Ben Kingsley no tiene nada que envidiar a grandes predecesores en el papel del viejo avaro
que corrompe a los niños, pero Roman Polanski no llega a la altura de films como «Tess»,
otra adaptación suya de un autor inglés.
«Oliver Twist» (G. Bretaña-EE.UU.-R. Checa-Italia, 2005, habl. en inglés). Dir.: R. Polanski. Guión: sobre novela de Ch. Dickens. Int.: B. Kingsley, B. Clark, L. Rowe, M. Strong, J. Foreman.
Como los niños por sí solos ya no leen novelas realistas, parece que el único modo de acercarlos a los clásicos es con algún resumen cinematográfico. De la primera gran novela infantil (1837, impar Charles Dickens), sobre un huérfano forzado a integrar una banda de ladrones, se ha hecho una treintena de versiones, destacándose la de Frank Lloyd (1922, con Jackie Coogan, el mismo de «El pibe», de Chaplin), y, la mejor, la de David Lean (1946), con John Howard Davies, que de grande supo dirigir los programas de Mr. Bean y Monty Phython. La que ahora vemos no llega a esos niveles, aunque igual puede apreciarse.
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¿Cómo explicarlo? Dicen que una película es tan buena como el que en ella hace de malo. Aquí, en el rol de Fagin, el viejo avaro que cuida amorosamente a los niños y les enseña a robar, el tipo que no es exactamente el más temible (papel reservado a un bruto violento) pero sí el más interesante, el falso bueno, el corruptor amable, Ben Kingsley se pone a la altura de otros célebres Fagines, como Lon Chaney, Alec Guinness (antes que La Fuerza lo acompañara), Ron Moody, George Scott y Richard Dreyfuss. Pero la película no se luce.
No está mal, hay que aclararlo. Al contrario, está bien hecha, hace una atractiva pintura de la vieja Inglaterra (dureza, mugre, hacinamiento, malicia y gente estirada), desarrolla atendiblemente el relato, y hasta incorpora una escena eludida por anteriores versiones, el último encuentro del huérfano Oliver con su protector Fagin, a quien conoció (lo recuerda un testigo) «en la cumbre de su éxito y su vileza».
Pero se trata, en casi todo momento, de una ilustración de esas que parecen hechas por directores de segunda unidad, o, en todo caso, no por el autor de «Tess» (por citar una hermosa adaptación polanskiana de otro escritor inglés), sino por el autor de «Piratas», fallida incursión suya en el género de aventuras con similar relación entre maestro y alumno forzado.Curiosamente, las páginas de Dickens abundan en humor negro, apreciaciones sarcásticas, y crueles moralejas, que Polanski descarta. Su aporte es otro: no dice que quien rescata al niño descubre ser su propio abuelo (el amado efecto final de tantas novelas y telenovelas), y si no sabemos que es el abuelo, ni le vemos demasiados sentimientos de abuelo, nos hace sospechar otra cosa.
Así el destino de Oliver será ir de un perverso a otro, destino ineludible, como los que ama Polanski, en vez de un final luminoso, como el que propuso Dickens, que no por eso se privaba de decir, en todas las páginas anteriores, cuánta maldad hay en el mundo.
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