El recordado Tacholas y Jorge Salcedo en «El crack», uno de los memorables fragmentos de la filmografía del actor gallego-porteño al que José Santiso le dedica un impecable documental.
Por lo general, las películas biográficas siguen una hilación cronológica francamente peligrosa para el espectador, ya que, al igual que pasa en la vida, una vez que el biografiado llegó a la cima, sólo cabe esperar el declive. Un ejemplo: por más buena que sea «Gatica, el mono», a cierta altura, el público ya está esperando que pase el colectivo de una vez por todas.
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Pero «Tacholas» tiene otra estructura, más interesante. Empieza por el recuerdo de sus últimos días, salta a una valoración general de su persona, mixtura recuerdos familiares con anécdotas de la colectividad, intercala fragmentos memorables de sus trabajos radiales y cinematográficos, culmina su trayectoria con la grabación del «¡Wonderful!» que le dedicara el propio Lee Strasberg al verlo actuar, y recién ahí aparecen los datos de infancia y juventud en Orense, su tierra natal, como para redondear la biografía, que cierra con un paso de comedia y varios pasos de baile, Tacholas bailando con Andrea del Boca sobre fondo de Xeito Novo (esto último, gozosa licencia del autor, José Santiso). Y tras cartón, unas fotos que llenan de ternura a cuantos solo lo pudieron conocer de viejo.
Dos detalles más, dignos de ser apreciados. En vez del típico salpicón de imágenes de las biografías televisivas, acá hay escenas completas, donde se luce la elaboración del actor (por ejemplo, el almacenero de «El crack» discutiendo el contrato de su hijo futbolista, o el cura que intenta confesar a Pepe Soriano en «Las venganzas de Beto Sánchez»). Y en vez de los habituales lamentos sobre el drama de la Guerra Civil Española, uno de esos chistes de verdadero ingenio gallego, escenificado por el escritor Antonio Pérez Prado junto al propio Santiso, acerca del uso del paraguas, no para romperlo en la cabeza del contrario...sino para abrírselo dentro de su negocio y traerle mala suerte. Lo hicieron, todos al mismo tiempo, los clientes del Iberia, en el bar de enfrente, que era de los franquistas. Creer o reventar: el Iberia todavía sigue, y el otro ya no existe. P.S.
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