10 de mayo 2001 - 00:00

Sobra el amor en un buen film de guerra

Ed Harris.
Ed Harris.
El escenario es Stalingrado y su millón de muertos, pero para el francotirador soviético Vassili Zaitsev y el oficial del Reich Erwin Konings no hay nadie en la guerra más que ellos. Son como los soldados Juan López y John Ward del poema de Borges, o como los duelistas que imaginó Joseph Conrad y filmó Ridley Scott, puestos por las circunstancias en bandos distintos pero en el fondo la misma persona. La eliminación de uno, sabremos rápidamente, es la justificación del otro.

La materia del nuevo film del enciclopedista y transhumante Jean Jacques Annaud (en cuya obra conviven amantes de la China del norte y hombres de las cavernas, andinistas filonazis y osos feroces) es la rivalidad de dos soldados para quienes su duelo personal se vuelve más trascendente que los orgullos de Stalin y Hitler o el destino de Europa. Como en todo duelo, no faltan ni la admiración ni el desprecio recíprocos.

Desde esa perspectiva, los ataques iniciales de Vassili (Jude Law) sobre blancos alemanes, y su súbita transformación en héroe y propaganda del desmoralizado ejército rojo, no tendrían más fin que atraer a escena a su rival, sin el cual el juego sería imposible. El oficial Erwin (que tiene el rostro del extraordinario Ed Harris) acude a ese llamado tácito a bordo de un tren nocturno, reconcentrado y, casi, con cierta felicidad.

Algún psicologismo de fórmula, tal vez impuesto por el mito de la fidelidad a la historia (el Vassili en cuestión existió realmente, y hasta tiene un museo propio en la hoy llamada ciudad de Volgogrado), no molesta en demasía: de niño, fue exigido por su abuelo a apuntarle a un lobo, pero erró el disparo, con lo cual toda su destreza actual adquiriría la forma, quizás, de una voluntad expiatoria.

Sin embargo, lo que sí entorpece y alarga innecesariamente el relato es de una naturaleza menos verificable en la gran historia que en la obstinación comercial de los productores. Hay películas en las que el amor sobra, y ésta es una de ellas; suficiente energía hay en ese odio encarnizado como para distraer al espectador con otro tipo de pasiones.

La prescindible historia triangular que involucra a la combatiente Tania (Rachel Weisz), de quien se han enamorado Vassili y el comisario político Danilov ( Joseph Fiennes), con ese juego de miraditas que compiten en intensidad con las declaraciones de heroísmo, no sólo es el fastidioso lastre que obstaculiza el desarrollo pleno del tema del film, sino que lo compromete al punto de, a veces, desplazarlo. Seguramente había otros atajos para atemperar el paisaje de la guerra, pero no se eligió el mejor.

Entre los actores, hay que señalar además de
Ed Harris el impresionante desempeño de Bob Hoskins («Mona Lisa», «Roger Rabbit»), que hasta parece Nikita Khruschev reencarnado.

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