"Todo buen lector de novelas policiales conoce estos trucos", dice alguien en medio de la película, y la frase sirve tanto para orientar las especulaciones que en ese momento desarrollan los personajes a propósito de un crimen, como para orientar al espectador a propósito de la misma película. Es que, justamente, la obra nos ofrece el placentero reencuentro con cierto subgénero literario, que a Jorge Luis Borges le gustaba sinceramente, y el mismo Borges es su principal personaje.
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La acción se sitúa en 1946, cuando, ante el advenimiento del peronismo, el tímido cuarentón enfila hacia la paranoia. Pronto deberá salir de la biblioteca peronizada y aceptar el puesto de inspector de aves, conejos y huevos, o quién sabe qué cosa va a pasarle.
Huye, pues, de un funcionario prepotente, choca con un rival en amores, se angustia por el destino de la mujer amada y, escondido en algún punto oscuro del mapa, descubre que cerca de él hay un asesino serial. Un detective y un secretario con veleidades de escritor lo incitan a investigar el caso. Y así, tras algunos vaivenes, con todos esos elementos entramos en un claro relato de intriga policial, una buena distracción, bien en el estilo adecuado, y con el gusto de la época, un pasatiempo que da gusto seguir, con todas las de la ley... y con una trampita. ¿O ya nos olvidamos para dónde había enfilado el escritor?
Ingeniosa comedia, bien armada, «El amor y el espanto» es, en primer término, un deleite tanto para entendidos como para neófitos. Unos gozarán algo más, ante determinados nombres y situaciones, pero nadie arriesga quedarse afuera, a menos que tampoco haya seguido nunca una mísera novelita policial. Los detalles de puesta son igualmente gozosos; apenas empieza, ya vemos la ironía de los autores, y el cariño, en la recorrida de la cámara por el cuadro de la madre, la típica foto del bebé colita para arriba, y el dibujo de la hermana.
Elenco
El elenco es excepcional -uno de los méritos reconocidos del director Juan Carlos Desanzo es saber orquestar muy buenos elencos-, y Miguel Angel Solá está impresionante. Su trabajo de composición es verdaderamente minucioso e intenso, al punto de hacernos sentir que así exactamente debe haber sido Borges a esa edad, igual que ahora sentimos que Sarmiento era igual a Enrique Muiño en «Su mejor alumno», y no al revés.
Algo más. Como entre bambalinas, el guionista José Pablo Feinmann, ex alumno de Borges en la Universidad, aprovecha a cantarle las cuarenta, a través de un par de personajes que cuestionan su pensamiento y su escritura. Y ese bonus también es digno de disfrutar, aunque no todos lo compartan.
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