27 de diciembre 2005 - 00:00

Pierre Matisse: el arte del buen marchand

La obra del canadiense Riopelle fue uno de los hallazgos de Pierre Matisse, quien dejó la pintura para  convertirse en un gran marchand que llegó a reunir 5.000 obras, 70 de las cuales exhibe una muestra- homenaje en París.
La obra del canadiense Riopelle fue uno de los hallazgos de Pierre Matisse, quien dejó la pintura para convertirse en un gran marchand que llegó a reunir 5.000 obras, 70 de las cuales exhibe una muestra- homenaje en París.
París- «Este es el color de mis sueños», de Miró, «Pomme sur un buffet», de Giacometti; un impresionante Dérain -el pintor que le enseñó a pintar-y, entre las 70 obras, las mayores firmas del siglo XX: Balthus, Pollock, Saura, Bonnard, Magritte, Dubuffet, Picasso, De Kooning, Millares. Pierre Matisse, passeur passionné, en la Fundación Mona Bismarck, sintetiza la vida del tercer hijo de Matisse, a quien el peso de la obra del padre impidió seguramente ser pintor, pero la misma herencia lo convirtió en coleccionista perspicaz, marchand que gozaba más al descubrir un nuevo artista que cuando vendía su obra.

Según explica Pierre Schneider, curador de la exposición parisiense, «En 1924, pocos días antes de Navidad, el benjamín de Henri Matisse, tras una primera y única exposición de su obra en el Salon des Indépendants, en 1922, renuncia a los pinceles e incluso a Francia: decide ser marchand en Nueva York. Empieza con dibujos y estampas de su padre, y en 1931 abre galería en los locales del célebre Fuller Building, cerca de Central Park. Hasta su muerte, en 1989, y el cierre de la Pierre Matisse Gallery, Matisse descubrirá a los norteamericanos el arte que se gestaba en Europa».

El bagaje de Pierre Matisse, su conocimiento íntimo de la obra y el autor, le permitió una labor pedagógica que a partir de la exposición de artistas reconocidos (Degas, Cézanne, Rénoir), luego de la generación de su padre o algo más jóvenes (Dérain, Rouault, Maillol, Bonnard, Dufy...), introduce a los de su propia generación, sus amigos (Miró, Balthus, Dubuffet, Giacometti...), y más tarde sus hallazgos, como el canadiense Riopelle, a quien compró toda la obra en su primera visita al taller. «Soy hijo de pintor -le dijo al artista- y sólo conozco un oficio, el de marchand. Si usted se hunde, nos hundimos juntos».

Schneider
tuvo acceso a centenares de cartas conservadas en la Pierpont Morgan Gallery en las que artistas, críticos y coleccionistas elogian el ojo de Pierre Matisse, su arte para colgar los cuadros, la calidad de sus publicaciones. La vida de un coleccionista -el inventario consignó casi 5.000 obras de arte- que seleccionaba sus compradores con mayor atención que los cuadros y reservaba lo mejor a los mejores. «Mis pinturas -se justificaba-son celebraciones fervientes. Hay que merecerlas». Y Schneider asegura que «dudaba, se informaba, como quien va confiar un hijo».

Pierre Matisse
compró su primer Miró en 1928. Dos años más tarde conoció al pintor y en 1932 lo expuso. Desde entonces, les ligó amistad y contrato, hasta la muerte de Miró, en 1983. «A Pierre Matisse, compagnon de route», dice una tela de Miró, revelado por Matisse en EE.UU..Y su exposición de Constelaciones, así como la de artistas franceses en exilio, durante la Segunda Guerra (Breton le presentó a Wilfredo Lam; conoció a Roberto Matta y Marc Chagall; reencontró a Yves Tanguy, compañero de escuela) «desempeñaron un decisivo papel en el acceso de los artistas norteamericanos a los terrenos de la modernidad», según asegura el curador Pierre Schneider.

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