Obra de Arturo Aguiar, uno de los siete artistas que exponen en «Desplazamientos y fusiones», una muestra que ensaya nuevas formas de pensar los vínculos entre pintura y fotografía.
Si en el pasado la difusión de la fotografía liberó a la pintura de ser un documento gráfico por excelencia de la realidad, lo cierto es que por medio de préstamos y apropiaciones ambas no han dejado de influenciarse mutuamente a lo largo de más de 160 años. «Desplazamientos y fusiones», la exposición curada por Ana Martínez Quijano que se exhibe en la sala 6 del Recoleta, ensaya nuevas formas de pensar los vínculos entre pintura y fotografía, siempre inestables, siempre cambiantes, siempre posibles. Para ello convocó a los artistas Arturo Aguiar, Melina Berkenwald, Martín Bonadeo, Diego Haboba, Santiago Iturralde, Magdalena Jitrik y Lorena Ventimiglia, quienes también ensayas nuevos modos de «ser pintura» y «ser fotografía» desde prácticas hibridadas, en ese vaivén apropiacionista propio de nuestra contemporaneidad.
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Esta exposición resulta particularmente interesante porque pone en tensión la producción tanto de artistas que se desempeñan en el campo de la pintura, quienes a su vez mantienen un estrecho vínculo con la fotografía ((Haboba. y su archivo de fotos familiares, Ventimiglia y las fotos de los críticos de arte que decidió retratar, Jitrik. y el corpus de retratos antiguos de trabajadores, e Iturralde. y las imágenes tomadas de la TV); con aquellos que inscriben su producción en la tradición de la fotografía, cuyas obras evidencian un vínculo intertextual con la pintura (Bonadeo. y su cercanía con la estampa japonesa, Aguiar y la pintura barroca, y Berkenwald y la escuela paisajista del siglo XIX).
Perdida la ilusión de precisión y objetividad que garantizaba el discurso fotográfico decimonónico -cuando era tan sólo instrumental de una verdad científica-; en el presente, la crisis de este presupuesto de verdad condiciona una realidad que, como dice Martínez Quijano en el catálogo de la exposición, cada vez más se asemeja a las «formas de un caleidoscopio». Cuando lo real deja de ser sólido y estable, la fotografía y la pintura entablan nuevas formas donde las puestas en escena fotográficas y los documentos o registros pictóricos revelan los desplazamientos y fusiones de la práctica artística (sic). Una práctica por principio ficcional, que simula un permanente «como si».
Arturo Aguiar es el caso de un artistaque utiliza el procedimiento fotográfico para componer lo que él mismo define como «pintura de luz» o « fotoperformance». Intuir las formas desde la oscuridad y darle existencia a partir de un barrido de luz que dirige «como si» fuese un pincel, «como si» él mismo fuera un pintor. El contraste cromático, la teatralidad de las escenas, una sensualidad siempre insinuada, la composición que responde a las convenciones del género, son algunos elementos que permiten analizar sus fotografías desde la herencia de la pintura barroca. Aguiar también está interesado en reflexionar sobre el espacio, el tiempo, la luz, el cuerpo y el movimiento, y encuentra en la fotografía un campo de experimentación natural para ello. Su obra «Escena en una biblioteca 1844-2006» (que participó del primer concurso Buenos Aires Photo-Petrobras), es un buen ejemplo de ello. Aun conservando las características formales y temáticas que lo acercan al barroco como marca estilística, se descubre un interés específico en la tradición de la propia disciplina.
Entre lo plástico y lo fotográfico, Diego Haboba hace de las obras que integran la muestra una instalación que torna legible un recorrido pictórico por su álbum fotográfico.
Construye su propia genealogía partiendo de fotografías que se mueven en esa doble articulación entre la memoria pública y privada, entre la historia y la anécdota.
También está presente en la muestra su serie más reciente, que tiene como motivo la isla Martín García. Esta vez el «cómo si» de Haboba lo acerca al dibujo científico, impostando la mirada intrépida y sorprendida del explorador.
Este libre uso de procedimientos y recursos que hacen visible los artistas de «Desplazamientos y fusiones», ha permitido que las fronteras disciplinares se expandan, se enreden, se confundan,y se revitalicen para no pereceren la tradición. Pensar la práctica artística desde el universo de posibilidades que ofrece la historia (aun cuando esta toma la forma de fuga nostálgica), es una buena manera de sortear la compulsión de un presente poco reflexivo y banal. Esta muestra da cuenta de ello.
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