Subiela, aunque irregular, sigue siendo motivador

Espectáculos

«No mires para abajo» (Argentina, 2008, habl. en español). Guión y dir.: E. Subiela. Int.: A. Costa, L. Stivelman, H. Arana, M. Galán, M. Nowak, O. Borro, M.E. Ruaz, V. Piccolo.

¿Qué hay abajo, para que no mires? No importa. Lo bueno es mirar la pantalla, donde Antonella Costa luce a pleno, pero no sólo eso, sino también donde Eliseo Subiela luce de nuevo su poesía cinematográfica, y su retórica. Esta última puede cansar un poco, igual que cierto didactismo por parte del personaje femenino, pero, en cambio, la poesía nos ofrece párrafos dignos de aprecio.

El padre del protagonista ha muerto. Cada tanto aparece de lejos, o deja algún mensaje escrito. De a poco se va yendo. «Al atardecer los muertos salen a tomar el fresco en la vereda del cementerio. Yo espero verte una de estas tardes, papá», dice el muchacho, mientras pedalea con las lápidas del negocio familiar, una marmolería, y los muertos, efectivamente, están en sus sillitas de paja tomando el fresco en la vereda. Esto sólo lo vemos acá, y no lo vamos a ver en ninguna película de cine fantástico de ninguna parte del mundo, quizá porque sólo acá la gente tenía en vida esa costumbre. Una vez el padre debió quemar todas las cartas que se escribía con su vecina. El chico recuerda algo más que el fuego y las cenizas: «El patio se llenó de frases de amor». Por ahí el viejo lo saluda en el bar, hecho un bacán. «Los muertos disfrutan de cosas que en vida no pudieron», le explica. Hugo Arana es el padre, y Mónica Galán, tan naturalmente sensual, es la vecina.

El chico se llama Leandro Stivelman, y tiene la envidiable suerte del debutante, porque, como su personaje se vuelve sonámbulo, y es verano, y esto es una película, sale a vagar por las terrazas y se cae justo en la cama de una chica preciosa, experta en sexo tántrico, encarnada muy generosamente por Antonella Costa. El va a enseñarle a andar en zancos (a propósito, hay una escena hermosa, con un pino de cementerio y unos zancos altísimos), y ella le enseñará un montón de cosas útiles, desde la explosión a través de la mirada, el asunto de la bioelectricidad divina, la feliz expresión de Dante al conocer a Beatrice, la posibilidad de conocer lugares nuevos a través del orgasmo (lo que promueve una variante carnal de la máquina cazadora de sueños de «No te mueras sin decirme adónde vas»), etc., etc., amén de muchísimas posiciones, hasta llegar a la prolongación más calificada.

La verdad, sobre esto último a cierta altura ya parece que la chica se está abusando, y quizá más de un espectador, que al comienzo se haya sentido motivado por el tantra, pase a exigir algo más expeditivo. En tanto se tramita su reclamo, pueden apreciarse los trabajos de Cristina Nigro, Sol Lopatin y Pedro Aznar en arte, fotografía, y música, y registrar luego un epígrafe del poeta persa Jalal adu-Din Muhammad Balkhi, verdadero ecuménico avant la lettre más conocido como Rumi, algo así como que «en la vida estarás siempre diciendo adiós, que esto no te impida amar». Eros y Tanatos, en suma, siguen de la mano, y el cine de Subiela, aunque a veces irregular, sigue siendo motivador.

P.S.

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