El extraño “Manuscrito Voynich” hoy puede ser observado
en Internet, en la Web de la Universidad de Yale.
En de 1912, un librero británico de origen lituano descubrió en un monasterio jesuita de Roma un extraño libro con textos escritos en un código incomprensible y cientos de ilustraciones de plantas, mujeres desnudas, diagramas astrológicos y mapas estelares. Entre sus páginas había una carta fechada en 1666, en latín, en la que el entonces rector de la Universidad de Praga rogaba a un científico jesuita que estudiara el libro e intentara descifrarlo.
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La sorpresa de Wilfred Voynich (así se llamaba el librero) fue mayúscula: de inmediato hizo a los jesuitas una oferta por el libro y se lo llevó a Londres. Se lo enseñó a criptógrafos, lingüistas, historiadores y medievalistas. Ninguno fue capaz de identificar los extraños caracteres. Para mayor perplejidad, analizado el «Manuscrito Voynich» (así se lo conoce hoy) por expertos botánicos, quedó claro que, excepto dos o tres, ninguna de las plantas allí retratadas corresponde a especies reales, y algo similar ocurre con los diagramas de estrellas y constelaciones: con pocas excepciones, son inexistentes. Pero, a la vez, causaba asombro que, entre cinco y siete siglos atrás, alguien dibujara cosas que se descubrieron mucho después: células, espermatozoides, galaxias espirales, pero la escritura incomprensible impedía saber si se trataba exactamente de hallazgos o era el deseo de los investigadores de poder encontrar algo que pudieran identificar. Y era mera conjetura el considerar, como proponían algunos que se trata de un tratado de alquimia, astrología y farmacología.
A la falta de un método para traducir sus textos, se agregaba la circunstancia de que el libro había desaparecido durante 246 años, es decir, entre la fecha de la carta que lo acompañaba y su descubrimiento por Voynich. La única información histórica con que contaba éste era la carta, bautizada por los estudiosos como La carta Marci. Johannes Marcus Marci de Cronland, autor de la misma, solicita al docto científico alemán Athanasius Kircher que le descifre el manuscrito. Por lo que parece, no obtuvo respuesta. Lo importante es que allí establece el lugar de origen del manuscrito y arriesga una hipótesis sobre su autor. Dice Marci que el manuscrito provenía de la biblioteca personal del Sacro Emperador Romano en Praga, Rodolfo II, y que lo había comprado por una fuerte suma (600 ducados, unos 40.000 euros actuales), y que uno de los expertos de la corte decía que el manuscrito era obra del inglés Roger Bacon, teólogo, filósofo, fraile franciscano y científico del siglo XIII, que consideraba que los conocimientos no debían ser del «dominio público», sino de una élite ilustrada y preconizaba que científicos y eruditos debían escribir sus libros en código (él mismo lo hizo muchas veces) para que sólo pudiesen leerlos los hombres merecedores de ello. Sin embargo, los códigos baconianos se conocen perfectamente, fueron fácilmente descifrados en el siglo XIX. La autoría ha sido atribuida también a Leonardo da Vinci. La investigadora Edith Sherwood destaca la similitud entre la caligrafía del Voynich y documentos de Leonardo.
• Sospechas
Pero, las mayores sospechas acerca de la autoría del manuscrito han recaído sobre los ingleses John Dee y Edward Kelley. Dee fue consejero de la corte de la reina Isabel de Inglaterra, posiblemente espía suyo, y una autoridad científica en su tiempo, matemático, astrónomo, alquimista y místico. Kelley se dedicó a la alquimia y a la búsqueda de la transmutación de los metales. Suyo es el tratado De Lapide Philosophorum, que trata acerca de la piedra filosofal. Antes de conocer a Dee, había sido notario en Londres y se había enriquecido falsificando escrituras ajenas. Fue capturado, preso y condenado a la amputación de las orejas. Kelley conoció a Dee, y lo empujó a abandonar sus estudios y a dedicarse, junto con él, a prácticas «espirituales» como «hablar con los ángeles». Juntos viajaban por Europa dando conferencias sobre la transformación del plomo en oro y asuntos similares. Eran plebeyos y muy pobres, y, en 1580, recalaron en la corte de Rodolfo II en Praga, emperador mencionado en La carta Marci como propietario del «Manuscrito»
¿Podrían Kelly y Dee haber pergeñado el engaño, y vendido el manuscrito al monarca? La respuesta es sí. Además, Rodolfo poseía una biblioteca (la Kunstkammer) de volúmenes similares. Tal vez escribieron el libro con apuro (de ahí la poca calidad de las ilustraciones) y obtuvieron 600 ducados. Rodolfo rogó a Kelley que le enseñara a transmutar el plomo en oro. Éste accedió, y el soberano lo hizo noble. Obviamente, el inglés no pudo ofrecer la fórmula y fue encarcelado. Dee volvió a Inglaterra y murió muy pobre, algo inusual en quien obtuvo 600 ducados por un manuscrito extraño.
En la actualidad se consideran tres explicaciones acerca del libro: la primera, la de Dee y Kelley, que no sea más que una estafa genial pergeñada por dos truhanes para ganar los 600 ducados indicados en La carta Marci. La segunda, que esté escrito en un código desconocido hasta el momento. La tercera, que se trata, lisa y llanamente, de un texto escrito en una lengua desconocida. Como todo en él es de un modo radicalmente diferente a cualquier lengua conocida los lingüistas consideran que no contiene ningúnmensaje, sino que es sólo una muy bien diseñada jerigonza. Pero también esto hay que probarlo. Si se lo logra, habrá rendido su último secreto, descubriendo su real naturaleza de mentira que consiguió ocultarse durante casi 500 años, aparentando ser un texto relevante. Aunque hay quienes se resistan a creer que una pieza tan bella, un artefacto tan perfecto del ingenio humano, no transmita ningún mensaje.
El Manuscrito Voynich pasó, tras la muerte de su propietario, a la viuda de éste, que lo guardó durante 30 años hasta su muerte, en 1961. Quedó luego en poder de sus albaceas. Wilfred había dejado establecido en su testamento que sólo podía ser vendido si el comprador era aprobado por un comité de cinco personas: entre ellas su secretaria Anne Nill, uno de los estudiosos que intentó traducirlo y su esposa Lily Boole, hija del filósofo George Simon Boole. Ella estaba muerta, por lo que debieron fallar los cuatro restantes. Fue elegido el librero y coleccionista Hans Kraus, quien lo puso a la venta en 120.000 dólares, mas de lo que se pagaría por un manuscrito medieval o renacentista de firma conocida. Kraus, cansado y aburrido, donó finalmente en 1969 el manuscrito a la Universidad de Yale, donde está expuesto en su Biblioteca Beinecke de Manuscritos y Libros Raros. Sus páginas han sido digitalizadas y cualquiera puede acceder a ellas en el sitio web de la biblioteca.
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