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15 de octubre 2008 - 00:00

"La edad de la inocencia"

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Diane Kruger y otras mujeres fantásticas en la tórrida imaginación del señor Leblanc.
«La edad de la inocencia» («L'âge des ténèbres», Canadá, 2008; habl. en francés). Dir.: D. Arcand. Int.: M. Labrèche, D., Kruger, S. Léonard, C. Néron y otros.

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Algo ha de haberle ocurrido a Denys Arcand, el encumbrado director canadiense de «La decadencia del imperio americano» y «Las invasiones bárbaras». Contra las lúcidas ironías y la mirada socarrona de aquellas películas, su nuevo film, «La edad de la inocencia» (en realidad es «La edad de las tinieblas», tampoco se lo puede responsabilizar por todo) incurre en una alegoría tan obvia, como presuntuosa y ramplona, de algunos de los males del ciudadano medio en una gran metrópoli.

Salvo la breve aparición de uno de los profesores universitarios que protagonizaban sus films anteriores, esta «Edad...» no produce, pese a lo que podría inducir su título, la culminación de una hipotética trilogía. En realidad, lo único que produce es estupor, y dos interrogantes de difícil elucidación: ¿para qué, por qué la filmó? ¿Tan mal le hizo ganar el Oscar que se propuso desconcertar hasta a sus más fieles seguidores?

La historia, que intenta avanzar en el territorio de la ciencia-ficción (género que defiende su honor y le cierra la puerta), es una inconcebible mezcla de Kafka y Orwell con «Las puertitas del señor López», sin desmerecer desde luego el muy superior clásico de Altuna y Trillo. El López de Arcand es el señor Leblanc, gris empleado de una gigantesca oficina pública, ignorado por sus hijas adolescentes y maltratado por su mujer, una achispada mujer de negocios. El señor Leblanc, que quizá aliviaría sus problemas con un par de sesiones en lo de Irina Palm (Arcand también), logra escaparles a esa abrumadora rutina, a esa metafísica opresión, gracias a sus calenturientas fantasías, capaces de satisfacerlo con mujeres de ensueño -además de ninfómanas incontinentes-, que arden de deseos por él a lo largo de reiterativas, interminables, cargosas escenas, cuya puesta en escena hasta podría resultarle chabacana a Jorge Corona.

Pero hay algo más grave que eso, y es el hecho de que Arcand parece haber nacido en el país equivocado para hacer cine de denuncia, y sobre todo para exportarlo. Aunque uno no le crea del todo a Michael Moore cuando expone a Canadá como el ejemplo supremo e inmaculado de la civilización, la cultura y el respeto, resulta imposible compadecer al ciudadano Leblanc por los sufrimientos que le inflige la vida cotidiana canadiense. Si alguna vez Arcand saliera a viajar por el mundo con su cámara y se topara con el estado de los hospitales públicos, la pobreza, el hambre y la delincuencia que existen más allá de los límites de Québec, tal vez advertiría que una película como la suya podría producir el mismo efecto que lograría, en un suburbio africano, el llanto del propietario de una Ferrari porque se la rozaron en un estacionamiento.

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