En una inusual
decisión, el
Mozarteum
Argentino
cerró su año
con un bello
espectáculo
del grupo
japonés
«Kodo»,
centrado en la
percusión,
pero cuyos
integrantes
también
cantan, bailan
y actúan.
Kodo. Dir. art.: M. Ishizuka. Luces: K. Kumada. Dir. Cia.: J. Akimoto y M. Taylor. (Teatro Coliseo.)
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Lo que comenzó de manera brillante (con Sergio Tiempo y Daniel Barenboim, en el mes de mayo) se cierra de forma notable. La temporada 2008 del Mozarteum Argentino marcó un punto muy alto en el año musical de Buenos Aires. La clausura trajo hasta nosotros a Kodo, un conjunto japonés, que más allá de la lógica curiosidad que despierta en el auditorio, significó no sólo un cambio profundo dentro de la programación de la institución sino también una oportunidad única de contactarse con una agrupación étnica de calidad excepcional.
Los trece artistas que componen el grupo poseen varias destrezas: tocan instrumentos musicales, cantan, bailan y actúan. El eje del espectáculo pasa por el dominio total de los secretos rítmicos de la percusión, a través el tambor tradicional japonés, el «taiko», y sus derivados (en japonés, la palabra Kodo remite al latido del corazón de la madre sentido «desde adentro» por el bebé, y también puede significar «niños del tambor»), además de los efectos que dependen de la altura, la tensión y la intensidad de los golpes sobre los parches. Pueden ser sensuales, guerreros o frenéticos en una misma secuencia sonora. A esto hay que agregar la plasticidad de los componentes de la troupe, que danzan, interpretan algunos instrumentos aerófonos, cantan y se desplazan por el espacio escénico en una red de movimientos sutiles y de singular disciplina teatral.
Otro elemento atractivo de Kodo son los instrumentos mismos, de distintas formas, parches, tamaños y colores, que según las necesidades escénicas aparecen montados en carros, pedestales o transportados por los mismos artistas.
El programa incluyó «La tribu» de Leonard Eto en el comienzo y se cerró con «Taiko en carros festivos», un tema tradicional en arreglo de Kodo. En suma, un espectáculo que, a lo largo de dos horas, pasó por distintas atmósferas expresivas y poéticas de genuino sabor oriental. El bis fue una celebración conjunta donde sonido, danza y abanicos, entre otros recursos, crearon una mágica fiesta que el público festejó ruidosamente acompañando con palmas.
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