Luego de conquistar con “Una casa junto al tragadero” el XIII Premio de Tusquets de Novela (2017), la editorial española ha ido publicando el resto de las obras del chaqueño Mariano Quirós. Ahora recupera el hard bolied “Río negro”. Quirós, que pasó de vivir en Resistencia a residir en Buenos Aires, lleva publicados ocho libros, muchos de ellos con lauros internacionales. Dialogamos con él.
Periodista: “Río negro”, negrísima novela criminal, con la que ganó un curioso premio y publicó en una editorial marginal, ahora es recuperada por una editorial internacional como Tusquets.
Mariano Quirós: Es mi tercera novela. Con la primera, “Robles”, gané el Premio del Consejo Federal de Inversiones. Con “Río negro”, en 2014, el Premio Laura Palmer no ha muerto. Lo publicó Ediciones Gárgola, que dirigía Ricardo Romero. Ahí se publicaron los primeros libros de autores que hoy son determinantes en la literatura de mi generación: Leonardo Oyola, Selva Almada, Juan Terranova. Yo, que anhelaba formar parte de ese grupo que estaba dando una vuelta de tuerca a la narrativa argentina, voy y gano el premio de la colección Laura Palmer no ha muerto, que desde el mismo título remite al cine, a la forma narrativa de David Lynch que no he dejado de admirar.
P.: La relación con el cine recorre toda su obra. El sangriento final de “Río negro” lleva a pensar en las películas de Tarantino.
M.Q.: Cuando la escribía me surgían imágenes cinematográficas. Pensaba en el cine de los hermanos Coen. Veía al personaje central, ese escritor chaqueño, como una especie del gran Lebowsky, sin el candor del gran Lebowsky, una especie de lado B. Y el final con el tipo que se droga, los cadáveres sentados como muñecos, el pibe idiotizado frente al televisor, el perro lamiendo la sangre que inunda el piso, tiene algo de Tarantino.
P.: ¿Los escritores no son buenos padres, como el protagonista de su novela?
M.Q.: No es mi caso, espero; sino, pobre mi hijo. El escritor de “Río negro” es un padre maldito. Rompe la lógica del vínculo filial. Mira a su hijo como con odio, como si fuera culpable de todo lo que le pasa. Sospecha qué es para ser así. Y no sabe qué desea. Quiere aconsejar a su hijo y no sabe cómo hacerlo porque su padre nunca le dio un consejo. Eso de dar consejos es típico de los escritores. Está repleto de escritores que no sólo dan consejos del oficio sino para todo. Consejos disparatados que no sirven para nada. Debo de haber cometido ese pecado más de una vez. El consejo literario tiene mucho de consejo paterno, no sirve para nada y si le hacés caso, te manda por un camino errado.
P.: Su escritor dice estar de vuelta de todo.
M.Q.: Es a la vez odioso y encantador. Cree que se las sabe todas. Es el prototipo del escritor vanidoso, creído, vago. Al escribir pensaba en el cinismo que campeaba en el ambiente cultural de los 90. Ese estar más allá del bien y del mal de gente en el fondo quebrada políticamente, afectivamente, que se refugiaba de ese quiebre en el cinismo, en el humor sobrador, como si todo le resbalara. En el fondo gente desesperada al borde del hundimiento, como el padre del pobre Miguel.
P.: ¿Es una constante de su literatura ir de lo inquietante al horror, del sujeto normal que se ve arrastrado al crimen?
M.Q.: “Río negro” es una comedia trágica en donde todo se vuelve más grotesco, más oscuro, en la medida que a los personajes se les va escapando todo de las manos. El absurdo es la conexión con el resto de mis novelas y cuentos. Ese absurdo en el que los personajes se van embarrando cuando intentan resolver cuestiones que los exceden y terminan retorciéndose en las peores decisiones, en el peor modo de entender lo que les pasa. Me fascina ir hacia el absurdo.
P.: Usted hace chocar lo realista con lo fantástico como algo normal, y que lo rural se mezcle con lo urbano.
M.Q.: Esa colisión se da nítidamente en “La luz mala dentro de mí”, en “Una casa junto al tragadero” y en “Campo del cielo”. Busco explorar el choque que se suele dar entre lo rural y lo citadino, lo pretendidamente citadino y lo rústicamente pueblerino.
P.: ¿En qué trabaja ahora?
M.Q.: En una novela corta, la primera que sitúo en Buenos Aires. Exploto la mirada provinciana, esa mirada que es cómo la de los porteños en el interior, desde el prejuicio. Yo aproveché mis prejuicios sobre Buenos Aires y los puse a funcionar de manera literaria.
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