18 de marzo 2008 - 00:00

Para Hitler, Franco era un repugnante católico charlatán

Falsa amistad entre dos dictadores, Hitler y Franco. El libro del historiador Payne revela el profundo desprecio del Führer hacia el Generalísimo, a quien soñó con derrocar.
Falsa amistad entre dos dictadores, Hitler y Franco. El libro del historiador Payne revela el profundo desprecio del Führer hacia el Generalísimo, a quien soñó con derrocar.
El historiador norteamericano Stanley Payne, uno de los hispanistas más prestigiosos, acaba de publicar el libro «Franco y Hitler», que contiene algunas revelaciones sorprendentes. Según lo documentado por Payne, Hitler consideraba a Franco un charlatán, «repugnantemente católico» y conservador. En algún momento pensó en derrocarlo e imponer un «régimen revolucionario», valiéndose de los falangistas heroicos e inclusive de comunistas, porque consideraba que «los rojos españoles no son como los del resto de Europa. Hacen bien en pelear contra ese charlatán». El odio visceral que Hitler sentía por el catolicismo lo llevó a admirar, en España, la tradición mora, y llegó a soñar con una cultura germanaislámica. El autor del libro escribió este artículo en el diario «El Mundo» de Madrid:

Sabemos mucho de las actitudes políticas de Hitler, pero menos sobre sus opiniones personales. Dictó dos libros, en 1924 y 1928, pero escribía de su propio puño y letra mucho menos que los otros grandes dictadores -menos que el propio Franco, por ejemplo- y no dejaba papeles personales después de su muerte. Por eso las mejores fuentes para reconstruir sus opiniones estrictamente personales sobre una infinidad de cosas han sido sus conversaciones, por inciertas que sean las varias versiones de ellas. La fuente más sistemática son las recopilaciones de notas por un oficial militar recogidas en las 700 páginas de sus Conversaciones de sobremesa, que datan de los años 1942 a 1945. En los dos libros casi no se menciona a España, que llegó a ser importante para Hitler sólo a causa de la Guerra Civil y luego en 1940, cuando buscaba su entrada en la guerra europea para conquistar Gibraltar.

  • Encuentro

  • Su único encuentro con Franco, en Hendaya, octubre de 1940, no le gustó nada. Hitler solía dominar todas las conversaciones, pero encontró en Franco a un español sorprendentemente locuaz, que insistía en hablar mucho de sí mismo. Franco aburrió al Führer con dos horas de relatos sobre la importancia de Marruecos en la historia de España, y de anécdotas personales de sus campañas militares allí. Tener que escuchar tantas historias de lo que estimó ser una pequeña campaña colonial irrelevante disgustó a Hitler, y después mencionó enojado a su intérprete Paul Schmidt que, antes de pasar por semejante experiencia otra vez, preferiría que le «sacaran tres o cuatro muelas».

    Calificó a los españoles como «los únicos latinos dispuestos a luchar», en oposición a italianos y franceses. Sin embargo, a base de su poca lectura de la Historia de España y de sus prejuicios raciales, las impresiones de Hitler eran generalmente negativas. Para él, éstas estaban repugnantemente identificadas con el catolicismo, y Hitler aborrecía el catolicismo español aun más que el cristianismo en general.

    Valoraba a España desde sus habituales fantasías raciales, pontificando que «en el pueblo español hay una mezcolanza de sangre gótica, franca y mora». En su ignorancia, albergaba también la idea de que Isabel la Católica era «la mayor ramera de la historia», confundiéndola con Isabel II.

    En su opinión, la hegemonía islámica produjo «la época más intelectual y la mejor y más feliz en todos los sentidos de la historia española». Parecía desconocer tanto la Reconquista como el Siglo de Oro. En general, Hitler tenía en alta consideración el Islam y en una ocasión proclamó que era la mejor de las religiones, por su sencillez teológica y su insistencia en la guerra santa. Sin embargo, en España, luego de los musulmanes llegó el azote de la cristiandad.

    Hitler lamentaba que el Islam no se hubiera extendido por toda Europa Occidental. De haber sustituido al cristianismo en Alemania, creía que la innata superioridad racial de los alemanes, combinada con el Islam, les habría llevado a conquistar gran parte del mundo durante la Edad Media.

    Aunque ayudó a Franco en la Guerra Civil por razones estratégicas, Hitler veía en el izquierdismo revolucionario de España una respuesta justificada «a una interminable serie de atrocidades. Es imposible concebir cuánta crueldad, ignominia y falsedad ha significado el cristianismo para este mundo».

    Luego le disgustó sobremanera que Franco no le devolviese el favor y no entrase directamente en la guerra. E insistió en que el franquismo nunca podría sobrevivir a la posible derrota del Tercer Reich. Aunque el régimen de Franco colaboró mucho más con la Alemania de Hitler que cualquier otro gobierno europeo de los que no entraron en la guerra, tanto en la dimensión de la diplomacia, como en relaciones comerciales y económicas, intercambio cultural, organización de la propaganda y hasta en aspectos técnicos militares. Entre ellos, el envío de una división especial de tropas españolas, la famosa División Azul, para combatir con la Wehrmacht en el frente ruso.

  • Oscurantismo

    Hitler llegó a lamentar que la amenaza comunista le hubiera obligado a intervenir en España. Porque, de no haber sido así, «los clérigos habrían sido exterminados» y habría sido lo mejor para el país. Aunque admitía que, en general, las actividades religiosas en España no eran diferentes a las de otros lugares, en una ocasión se confesó estupefacto por el oscurantismo religioso de Franco y manifestó el asombro que le producía enterarse de que la mujer de Franco acudía diariamente a misa, añadiendo de un modo gratuito que «las mujeres españolas son extraordinariamente estúpidas».

    En 1943, Hitler estaba convencido de que el Estado español se precipitaba «hacia un nuevo desastre». «Hay que tener cuidado de no poner el régimen de Franco al mismo nivel que el nacionalsindicalismo o el fascismo», puesto que éstos, argumentaba, eran «revolucionarios» y aquél repelentemente clerical y reaccionario. En cambio, de los aproximadamente 50.000 obreros españoles que trabajaban en la industria de guerra alemana, la gran mayoría eran ex republicanos alistados desde Francia para mejorar sus condiciones económicas. Principalmente ex sindicalistas de la anarquista CNT.

    Trabajaban bien en las fábricas y de ellos Hitler recibía informes muy positivos, llevándole a la conclusión de que estos «rojos» españoles «no son rojos según nosotros lo entendemos». Valían mucho, creía, y quería tenerlos como reserva en el caso de que estalle una segunda guerra civil. «Junto a los supervivientes de la antigua Falange, constituirán la fuerza más fiable a nuestra disposición», fantaseaba.
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