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Kathy, una mujer de 31 años, recuerda su años de formación en Halisham, un internado de élite. Uno de esos colegios que han servido de escenario para demasiada literatura inglesa (volvió a ser usado por J.K. Rowling para que Harry Potter aprenda magia). Pero en el internado al que fue la narradora en su adolescencia pasaban cosas raras, de las que el lector se va enterando de a poco. Los alumnos no tenían padres y no podían tener hijos, estaba aceptado el sexo seguro pero absolutamente prohibido el tabaco, al punto que no se permitía leer las historias de Sherlock Holmes porque contienen una apología de la nicotina. La pericia de Ishiguro para administrar el suspenso hace que recién en la página 107 se comience a intuir que se tienen en las manos una novela de «ciencia ficción» o, como le gusta denominarla al autor, de «ficción alternativa». Es ahí donde se descubre que Kathy, Ruth y Tommy, el triángulo protagonista de amigos-amantes, son clones, replicas humanas, replicantes, creados para donar sus órganos como «partes de respuesto» a seres humanos pero, a esa altura, el lector ya está emocionalmente involucrado con los personajes y comienza a padecer por su triste destino.
Siguiendo las enseñanzas de los clásicos de la literatura británica (Shakespeare forjaba sus colosales tragedias y comedias basándose en historias ya conocidas), Ishiguro, el miembro nacido en Nagasaki del «dream team» de las letras inglesas, toma ésta vez un tema ya tópico en la narrativa popular y el cine, y busca transmutarlo con ese estilo habitual en él que remite a la literatura victoriana, como lo hizo en su novela «Los restos del día» (que fuera llevada al cine con Emma Thompson y Anthony Hopkins).
Tras la lectura de «Nunca me abandones», título que proviene de la canción favorita de la narradora, aparece en el lector una sensación de «deja vu», de algo que ha transitado en otras lecturas, en el cine o por TV. Los clones no son novedosos elementos de los artefactos narrativos posmodernos, ya estaba en «Un mundo feliz», de Aldous Huxley, en ciencia ficción, a partir de los años '40 en obras de Van Vogt, Clarke, de Ursula K. Le Guin, en «Blade Runner» de Philip Dicky en películas -demasiado parecidas en su trama a ésta novela- como «La isla», dirigida por Michael Bay. Un hito de la relación literaria entre los clones y el mal, menos emotiva y más terrorífica, fue la novela de Ira Levin «Los niños de Brasil», donde se clonaba a Hitler. Ishiguromás que una gran novela, teniendo que publicar algo nuevo, acaso por imposición editorial, hace un ejercicio de estilo sobre el tema: desoladora visión del futuro a partir de los avances científicos o que ocurriría si la oveja Dolly fuera un clon humano. Mas novedosa y provocadora es otra novela con clones, «La posibilidad de una isla», del francés Michel Houllebecq. M.S.H.
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