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13 de marzo 2008 - 00:00

Orfanato perdido en su propio laberinto

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Belén Rueda, la atribulada propietaria del caserón donde pasó su infancia como pupila en «El orfanato».
«El orfanato» (id., España, 2007, habl. en esp.). Dir.: J. A. Bayona. Int.: B. Rueda, F. Cayo, R. Príncep, G. Chaplin y otros.

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«El orfanato», del debutante Juan Antonio Bayona y el apoyo de nombre y producción de Guillermo del Toro (un compromiso que la benefició con un diseño visual de alto estándar, a la vez que la sometió estilísticamente a la exitosa «El laberinto del Fauno»), es una película que no termina de ponerse de acuerdo consigo misma. Más que en el del Fauno, «El orfanato» se pierde en su propio laberinto de género: cuando lo sobrenatural, lo fantástico y lo racional intentan imponer por separado su propio dominio, sin resignarse a que triunfe sólo una de esas variables, el resultado es decepcionante. Es casi como no determinar quién es el asesino en un policial de enigma.

«Los otros» de Alejandro Amenábar (un ejemplo muy superior y del que «El orfanato» copia algunas cosas) se resolvía de manera límpida e inteligente; el film de Bayona, como si no quisiera dar el brazo a torcer, o, también, como si lo más importante fuera que ningún espectador logre descubrir por anticipado lo que va a venir (algo que sí podía ocurrir con «Los otros»), termina siendo víctima de su propio juego.

  • Caserón de tejas

  • La historia: Laura (Belén Rueda) regresa al derruido orfanato donde pasó su infancia, con la intención ahora de comprarlo para establecer una residencia para chicos con discapacidades. Es una forma, claro, de superar su triste pasado. La acompaña su esposo, médico (Fernando Cayo) y el pequeño hijo adoptado de ambos, Simón (Roger Príncep).

    El chico, al poco tiempo, empieza a padecer extrañas alucinaciones, o lo que parecen tales, y se entrega a peligrosos juegos con algunos «amigos invisibles», lo que perturba a su madre, sobre quien más tarde se sabrán algunos detalles adicionales acerca de sus orígenes (¿tendrá algún prejuicio particular este film contra la adopción para convertirla en algo tan problemático?). Durante el curso de la inauguración de la residencia, algo trágico ocurre con Simón, vinculado a la aparición de una extraña anciana que, algunos días antes, había visitado a Laura.

    El libro, obstinado en ese cruce de lógicas de las que se habló antes, cae más de una vez en algún callejón sin salida, deja algunos cabos sueltos, o traiciona sus propias metas, que son las de superar « artísticamente» las convenciones básicas o más trilladas del género de terror y entrar en el Olimpo del «gótico transcendente», con aspiración a Oscars (aunque no elegida finalmente, fue la película que envió este año España a la preselección en Hollywood). Con todo, no se priva de algún golpe bajo al estilo «Scream», absolutamente gratuito.

    La coartada sobrenatural permite la aparición de Geraldine Chaplin, que tiene a su cargo, como médium, la función de conectar a los habitantes del pasado con los del presente. Pero, si la Chaplin lo logra, al guionista no le sale tan satisfactoriamente como a ella.

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