Norman Ruiz y
Liliana Romero
animaron
notablemente los
dibujos de
Roberto
Fontanarrosa;
aunque no se
trata de un típico
film para los más
chiquitos, si lo
ven
acompañados
por adultos,
puede ser un
buen
acercamiento al
arte popular
argentino.
«Martín Fierro» (Arg.-Esp., 2007, habl. en español). Dir.: N. Ruiz y L. Romero. Dir. de Actores: C. Gallardou. voces: D. Fanego, A. Barbero, J.C. Gené, I. Apachaca, H. Calori, C. Gallardou, C. Rissi, R. Serrano, I. Quinteros, G. Rovito.
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Apenas empieza este dibujo animado, ya hay tres motivos para el entusiasmo: la pantalla bien ancha, para ver el paisaje pampeano como corresponde, los dibujos típicos de Roberto Fontanarrosa, con ese gaucho narigón y ceñudo, dibujos enriquecidos por el color, el movimiento, y la voz de Daniel Fanego, y, también al gusto de Fontanarrosa, una presentación potente, con Fierro encarando a los milicos que se ocultan en la oscuridad, mientras se prepara una tormenta.
En verdad, el libro «Martín Fierro» comienza de otro modo. Pero la licencia viene bien, para darle fuerza de entrada, y poner el dibujo a tono con estos tiempos. Cada tanto seguirán otras licencias, casi todas benéficas, porque respetan el espíritu de la obra, enriquecen personajes laterales, y aplican, además, las buenas lecciones de «Pampa bárbara» y otros dramas gauchescos de Lucas Demare, los duelos viriles y silenciosos de Sergio Leone, los westerns revisionistas donde los indios asolaban fortines pero los soldados asolaban tolderías matando hasta las criaturas (detalle aquí apenas sugerido), y, cosa infaltable, hay también un buen aprovechamiento de ciertos recursos del animé, específicamente en la escena de la pelea con la partida, y en el poético momento de la muerte de un viejo soldado, que es de los que mejor alcanzan la emoción.
Lo que deliberadamente falta, y esto hay que señalarlo, son esos momentos y personajes graciosos que el público acostumbra asociar con los dibujos animados. Mejor dicho, aparecen, pero apenas como pinceladas entre ácidas y socarronas, de fondo (o desenlace) un poco amargo, como era muchas veces el humorismo de Fontanarrosa, igual que el de Hernández. Queda claro, éste no es de ningún modo un típico dibujito para niños chiquitos. Igual pueden verlo junto a sus mayores. Quizá sea su primer acercamiento al arte popular argentino, y, más aún, al espíritu criollo, al dolor, y al alma inmensa de esta tierra.
La película cubre solo el «Martín Fierro». La segunda parte, «La vuelta de Martín Fierro», queda apenas anunciada al final, como una expresión de deseos: que la historia continúe, y el gaucho se reencuentre con sus hijos, y encuentre la unión y tranquilidad que sueña para todos los hijos de esta patria. A lo que el espectador suma otro deseo, aún más utópico: que haya otra película como ésta, porque dan ganas de seguir viendo. Pero Fontanarrosa ya no podrá participar en ella.
A resaltar, el trabajo de animación que encabezan Norman Ruiz y Liliana Romero, los autores de «El color de los sentidos» (donde cobraban vida personajes de Quinquela, Berni, Forner y Cándido López), la música (más que las canciones), y las voces de Juan Carlos Gené como juez de paz y Aldo Barbero como el patrón que intercede por su arrendatario, un personaje inteligentemente agregado, ya que Fierro no era un simple peón, sino que tuvo «en un tiempo, hijos, hacienda y mujer», pero entró a padecer por culpa de los malos gobiernos. De eso tratan, precisamente, el libro y la película, ambos de clara actualidad.
Pequeña objeción: se destacan demasiado dos marcas de bebidas (pequeña justificación: ambas existían en la época de Fierro, y además durante buen tiempo fueron las únicas fuentes de financiación de la película; había que agradecerles).
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