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15 de noviembre 2007 - 00:00

"Leones por corderos"

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Aunque bastante hablado, «Leones por corderos» es un film franco, inteligente, con una dosis razonable de corrección política (para ser de Hollywood) y, además, está muy bien actuado.
«Leones por corderos» (Lions for lambs, EE.UU., 2007, habl. en inglés). Dir.: R. Redford. Int.: T. Cruise, M. Streep, R. Redford, M. Pena, D. Luke, A. Garfield.

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A pesar de que ya hace más de un lustro que el mundo está en guerra, Hollywood aún no ha sabido cómo interactuar con la situación. Algo parecido a los tiempos de Vietnam, conflicto que tuvo que esperar bastantes años para ser un tema tan habitual como para convertirse en subgénero del cine bélico.

Justamente, los ecos de Vietnam están presentes en la nueva película de Robert Redford, más un drama antibélico que un auténtico film de guerra, a pesar de que el nudo de la acción muestra las penurias de dos soldados aislados de su pelotón, enfrentados al enemigo talibán en una situación muy poco alentadora.

La película es breve (90 minutos) y precisa, con tres líneas narrativas paralelas conectadas entre sí con sencillez y eficacia. Meryl Streep es una periodista convocada por un joven político republicano más papista que el Papa (Tom Cruise, contenido y muy bien dirigido) para una entrevista en la que le revelará una primicia sobre la nueva estrategia de lucha en Afganistán. La reportera, que comenzó su carrera cubriendo Vietnam, no puede dejar de ver en esta nueva estrategia los mismos errores que le costaron la vida a tantos soldados en vano en la década del 60.

La estrategia concebida a partir de la idea de utilizar pequeños grupos de soldados como carnada para hacer salir a los eternos talibanes de sus escondites impenetrables, está lanzándose en Afganistán en el preciso momento en el que transcurre la entrevista eternamente interrumpida por llamados de peces gordos del aérea militar. Los dos pobres soldados abandonados por sus superiores son novatos recién salidos del colegio que están experimentando en carne propia las bondades de esa nueva estrategia implementada por la inteligencia del alto mando.

En la tranquilidad de su despacho, el estudiante más brillante de la clase de esos dos chicos convertidos en carne de cañón tiene una reunión con el profesor que trató de disuadir a los dos voluntarios de su clase. Robert Redford se dirige a sí mismo en el papel más difícil, por ser justamente el que podría cargar a la película de más corrección política de lo conveniente y convertirla en un sermón sin matices.

Por suerte, este film de ideas no deja que esa corrección -abundante, sin duda-inhiba los diálogos inteligentes, el ritmo cinematográfico, las buenas actuaciones y, dado el tema y la posición ideológica del director, productor e intérprete, una inteligente sucesión de planteos destinados a exponer la amplia gama de grises en medio de la realidad blanco y negro al estilo, digamos, de un Michael Moore.

En medio del debate, los que sufren la acción son los dos marines que protagonizan escenas de guerra con un despliegue visual estéticamente original y utratenso, sin caer en ninguno de los estereotipos ni la espectacularidad del género. Al contrario, el trabajo visual muestra al mejor Redford cineasta, jugando a un cine bélico de cámara en cierto punto comparable a los films de bajo presupuesto sobre la guerra de Corea que filmaban Sam Fuller o Anthony Mann.

En estas escenas es donde se luce el talento de uno de los grandes directores de fotografía del cine mundial de las últimas décadas, Philippe Rousellot, el de «Diva», «La Reina Margot» y «El Gran Pez».

Rousellot es ya un colaborador habitual de Redford, que en esta ocasión encontró el punto adecuado para fotografiar la guerra que uno sólo ha visto en la CNN, con realismo e imaginacion y el clima dramático y desesperanzado del caso, sin caer nunca en esteticismos artificiales. Igual que estas imágenes, la película es franca, equilibrada y no da respuestas a los interrogantes que plantea, lo que en medio de la hipocrecía actual quizá sea su mayor cualidad.

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