7 de febrero 2001 - 00:00
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Obra de Marta Minujin
«La esperanza» lee el espectador al enfrentarse a sí mismo reflejado en los espejos de «La caja de Pandora», obra que presenta Nora Correas. Volumen y constructivismo son vías de respuesta a las preguntas que hace y se hace Correas. «Pienso que por el camino que hemos tomado los seres humanos, no hay salida», declaró hace uno años. «El primer cambio real que podemos hacer es el de nosotros mismos».
Nora Aslan nos enfrenta con las referencias directas a lo doméstico y a los ejes del comportamiento ordinario de nuestra existencia: los sueños y la esperanza, que les faltan a los seres humanos de quienes dan cuenta sus obras.
«El hecho de pintar es un proceso como el de una enfermedad», ha dicho Daniel García. «Un proceso al que uno se somete. No se puede decidir cuándo o cómo uno se enferma. Hay un cierto carácter de inevitable en el proceso, y yo vivo la pintura de la misma manera. Por eso, tal vez, las referencias a los estados del cuerpo, a los órganos, son recurrentes en mi obra», como ocurre en las pinturas que exhibe en la Bienal, «un antes y un después» de dos enormes dentaduras.
«Juega al juego», de Marcela Gásperi (1963) invita a los espectadores a participar del juego del arte, con sus esculturas de fibromadera y de hierro, que denomina «pinturas-objetos lúdicas»; con ellas, induce el juego del espectador, en una situación de circulación e intercambio permanente. Cada espectador realiza un juego distinto, pero todos lo tornan en un juego continuo. Gásperi utiliza volúmenes geométricos: cubos, paralelepípedos, prismas de base triangular y, sobre ellos, pinta formas geométricas, duplicando así el sistema de imágenes (o de signos plásticos). La disposición de los elementos, ya sueltos, ya ensartados a lo largo de barras horizontales o verticales, implica la primera ocupación -inserción-en el espacio, encaminada a ofrecer al espectador una determinada percepción visual y una indeterminada posibilidad de interacción (juego).
«La única forma de ser universal es la de afirmar lo particular, pero, al mismo tiempo, la única forma de ser lo particular es bajo una perspectiva universal», sostenía Luis Felipe Noé en su «Antiestética» (1965). Su obra atañe a la historia, a los hechos de hoy y los de ayer, a las circunstancias del artista y a las del mundo. Reflexiones con texto y fuera de contexto son las instalaciones que realizó especialmente para la Bienal.
«Infinito recurso» es una video-instalación de Silvia Rivas (1957), artista conceptual, que traduce los conceptos en virtualidades estéticas que van más allá de los elementos conocidos. Cada una de sus obras indaga la relación entre el soporte y la idea. Es que el soporte constituye un espacio, un espacio plástico, si se quiere, el tradicional del arte. Sus obras aluden a las preguntas capitales de la vida y la muerte, pero también a los misterios del arte, ese espejo que nunca lo dice todo, en forma directa.
Pablo Suárez (1937) resignifica mitos populares de la vida urbana: con un filoso contenido irónico; prueba de ello es su obra «Bañado en un mar de lágrimas», donde presenta en esta I Bienal Internacional de Arte a uno de sus personajes arquetípicos.
En las terrazas del segundo piso, se exponen esculturas de Pájaro Gómez, Rodolfo Nardi, Claudia Aranovich y Dolores Cáceres, cordobesa, cuya obra se continúa en la escalinata de la Facultad de Derecho. Aranovich recobra elementos naturales a partir de una arqueología personal, exhibe «Memoria de la naturaleza», dos caparazones de poliéster con raíces en su interior, audaces representaciones de la memoria humana y del orden natural.
Es imposible referirnos a todas las obras de la Bienal, que, entre otras, incluye las de Jacques Bedel,Alberto Bastón Díaz, Diana Dowek, Jorge Gamarra, Nora Iniesta, Gustavo López Armentía, Edgardo Madanes, Alfredo Portillos y Clorindo Testa. Así como, en la sección fotografía, a Raquel Bigio, Eduardo Comesaña, Horacio Cóppola, Alicia D'Amico, Eduardo Grossman, Anne Marie Heinrich, Juan Hitters, Alejandro Kuropatwa, Adriana Lestido, Marcos López, Oscar Pintor, RES, Humberto Rivas, Juan Travnik y Facundo de Zuviría.
En el surco abierto por la fotografía, el videoarte completó la desmercantilización y la desfetichización de las obras estéticas, objetivo que no pudieron alcanzar aquellos movimientos y tendencias que operaron en ese territorio, incluido el Conceptualismo. En sus treinta años de vida, el video ha acumulado su propia historia y su propia teoría, exhibiendo así una pujanza y un desarrollo muy valiosos. En esta área de la Bienal, se destacan las proyecciones de trabajos locales, como «Un acto de intensidad», de Ar Detroy; «Una tarde», de Carlos Trilnick; «Venimos llenos de tierra», de Gastón Duprat; y Mariano Cohn, entre otras.




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