Amanda Peet y
Ashton Kutcher
en «Muy
parecido al
amor» de Nigel
Cole: un film
que logra la
dudosa proeza
de eludir la
inteligencia en
todo momento.
«Muy parecido al amor» («A Lot Like Love», EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir.: N. Cole. Int.: A. Peet, A. Kutcher, T. Manning, A. Garcia y otros.
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Hace cuatro años, la comedia romántica «Señales de amor» planteaba la historia de un hombre y una mujer nacidos para amarse el uno al otro (John Cusack y Kate Beckinsale), aunque en ninguno de sus encuentros intercambiaban dirección o teléfonos: si el destino de ambos era ése -tal la base conceptual- siempre se reencontrarían.
El guión de «Muy parecido al amor» no es igual de incompetente e insufrible, pero se le acerca peligrosamente. Los amantes sin datos recíprocos
gason ahora Emily (Amanda Peet, actriz que hoy aparece por partida doble y también está en «Melinda y Melinda»: un estreno honroso y el otro vergonzante), una muchacha que viaja de Los Angeles a Nueva York dejando atrás a un novio pesado, y Oliver (Ashton Kutcher), joven laboralmente desorientado que encontrará su futuro en la fabricación de pañales.
La relación se inicia a bordo y más sofisticadamente de lo que es habitual en el género: Emily se cuela en el baño de hombres y allí se lo monta a Oliver (escena que habla menos de la realidad como de las calenturientas fantasías del guionista Colin Lynch en vuelo). De allí en más, con la excusa de «no digamos nada para que no se arruine nada de lo nuestro», Emily y Oliver empiezan por abandonarse y reencontrarse. Primero en una esquina de Manhattan (un lugar,como todo el mundo sabe, tan fácil para toparse con un conocido como el centro de Chivilcoy), aunque allí el hombre se propone terminar con el azar, y le escribe a ella su número de teléfono.
Hubo quienes, en su país de origen, llamaron a esta película el «Cuando a Harry conoció a Sally» de esta generación. Si se toma como referente la escena en la que ambos van a un restaurante chino y, como gran gracia, se escupen con agua y ella finge atorarse (más tarde, se muestran la boca llena de chizitos aplastados), habría que convenir que, para hacer semejante comparación, las expectativas que se tienen de un guión inteligente han descendido calamitosamente en esta última década. La única proeza de este film es no contener ni un sólo diálogo inteligente. M.Z.
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