Ante la insistencia de la gente, decide pilotear la «máquina de volación» de Teodoro Fels junto con su coequiper Jiménez Lastra. Sería un vuelo corto -para exhibición- en un aparato presuntivamente revisado. La ciudad de Mendoza festejaba el carnaval y la noticia del accidente se transmitió a Buenos Aires en estas escuetas palabras a que obligaba el telégrafo: «Jorge Newbery muerto en el acto y Jiménez Lastra salvado», así de brutal.
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La conmoción paralizó los corsos y las fiestas tanto en Mendoza como en la Capital Federal. De boca en boca la tragedia se transmitía al país y al mundo. Nadie dejaba de comentar consternado la catástrofe del ídolo que se fue para siempre. El más conmovedor cortejo acompañó los funerales en Buenos Aires.
Los aviones de El Palomar carretearon las calles ese 4 de marzo de 1914. De las cincuenta mil personas que lloraban, nadie debe haber alcanzado a percibir la dimensión de lo que perdía el país con esa muerte prematura y absurda. Lloraban al Newbery que fue, al ídolo genial y popularísimo, al de las hazañas en el aire, en las universidades norteamericanas, en la administración municipal, en los escenarios empresariales de Europa, en la ciencia y la tecnología, en los deportes, en su simpatía campechana y sencilla, en las noches tangueras... Al discípulo de Thomas Alva Edison y maestro de Enrique Mosconi, entonces un joven ingeniero y mayor del Ejército. Jamás habrían imaginado el destino de grandeza que esa fatalidad le arrebataría al futuro de la Argentina.
El proyecto consistía en preparar el primer vuelo que atravesara los Andes. Debía definir el lugar de decolaje entre Los Tamarindos o Uspallata para aterrizar en Santiago de Chile. ¿A qué se debió la mala idea de dar antes «una vuelta» con el avioncito de Teodoro Fels? El Morane-Saulnier de Newbery había quedado en Buenos Aires para su exhaustiva observación. Newbery y Jiménez Lastra -que lo acompañaría en el cruce- se volvieron a Mendoza. Teodoro y el mecánico se quedaron en Los Tamarindos para revisar el avión. Pero el mecánico convenció a Teodoro de desarmarlo al otro día pretextando que estabaoscureciendo. Esta insignificante postergación -de no ocurrir- podría haber salvado la vida del ídolo. Si desarmaban esa tarde el avión, el vuelo mortal del día siguiente no se produciría. Se le encontrare o no alguna falla, el avión permanecería desarmado. El mecánico de Fels -lejos de imaginar la tragedia- deseaba no perder el baile de carnaval de esa noche, trabajaría temprano al día siguiente. Se suma otro detalle: los dos protagonistas del vuelo cordillerano habían decidido viajar a Buenos Aires esa misma noche. Si viajaban no había accidente. Estando los dos en Mendoza, en el momento en que terminan de cerrar el equipaje para partir hacia Buenos Aires les anuncian que dos familias venían a saludarlos. Entre ellos, un señor Noailles y su pequeña hija Mercedes. Fueron a rogarle que hiciera una exhibición de vuelo.
Era desbordante el entusiasmo de la gente por ver el vuelo en ese día. Podría haberlo efectuado Teodoro Fels, pero la gente insistió en Jorge Newbery. Y así se siguieron acumulando los detalles fatídicos.
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