«The Show Must Go On». Espectáculo de J. Bel. Dir. Téc., sonido y DJ.: E. Sirlin (Centro Cultural de la Cooperación).
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La primera sensación que se experimenta ante esta performance del coreógrafo francés Jerome Bel es de perplejidad. A poco de comenzar el show -así lo denomina el mismo Bel- se oyen dos temas musicales sin que nadie pise el escenario desierto, lanzados a un volumen estridente, casi «bolichero» por una histriónica Eli Sirlin, consustanciada con su labor de DJ. A partir de allí un grupo numeroso de «performers» ( integrantes del cuerpo docente del IUNA, del laboratorio de investigación escénica del Centro Cultural de la Cooperación y del Centro Cultural Rojas, del área danza) comienza a transitar el camino del movimiento y de la expresión, comprometiendo al que mira desde la platea en una complicidad con su investigación corporal y su gesto acorde o no con la música que sigue sonando desde la consola de sonido manejada por Sirlin (en realidad, una destacada iluminadora de nuestro medio), poniendo y sacando parsimoniosamente cada uno de los discos compactos apilados sobre la mesa. Y así hasta el final, que llega noventa minutos después de haber comenzado.
Si la incomodidad se hace evidente en los espectadores en los primeros tramos de «The Show Must Go On», luego ésta se transforma en complicidad, él es un «voyeur» que espía los más íntimos movimientos impulsados por deseos y compulsiones desconocidas provocados por estímulos musicales de características algo convencionales aunque siempre agradables de escuchar ( Leonard Bernstein y su «West Side Story», The Beatles y «El submarino amarillo», Queen, The Police, Lionel Richie, Paul Simon o Galt Mac Dermott entre otros). El grupo recorre el espacio, se interrelaciona, gira y expresa con todo su cuerpo flexible y dúctil. La participación del auditorio se manifestó en este caso en carcajadas, algunas sonrisas irónicas y un solo espectador que se retiró de la sala, pero no mucho más. Hubo momentos de algo obvios, como cuando la sala se iluminó de rosa ante la mediación de «La vie en rose» cantada por Edith Piaf o como cuando se apagaron totalmente las luces y se oyó «Imagine», invitando a la libertad de imaginar lo que cada uno quisiera en este segmento.
Con una mirada de los espectadores tan mansa como las de los performers desde el escenario acabó el show en un intento de Jerome Bel de aportar a la comunicación humana, que si bien es naif, está cargado de buenas intenciones. El coreógrafo francés se debe haber divertido bastante con su propuesta, tanto como con la lectura de las sesudas interpretaciones intelectuales insertas en el programa de mano.
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