18 de marzo 2008 - 00:00
Para Hitler, Franco era un repugnante católico charlatán
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Falsa amistad entre dos dictadores, Hitler y Franco. El libro del historiador Payne revela el profundo desprecio del Führer hacia el Generalísimo, a quien soñó con derrocar.
En su opinión, la hegemonía islámica produjo «la época más intelectual y la mejor y más feliz en todos los sentidos de la historia española». Parecía desconocer tanto la Reconquista como el Siglo de Oro. En general, Hitler tenía en alta consideración el Islam y en una ocasión proclamó que era la mejor de las religiones, por su sencillez teológica y su insistencia en la guerra santa. Sin embargo, en España, luego de los musulmanes llegó el azote de la cristiandad.
Hitler lamentaba que el Islam no se hubiera extendido por toda Europa Occidental. De haber sustituido al cristianismo en Alemania, creía que la innata superioridad racial de los alemanes, combinada con el Islam, les habría llevado a conquistar gran parte del mundo durante la Edad Media.
Aunque ayudó a Franco en la Guerra Civil por razones estratégicas, Hitler veía en el izquierdismo revolucionario de España una respuesta justificada «a una interminable serie de atrocidades. Es imposible concebir cuánta crueldad, ignominia y falsedad ha significado el cristianismo para este mundo».
Luego le disgustó sobremanera que Franco no le devolviese el favor y no entrase directamente en la guerra. E insistió en que el franquismo nunca podría sobrevivir a la posible derrota del Tercer Reich. Aunque el régimen de Franco colaboró mucho más con la Alemania de Hitler que cualquier otro gobierno europeo de los que no entraron en la guerra, tanto en la dimensión de la diplomacia, como en relaciones comerciales y económicas, intercambio cultural, organización de la propaganda y hasta en aspectos técnicos militares. Entre ellos, el envío de una división especial de tropas españolas, la famosa División Azul, para combatir con la Wehrmacht en el frente ruso.
Hitler llegó a lamentar que la amenaza comunista le hubiera obligado a intervenir en España. Porque, de no haber sido así, «los clérigos habrían sido exterminados» y habría sido lo mejor para el país. Aunque admitía que, en general, las actividades religiosas en España no eran diferentes a las de otros lugares, en una ocasión se confesó estupefacto por el oscurantismo religioso de Franco y manifestó el asombro que le producía enterarse de que la mujer de Franco acudía diariamente a misa, añadiendo de un modo gratuito que «las mujeres españolas son extraordinariamente estúpidas».
En 1943, Hitler estaba convencido de que el Estado español se precipitaba «hacia un nuevo desastre». «Hay que tener cuidado de no poner el régimen de Franco al mismo nivel que el nacionalsindicalismo o el fascismo», puesto que éstos, argumentaba, eran «revolucionarios» y aquél repelentemente clerical y reaccionario. En cambio, de los aproximadamente 50.000 obreros españoles que trabajaban en la industria de guerra alemana, la gran mayoría eran ex republicanos alistados desde Francia para mejorar sus condiciones económicas. Principalmente ex sindicalistas de la anarquista CNT.
Trabajaban bien en las fábricas y de ellos Hitler recibía informes muy positivos, llevándole a la conclusión de que estos «rojos» españoles «no son rojos según nosotros lo entendemos». Valían mucho, creía, y quería tenerlos como reserva en el caso de que estalle una segunda guerra civil. «Junto a los supervivientes de la antigua Falange, constituirán la fuerza más fiable a nuestra disposición», fantaseaba.




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