8 de junio 2005 - 00:00
Novela histórica revisa el amor como invención
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La escritora chilena Esther
Edwards se interesó por la
viajera Maria Graham
porque ella advirtió rasgos
permanentes de nuestra
cultura.
Esther Edwards: Por varios temas. Uno, el amor como invención. Otro, las mujeres viajeras de los siglos XVII y XIX. Pensé escribir sobre todas esas señoras y señoritas que partían a Medio Oriente y se tenían que vestir de hombre para poder moverse allí; un gran fresco de esas aventureras, en un tiempo en que la aventura era algo serio, que se iban a meter en lugares donde las mujeres estaban encerradas bajo llave. Fui afinando la puntería y me centré en una, la que conozco más, cuyo medio conozco más. Además me interesaba hurgar la época de la independencia chilena, las costumbres, el tremendismo que nos caracteriza, y ver como reaccionaba una mujer que había vivido en el corazón de la civilización y caía entre nosotros.
P.: ¿Buscó revelar el secreto romance con un héroe chileno?
E.E.: La historia de amor se la inventé. Ni Cochrane ni ella dan testimonio de eso. Él la nombra «la primera historiadora de Chile», y no era chilena ni historiadora. Ella habla todo el tiempo de «su excelencia», y dice «quien mira la casa cuando ésta el dueño presente», escribe maravillas de él, es evidente que estaba enamorada. Y si ninguno de los dos dijo nada más fue por recato. María era viuda, pero Cochrane estaba casado. Si puse todo ese cuento que comienza con que de jovencita se había enamorado por referencia de Lord Cochrane es porque evidencia el amor como invención.
P.: ¿A que llama «el amor como invención»?
E.E.: A algo que hacemos mucho las mujeres. Invertimos mucha energía, mucha fantasía, en colocarle a un buen señor una cantidad de atributos que nunca ha tenido, ni aspira a tener, ni le importa tener. Inventamos, y nos enamoramos de esa invención. Y después, la verdad tiene una forma de aparecer que es imposible de echarle tierra. Ahí vienen las grandes decepciones, se pagan las consecuencias. Tienen un costo el amor inventado, pero a las mujeres no nos importa, estamos dispuestas a pagar en efectivo.
P.: ¿Aún en el caso de una aventurera como María Graham?
E.E.: Había sido educada en la teoría del «Emilio» de Rousseau: las mujeres han sido creadas para hacerle placentera la vida a los hombres, y se reveló contra eso. En el colegio había aprendido a dibujar corolas y a hacer punto cadeneta, nada más; pero su educación la adquirió en los salones de Edimburgo que eran una caldera de filósofos y escritores. Su gran libertad de espíritu la pierde cuando se enamora de Cochrane, asume las ideas del Lord como propias, todo lo que a él le irritaba, le irritaba a ella. Eso explica su actitud hacia San Martín.
E.E.: Muy aburridos. Anotaba todo, carecía absolutamente de poder de síntesis. Y en la traducción chilena de 1953 una cantidad de cosas no se tradujeron porque hablaba mal de San Martín, y San Martín es un santo, no se lo tocaba con el pétalo de una rosa. ¿Cómo podía esta señora decir que era mestizo y no le interesaba conocerlo? Sacaron esos párrafos.
P.: Usted incluye un pasaje donde María Graham dice de San Martín: «la soldadesca lo llamaba el Indio. No me pareció español. Imagino que tiene mezcla de sangre. Fue agente de policía, entendí con rango de cabo o sargento de la Policía Militar de España. Presumo que de allí viene su inclinación por toda clase de triquiñuela, practicadas en su patria».
E.E.: Tuve la gran suerte de acceder al diario autógrafo, y allí dice: «¿por qué vino? A mí no me interesaba conocerlo» y lo describe criticamente. Pinta un personaje que, a pesar de su juicio, uno piensa ese hombre debió haber sido fascinante porque hablaba de filosofía, política, pintura, de todo. Eso a ella le produce rechazo porque estaba enamorada de Cochrane, y Cochrane se odiaba con San Martín, eso la predisponía en contra y trata de desprestigiarlo diciendo cosas que llevan decir: qué ganas de haber conocido a ese hombre, que bueno debe de haber sido conversar con él. En Chile, hace 50 años, nadie se atrevía a hablar del mestizaje de San Martín: no podía ser el Libertador, hijo de india, qué horror.Ahora es un valor. San Martín fue el criollo que somos todos en Chile, todos tenemos sangre india, aquí mucho menos porque han tenido una gran inmigración europea. En la costa atlántica argentina no hay esto, pero si está en las provincias del norte. En Chile doy clase de Identidad Nacional en la Facultad de Economía y cuando pregunto quien tiene sangre india, nadie me contesta, entonces digo: resulta que en esta sala la única que tiene sangre india soy yo. Se ríen nerviosamente. Les digo: este curso trata de saber quienes somos y de donde venimos.Hay ese prejuicio en nuestros países, ese rechazo a la raíces, en vez de estar orgullosos tratamos de echarle tierra a eso.
P.: ¿Por qué le puso a su novela «La Miradora»?
E.E.: María Graham era una de esas inglesas que miraban. No participaba, no se metía, no cambiaba, no alteraba las cosas. Le iba a poner «La Mirona» pero lo encontré feo, la mirona es la que está en el acto de mirar, la miradora es la que tiene el habito de mirar y dibujar lo que está viendo, y por ahí dice: «con mis ojos de atenta miradora».
P.: ¿Tiene un nuevo personajeen vista?
E.E.: Un argentino: Sarmiento, al que los chilenos le debemos mucho. Tuvimos una bandada de argentinos de lujos que elevó el nivel en Chile: Sarmiento, Alberdi, Mitre, Rodríguez Peña y la lista sigue. Me voy a dedicar a Sarmiento y a su hermana, a analizar todo lo que le dieron a mi país.
Entrevista de Máximo Soto




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