El sudafricano Wilbur Smith, autor de bestsellers que proviene de ese territorio que tiene como premios Nobel a los escritores Nadine Gordimer y J.M. Coetzee, cuando se propuso en sus inicios de escritor ser un novelista popular, fracasó y estuvo a punto de abandonar la literatura («fue una experiencia desastrosa», dijo repetidamente).
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Hoy, a los 71 años se define como «un contador de historias», para distanciarse de quienes lo inflan publicitariamente a que es «el mayor novelista del mundo». Smith ha vendido en el mundo más de 100 millones de ejemplares de su veintena de novelas y entrega sistemáticamente una nueva cada dos años, que disciplinadamente comienza en febrero, luego de realizar una amplia investigación documental de paisajes, personajes e historia del lugar. En la Argentina acaba de confirmar con « Horizonte azul» y «La ruta de los vengadores», títulos que se han mantenido entre los más vendidos del verano. Wilbur Adicione Smith («mis padres me dieron el nombre de un pionero de la aviación, uno de los hermanos Wright, lo que me fijó una mirada hacia el mundo de las aventuras, ya que no un destino aventurero») nació en 9 de enero de 1933 en Broken Hill, Zambia (la ex Rodhesia del Norte) y se considera «un africano blanco».
Hacia el fin de la adolescencia, su padre Herbert James Smith, ordenó a Wilbur que se dedicara a algo productivo. Por fortuna para su bolsillo y acaso recordando que su madre no estaba de acuerdo, y que ella lo había introducido en la lectura de las populares novelas de Henry Rider Haggard, como «Las minas del rey Salomón» (a quien es fácil considerar como su modelo), Wilbur se olvidó de ese consejo. No pudo dejar de hacer caso a su padre, para no quedar en la calle, en cuanto a sus estudios, y en 1954, en la Universidad de Rodhes se graduó de contador y licenciado en Ciencias Comerciales, lo que le sirvió durante un tiempo para trabajar en la empresa Goodyear y, al mismo tiempo, administrar campos en Zambia.
•Ficciones
Tras un frustrado paso por el periodismo («medi rápidamente cuenta que lo esencial en ese oficio son los hechos reales, los sucesos, lo actual, los acontecimientos, y mi pasión, no es relatar sino inventar, imaginar, fantasear») decidió ser narrador. «No tenía a nadie que me ayudara, ninguno que me enseñara una técnica que me pudiera guiar, sólo me servía haber devorado muchísimas novelas». Fue entonces que pensó «escribir algo que le gustara a la gente. Me imaginé mi público, el lector que podría comprar mi libro. Me hice una hipótesis de todo lo que podía gustarle y me largué a escribir. Fue una catástrofe. Me rechazaron el libro de todas las editoriales a las que lo envié, tanto sudafricanas como europeas. Decidí guardar ese manuscrito para saber lo que no tenía que hacer, un lector voraz sabe que aún de los malos libros aprende algo, por lo pronto lo que no le gusta y lo que no se debe hacer. Todos los errores que hice en aquella primera novela son los típicos de un inexperto: coloqué connotaciones políticas sin entender nada, creé personajes que eran como muñecos sin tener en cuenta cómo es realmente una persona, sin observar siquiera cómo es mi vecino, incluí montones de personajes que no significaban nada y compliqué la trama hasta el absurdo».
Cuando ya estaba decidido a seguir su carrera de contador y no volver a la escritura, un editor de Londres, al que le había enviado «aquel libro desastroso» le envió una esquela para saber si ya había escrito alguna otra cosa. «Esa nota me estimuló», refiere Smith, «decidí entonces escribir sobre lo que conocía y amaba, lo que me es familiar, lo que había observado en detalle, lo que podía investigar: los bosques, los animales salvajes, el océano, la vida de los aborígenes, la historia del descubrimiento de Africa, las ciudades perdidas, las antiguas leyendas, las exploraciones, las guerras, el universo que rodea la explotación de los diamantes, las dolorosas peripecias en busca de la desaparición del apartheid y el retorno de Africa a la comunidad internacional. Así hice 'El destino del león' y fue un éxito. No escribí para los otros, escribí para mí».
Con habilidad tocó, a partir de entonces, temas políticos, desde su amor a Africa y su gente, y sus novelas entonces fueron prohibidas en Sudáfrica y puesto bajo vigilancia policial durante el apartheid. «Lo agradezco», le gusta comentar «esa prohibición me dio el reconocimiento, hasta entonces improbable, de mucha gente».
Tal vez porque muchos de sus libros son sagas familiares, por caso el «Ciclo de los Courtney» o el «Ciclo de los Ballantyne» con mujeres sensuales y hombres poderosos e intrépidos, Smith conquista sobre todo a lectoras. Pero con los temas del tráfico de diamantes y oro, las feroces o amigables tribus, la caza o el resguardo ecologista de animales salvajes, las despiadadas naves negreras del pasado, la pasada y aún latente discriminación racial, las explotaciones petroleras, los espías y traidores, el fondo de novela histórica que apuesta a lo aventurero en un universo que no deja nunca de ser exótico, logra extender su público a los hombres. Máximo Soto
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