7 de octubre 2010 - 09:22
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¿Cómo ha resistido ante esas tormentas? Por la fuerza formidable de su escritura y el talento de sus percepciones, que son las del poeta; ve lo que los demás no ven, tiene capacidad profética y, además, coraje para sostener esa representación con la palabra.
Sin esa fuerza expresiva, aunque decirlo parezca obvio, no podríamos hablar de un hombre de esta dimensión, representante del sistema estético más grande del siglo XX que es la literatura en lengua española, de una importancia y variedad que no puede ser comparada, en una suerte de nuevo Siglo de Oro, con el de ninguna otra lengua. El Nobel reconoció de ese conjunto a Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Camilo José Cela, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez y Jacinto Benavente (queda afuera de la lista José Echegaray, un blooper sueco que premió a un dramaturgo del siglo XIX que parece del XVIII). Con Vargas Llosa mejora el récord, pero frente a los Hemingway, los Churchill -que fue como darle el Nobel de Literatura a Obama o a Lula- y los Naipaul que se llevaron también diploma y cheque, cabe pensar en los ausentes de la lengua, encabezados por Borges y seguidos, por lo que representaron para la cultura universal, los García Lorca, Machado, Alberti, Ortega y Gasset, y tantos más.
Hombre de su tiempo, este Vargas Llosa ha tenido que asumir el rol del literato, productor de libros en un oficio en el cual al escritor no hay que pedirle más de una o dos obras. Lo demás lo entiende como necesidades de un empleo que debe pelearse en un mercado complejo y hoy planetario que fuerza a las plumas famosas a escribir quizá más de lo que fuera oportuno, aun en un hombre con una pluma tan suelta y seductora, comparable a las mejores de la lengua en toda su historia.
• Audacia
En rigor, el Vargas Llosa que es esencialmente novelista es un autor que produjo sus mejores obras hasta la década de los años 80. Deslumbró con «La ciudad y los perros» (1962), espejo de los contrastes de su país en una pluma algo conservadora que estalló en «Conversación en la Catedral», que exhibía audacias revolucionarias de estructura y punto de vista. «La guerra del fin del mundo» (1981) es seguramente su obra más grande, aborda el asunto de la frontera, el mismo de las grandes obras del continente, y hunde la pluma en ese extraño episodio que fue la guerra religiosa de Canudos, Brasil. Alcanza con ella las alturas de «Facundo» o del «Martín Fierro», lejos de las extravagancias del realismo mágico de sus colegas.
Inmediatamente, «La historia de Mayta» (1984) cierra el ciclo de sus grandes novelas con el cuento del Perú de la montaña y esa guerra que la desangró con la guerrilla bandolera de Sendero Luminoso. El resto es literatura, exquisita, profunda, gozosa en ciclos como «Pantaleón y las visitadoras» (1973) o «La tía Julia y el escribidor» (1977).
Han seguido un par de decenas de libros profesionales, estimables, entrecruzados con ensayos y prosa periodística, ligadas a sus filias y fobias ideológicas que profundizaron su perfil polémico. El prestigio le permitió satisfacer vicios privados como el ejercicio de la crítica literaria, que tiene en Vargas Llosa a uno de sus últimos practicantes tal cual la conocemos. Profesor de oficio, escribió sobre Rubén Darío, hizo un modelo de ensayo crítico con «La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary» (1975) y cierra hace poco, cuando ya nadie escribe crítica literaria, con «El viaje a la ficción: ensayo sobre Juan Carlos Onetti» (2008), en donde el crítico supera ampliamente a su objeto, que parece un mero justificativo para una reflexión sobre el arte y la necesidad de escribir.
La Fundación Nobel es un producto de la cultura del prestigio, cuya capacidad crítica sobre la literatura -a la vista de los premios que suelen dar- no supera a la modesta Faja de Honor de la Sade criolla ni a la comisión de Literatura del municipio de Tres de Febrero, villa y corte que comanda el compañero Hugo Curto, o a la cantina Don Carlos, que concede el codiciado Ñoqui de Oro. Recobra prestigio con esta concesión que parece alegrar a todos, por eso que tiene de competencia deportiva esto de los premios literarios. Tiene un significado importante porque reconcilia al público con la vidriera a veces insolente al elegir a sus personajes principales. Hace sentir que la tierra en que se vive, la lengua en la que se habla tienen más dignidad. Hace sentir, además, que es un privilegio ser el contemporáneo de Vargas Llosa. Un lujo para festejar. Es como para encender un cigarro.




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