23 de abril 2001 - 00:00

La noche única de la vampiresa

Ute Lemper.
Ute Lemper.
El público, que la aplaudía de pie, delataba haber sucumbido a una seducción más intensa que instantánea, más racional que emocional. Y no porque su arte sea «frío» ni mucho menos: su impecable creatividad, con voz, cuerpo e historia jugados al extremo, no fue de las que llevan a elevar encendedores ni a corear temas (habituales reacciones en las que el público se celebra más a sí mismo que al artista), pero sí de las que difícilmente se olvidan.

En la espigada e imponente figura de Lemper hay menos una herencia cultural de la Europa de entreguerras (se menciona habitualmente a Marlene Dietrich, Edith Piaf y Lotte Lenya en su árbol genealógico) como una interpretación de esa cultura, al calor de una admiración distanciada. Distancia, en el sentido que le daba a la palabra otro de sus inspiradores, Bertolt Brecht. Distancia que supone apropiación y rechazo a la vez, pero sobre todo parodia, sátira. Exactamente el sentimiento que le produce su país natal, Alemania, al que odia con el amor de un desterrado.

Sátira

Ute Lemper es una satirista incomparable. Ella misma confesó su predilección anteanoche: «De todos los musicales prefiero 'Chicago', porque es pura sátira. Qué felicidad poder sacar afuera todo lo peor de una». Sus arreglos de los clásicos del repertorio de Brecht o Eisler con Kurt Weill siguen también esa línea, lo que no le impide ceder a la emoción más pura aunque luego se recupere de inmediato, y gima y masculle y ría. O remede guturalmente los sonidos del bajo y la batería.

Desde ese lugar surgen sus versiones del «kabarett» berlinés, género del que hoy se ha hecho dueña y jueza al mismo tiempo. Lo peor, para ella, sería la nostalgia muerta. Aludió, sí, a que «el buen humor y la felicidad que reinaban en la Alemania de los veinte nunca más volvió a repetirse. Nunca más, ¿entienden? No sólo con la llegada de los nazis. Nunca, nunca más». Pero enseguida sonrió: «Ah, y si hay algún alemán en el público, no hagan caso por favor. Esto es un chiste».

Tan actriz como cantante, la interpretación que hizo de «Soy una vamp», la vieja canción de Michel Spoliansky de 1932, tuvo el vigor y la vigencia de un tema nuevo, complementándola con una actuación en la que bajó del escenario y «mordió» a un espectador al que después siguió martirizando hasta el fin del recital (porque tuvo la mala idea de decirle su nombre en inglés cuando ella se lo preguntó).

Lemper paseó gentil y ferozmente por la historia del siglo a través de sus canciones: habló de la música degenerada, de los implantes estéticos, del barón de Munchaussen en la bella canción de Friedrich Hollaender, de Garbo, Brecht, Mata Hari, el Príncipe de Gales, Wally Simpson, Marlene, Von Sternberg, Richard Tauber. Lo mandó a callar a Hitler y le cortó el bigote. Se burló del liberalismo americano, del Muro, de los alemanes, de los empresarios teatrales, de la mafia, de Bob Fosse y sus coreografías de cuerpos contorsionados; de la mitología del Kabarett con sus Johnnys, sus Peters, sus Lola-Lolas, sus marineros, prostitutas y el humo de los cigarrillos flotando en el ambiente; de sus editores de discos «clásicos» ingleses, franceses y norteamericanos, a los que imitó con desopilantes acentos cuando ponían cara de terror ante sus versiones de Nick Cave o Elvis Costello.

La emoción, finalmente, la reservó para dos momentos: las calles adoquinadas de Berlín, la ciudad que más ama en el mundo, y
Jacques Brel, «cuyas canciones siempre admiré, pero recién ahora tomé el coraje suficiente para interpretar». Una artista única, indudablemente, aunque no sea «sanguínea» en el sentido tradicional: en definitiva, como vamp, como mordedora de admiradores, la que vino a llevarse la sangre fue ella.

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