Serge Renko y
Katherina
Didaskalu en el
elegante film
de espionaje
de Eric
Rohmer,
«Triple
agente».
«Triple agente» («Triple agent», 2004; Francia, Grecia, Italia, Rusia, España; habl. en francés y ruso). Dir.: E. Rohmer. Int.: S. Renko, K. Didaskalu, C. Claire, G. Manukov, D. Rafalsky y otros.
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Con más de ochenta años, y luego de una obra compuesta por ciclos de films afines, como los «Cuentos morales» o las «Comedias y proverbios», el maestro francés Eric Rohmer inició en 2001 uno nuevo, de perfil histórico. Primero fue «La dama y el duque», ambientada en tiempos de la Revolución Francesa, y ahora este «Triple agente» en el período de entreguerras, más precisamente durante el triunfo en 1937 de la alianza izquierdista Frente Popular en Francia, liderada por Leon Blum.
Sus protagonistas son Fiodor (Serge Renko) y Arsinoé (Katerina Didaskalu), un general ruso «blanco» exiliado en París y opositor a Stalin, y su esposa, una pintora griega que no tarda en sospechar, junto con el espectador, acerca de las auténticas lealtades políticas de su marido. Miembro de la anticomunista Sociedad de Ex Combatientes, sus nebulosas actividades de espionaje inducen a creer que su presunta condición de «topo» podría ser, como indica el título, triple: no sólo estaría al servicio de los bandos opuestos en la Unión Soviética, sino también de los nazis.
Si bien el público amante de la obra de Rohmer, de tan castigada distribución en la Argentina, no se llevará ningún chasco, el resto no debe confundirse antes de pagar su entrada: esta película no es ni remotamente John Le Carré o Graham Greene. El dialogado y pacífico mundo de Rohmer, tan parecido a los cuadros de Watteau aun cuando filme adolescentes con walkman o, como en este caso, tenebrosos conspiradores, nunca se extingue.
Bellamente anacrónica, elegante, la película tiene inclusive algunas escenas antológicas, como la del té que comparten ambos protagonistas con un joven primo del general, también exiliado en París donde sobrevive como conductor de un taxi, y en la que discuten, casi a la manera de Sócrates con sus discípulos, conceptos vinculados al espionaje, al mentir y decir la verdad, o al engañar siendo sincero. Del mismo modo, los cambios de opiniones de Fiodor y Arsinoé sobre pintura contemporánea con un matrimonio vecino, admiradores de Picasso (ella es furiosamente figurativa) no tienen desperdicio.
Rohmer jamás disimuló su amor por el teatro y el lenguaje, en especial la ambigüedad del lenguaje, pasiones que no dudó en privilegiar por sobre la verosimilitud cinematográfica; tanto, que en sus films más afortunados (no es éste el caso), del calmo fluir de sus diálogos suele filtrarse algo parecido a una «segunda realidad» que no tiene que ver, directamente, con lo que expresan o viven sus personajes, sino más bien con una memoria o un pasado perdidos repuesta por esos diálogos. Ese contraste es más fuerte en sus fábulas sentimentales contemporáneas que en éstos, sus apólogos históricos.
Nota: la copia estrenada tiene varios errores de traducción en los subtítulos. Si bien algunos no afectan la comprensión y sólo revelan desconocimiento, como escribir Eidrich por Heydrich, o «el rouge de Lisle» por Rouget de Lisle, hay uno muy grave, que consiste en traducir la expresión francesa «boche» como «bolche». «Boche» en argot es la despectiva para «alemán», y cuando Fiodor, sospechado de ser agente nazi, se indigna y dice que él jamás trabajaría para los «boches» y el subtítulo traduce «bolche», el sentido obviamente cambia por completo.
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