30 de mayo 2006 - 00:00

Exhiben los paisajes urbanos de Argüelles

«Cúpulas II»,uno de lospaisajes deAlejandroArgüelles,formas querepresentanespacios dela Ciudad deBuenosAires con unsingularpoderalegórico.
«Cúpulas II», uno de los paisajes de Alejandro Argüelles, formas que representan espacios de la Ciudad de Buenos Aires con un singular poder alegórico.
"Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que oculta un deseo, o su inverso, un miedo. Las ciudades, como los sueños están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas, absurdas, sus perspectivas, engañosas, y toda ciudad esconda otra". Esto dice Marco Polo al Gran Kan en uno de los libros más imaginativos de Italo Calvino: «Las ciudades invisibles». Son cincuenta y cinco, llevan nombre de mujer, y tienen relación con la memoria, el deseo, los signos, los cambios, los ojos, los muertos, el cielo. Hay, además, según la categorización de Calvino, ciudades «tenues», «continuas» y «ocultas».

En los paisajes urbanos de Alejandro Argüelles, quien inaugurará una muestra pasado mañana en la Galería El Puente, (Arenales 834), la ciudad es Buenos Aires y sus alrededores. En sus obras en blanco y negro -realizadas sobre maule-, edificios, puentes, cúpulas son formas que representan espacios con un singular poder alegórico. Nuestro idioma ha tomado el término «paisaje» del francés paysage, derivado del latín pagus (en español: pago, país), «aldea, distrito campesino». El vocablo «paisaje» suma dos nociones: territorio y visión (como landscape, en inglés); el paisaje es entonces aquella zona de tierras (país) que presenta una vista de conjunto, o que puede ser vista desde un sitio determinado. En este último sentido hablamos de los paisajes de Argüelles (1968).

En el arte de Occidente el paisaje aparece, como tema en sí y por sí, en la pintura holandesa del siglo XVII (Jan van Goyen, Jacob Ruysdael, Meindert Hobbema), pero su reinado data de la tercera década del XIX, a partir de los británicos Joseph Turner, John Constable y Richard Bonington y, sobre todo, del francés Jean-Baptiste-Camille Corot. Desde entonces, más allá y más acá de las tendencias que se han sucedido, el paisaje mantiene su vigencia como un tema que atrajo a los artistas.

En el arte argentino, que se institucionaliza a finales del siglo XIX con los cuatro Salones del Ateneo (1893 a 1896) y la fundación y apertura del Museo Nacional de Bellas Artes (1895-96), uno de los hechos referenciales de este proceso es la asunción definitiva, por la pintura local, del paisaje del país y de sus gentes, ya anticipados por los artistas europeos viajeros (de Brambila a León Pallière) y las de nuestros creadores inaugurales (Morel, Pueyrredón, Cándido López).

Esta asunción definitiva adquirió doble sentido: uno de ellos fue el social, porque implicaba una de las vías de reconocimiento del medio que nos moviliza y, a la vez, en el que nos movemos; el otro sentido fue el artístico, y deriva del anterior, no sólo porque tal reconocimiento señaló a la pintura como uno de sus grandes temas -tan particular que desembocó, en la Francia del último tercio del XIX, en el estallido del arte moderno- sino también porque ayudó a comprometer su destino, que es la sociedad misma. Decimos que ayudó, pues, desde luego, no es ni será nunca el paisaje el único dominio en el que la pintura cumple su cometido social. Pero hoy, la visión realista quedó atrás; y la impresionista representa un momento histórico, como la fauvista, pues ambas se ocuparon tan sólo de las formas de la representación.

Por ello para recrear el paisaje, es necesario inventarlo. «Argüelles parte de visiones identificables: paisajes de la ciudad oteados desde la ribera, perfiles lejanos de cúpulas y torres, puentes, inciertos límites entre cielo y aguas invadidas por la naturaleza montaraz y espontánea», escribe Elba Pérez en el prólogo a la muestra. Pero son paisajes recreados por la mirada del artista. El hombre no aparece en los oscuros espacios de La Boca, Balvanera o Retiro. Pero está presente en la tensión que crea el silencio de sus espacios solitarios donde asoma lo insondable de la colectividad humana. Sören KierkegTMard había partido del abismo irreconciliable que media entre lo finito y lo infinito, abismo sentido por la existencia humana como una angustia radical, un desamparo donde la subjetividad del hombre está suspendida en la nada. Pero gracias a ese desamparo, esa nada puede ser concreta, huir del engaño de la razón unificadora y sumergirse en el torbellino del existir. «Cuanto más hondamente se angustia, tanto más grande es el hombre», decía KierkegTMard; y también, «el hombre mismo produce angustia». Por eso creyó que su investigación debía salir del marco de lo psicológico para entrar en lo existencial. La angustia es un modo de hundirse en la nada, pero es al mismo tiempo la manera de salvarse de ella y esto es lo que materializan las telas de Argüelles, recientemente distinguido con un Premio Aerolíneas Argentinas, por un jurado internacional.

La ciudad, que entre fines del siglo XIX y comienzos del XX se expandió hacia el Oeste, fue una yuxtaposición de distritos, cada uno con su historia, sus tradiciones, sus usos y costumbres. Pero hacia la década del '70, la Capital inicia una de sus transformaciones cíclicas que consistió, entre otras, en la pérdida de la individualidad de sus barrios, que pasaron a ser reliquias de un tiempo ido. Borges acompañó esta desarticulación y tal vez por eso alguna vez sostuvo «En sueños, no salgo nunca de Buenos Aires». Hoy, en los paisajes materializados por Argüelles, esa identidad se presenta, como en la narración de Calvino, «la ciudad como el sueño está construida por deseos y miedos».

Dejá tu comentario

Te puede interesar