada muerte convocó cerca de 35.000 personas en marzo de 1940 (casi como en el entierro de Carlos Gardel, pocos años antes). Pero ahí está, justamente, lo singular de «Jevel Katz y sus paisanos».

Porque, más que biografía, es una serie de charlas con octogenarios y nonagenarios que alcanzaron a conocerlo, cantaron y cantan hoy sus melodías, y mantienen ese sentido tan particular del humor a pesar de todo, que él contribuyó a afianzar en su comunidad.

Algunos vinieron de pequeños, pero no tan pequeños como para no haber visto, y recordado para siempre, la sangre de sus vecinos secándose en las calles de un pueblo polaco. Todos vinieron con hambre. Todos vieron a sus padres apechugar la miseria del 30. Cuentan eso, pero también sonríen y cuentan otras cosas. Por ejemplo, cuando en Canning, a la altura de Villa Crespo, todos los negocios tenían sus carteles en idish. O cuando vieron a Katz en el Salón Ezrah de Avellaneda, van a ese mismo salón, y uno de ellos lo imita, con todos los gestos. Así evocan, por ejemplo, «Mucho ojo», «El encargade» (con e), «Tucumán», «El gringo en la plaza», «A pokerl», «Ovinu Malkheinu» (parodiando una vieja oración), y «A pik-nic in Visente López» (sic), que además permite cerrar la película precisamente con un picnic de todos los ancianos en Vicente López.

Si se lo consulta, quizás el padre de algún lector recuerde también «A rantshera», «Mozesvil» (donde imagina que el Mesías está en Moisesville), o algún otro tema, o encuentre algún ejemplar de la recopilación hecha por el propio Katz en 1933, «Argentiner Glikn: parodies un kupletn», escrita en idish y castidish, lenguas que se han ido perdiendo. Se dice que había un ejemplar, en la desaparecida biblioteca de la Amia.

P.S.

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