«El doctor y las mujeres» (Dr. T & the Women, EE.UU., 2000, habl. en inglés). Dir.: R. Altman. Int.: R. Gere, H. Hunt, F. Fawcett, L. Dern, S. Long, T. Reid, K. Hudson, L. Tyler.
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El doctor Sullivan Travis es ginecólogo. Más en confianza, el Dr. Sulli T., encarnado por Richard Gere, es el ginecólogo favorito de las señoras ricas de Dallas, casi todas las cuales están totalmente sanas, pero igual insisten en ir al médico. Podría decirse que esta película habla de esas mujeres; tal como las ve, las soporta, y las ama el agraciado galeno, que, cuando no está atendiendo ni está con su amada esposa y sus encantadoras hijas, está jugando al golf con una simpática partenaire.
Es cierto, podría decirse eso... si se tratara de una comedia picaresca o una comedia romántica. Al comienzo, el sarcástico Robert Altman nos hace creer que por ahí viene la mano, pero enseguida muestra las cartas: esto es una sátira. Las señoras son unas histéricas, fastidiosas y poco recomendables, la esposa se chifla tanto que va a parar al manicomio, las hijas son otras histéricas, la cuñada se instaló en la casa con sus tres nenas y vive a champagne, la doméstica es otra que bien baila y la simpática partenaire (y sacrificada enfermera) alguna vez va a mostrar la hilacha.
Misoginia
¿Misógino, el amigo Altman? Bueno, los pocos varones que por ahí aparecen tampoco se lucen demasiado, y hasta el propio médico modelo tiene sus fallas, aunque al final queda bien parado... gracias a un tornado, en una resolución francamente inesperada, que, además, vuelve a plantear la pregunta: ¿misógino? Pero sí, hombre, qué problema hay, si, además, el guión lo escribió una mujer.
Así es, lo escribió Anne Rapp, la misma de la encantadora «La fortuna de Cookie», y lo ha hecho muy bien, ya que la obra es enteramente entretenida y aguda, pero, además, lo hizo muy bien al estilo de su director, ya que hasta parece una reelaboración de aquella otra sátira altmaniana que se llamó «Una boda», sólo que ya no está Vittorio Gassman para hacerle un corte de manga a la gran matriarca Lilian Gish y su séquito, y hoy las cosas se resuelven de otro modo, si es que se resuelven.
El viejo Altman sigue tan punzante como de costumbre, un maestro en la pintura de caracteres, la acumulación de detalles (incluso mediante personajes que apenas aparecen, pero dan a entender una historia), la dirección de actores (¿pero de veras es Farrah Fawcett la que aparece frontalmente desnuda en la película, y no sólo sigue hermosa, sino que, dos escenas después, resulta una actriz admirable?), y los planos-secuencia: hay uno, con todas las mujeres en la sala de espera, yendo de un lado para otro con sus parlamentos, y la cámara como quien mueve la cabeza de izquierda a derecha y viceversa, sin perderse ni que nadie se pierda, que a esa escena en todo el mundo sólo podría hacerla otro tipo: el también veterano don Luis García Berlanga, maestro de las puestas corales. Sólo que su humor es más hispánico, más cercano a nosotros, y el de Altman es un humor puramente norteamericano.
Un chiste típico: la presidenta de una entidad busca nombres de mujeres para bautizar una autopista, y el médico propone: Jayne Mansfield, y encima la otra lo acepta encantada, ignorando que la pobre diva perdió su cabeza (literalmente) en un accidente automovilístico.
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