Angélica Olcese, «La mano que escribe». Córdoba, Ediciones del Copista, 2007. 150 págs.
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Angélica Olcese nació en Chile, pero vive en la Argentina desde su juventud. Su vocaciòn de poeta fue, sin duda, temprana, según lo revelan los dos libros publicados: «Poesía cotidiana» (1994) y «Segunda poesía cotidiana» (1995), por su definición de una poética poco frecuente entre nosotros, que ha madurado lentamente hasta abrirse en este tercer libro, «La mano que escribe».
Las palabras dictan el discurso poético e imponen su ritmo para expresar experiencias originales y, por momentos, herméticas. Primero, el desdoblamiento, la otra mitad de sí misma que se interroga reiteradamente por su muerte y su no muerte, sus ausencias y sus reapariciones, que indagan en vigilias que son como sueños e insomnios que son lúcidas vigilias. Angélica Olcese se interroga sobre su visión de seres y cosas indefinibles y perdidas que se revelan a veces en algún verso inesperado: «De poeta sin poesía /de poesía sin materia» (págs. 15-34).
Poesía para ser penetrada después de muchas lecturas de su palabra limpia y de su ritmo que se ajusta estrechamente al pensamiento y al sentimiento y no se entrega al lector superficial y desatento.
La edición, pulcra y bellísima, se suma a la cohorte de la colección Fénix que, desde Córdoba, por la mano de Pablo Anadón reafirma que la poesía, menospreciada y olvidada muchas veces, vuelve a erguir una y otra vez su esbeltez y misterio de diosa antigua.
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