3 de enero 2005 - 00:00

Lamentablemente tenemos más riesgo de vida que riesgo-país

Culpa en empresarios y en el modo desaprensivo de vivir de los argentinos. Los empleos públicos, por recomendación política, quitan idoneidad que puede salvar vidas con controles correctos. Pasaron demasiadas horas antes de que se oyera una voz oficial. Inexplicable actitud de Kirchner que mantuvo silencio como el criticado presidente ruso Putin al hundirse un submarino nuclear. Hoy indagarán al dueño del local, Omar Chabán, detenido hace tres días. La Policía trabajaba anoche en los identikits de los presuntos responsables de la bengala que incendió el boliche. Se dispuso la caducidad de las habilitaciones de todos los bailables de la Capital Federal. Ayer inhumaron los restos de 91 víctimas fatales. Hoy, a las 18, marchan desde el local en Bartolomé Mitre y Ecuador hasta la Jefatura del Gobierno porteño los familiares, amigos y allegados de los 182 fallecidos y más de 700 heridos en el trágico episodio.

El dolor de los jóvenes ayer, despidiendo a familiares y amigos en el Cementerio de la Chacarita, donde fueron enterradas 91 personas durante el fin de semana. Por la noche, ante las puertas del Palacio de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, alrededor de 3.500 personas manifestaron pidiendo justicia tras la tragedia.
El dolor de los jóvenes ayer, despidiendo a familiares y amigos en el Cementerio de la Chacarita, donde fueron enterradas 91 personas durante el fin de semana. Por la noche, ante las puertas del Palacio de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, alrededor de 3.500 personas manifestaron pidiendo justicia tras la tragedia.
La gente joven piensa la muerte como una cosa «de viejos», algo lejano e imposible que le ocurra. Por eso hay aquí y en el mundo más jóvenes muertos al volante de un auto, en recitales en locales, por consumo de drogas, en estadios, en deportes de riesgo, entre la delincuencia, con el sida, en las adicciones, en las guerras. Si a este fenómeno, indoblegable por provenir de la naturaleza humana, que sólo acota el avance de la edad, le agregamos vivir en un país transgresor por tradición y vocación, la acechanza es mucho, muchísimo mayor.

Buscaremos culpables para desahogarnos; encontraremos, sin duda, culpables o los inventaremos. Habrá cuidados, hasta exagerados, durante unos meses pero si se accidenta un micro y hay muertes descubriremos que tenía vencida la fecha de inspección, si se hunde un barco no nos sorprenderá saber que llevaba menos chalecos salvavidas que pasajeros, si se incendian oficinas leeremos que no tenían suficientes extinguidores o estaban vencidos. ¿Acaso no duró menos de un mes el control de los cinturones de seguridad en los automovilistas? ¿Acaso en el pasado no organizamos gigantescos operativos para que el alocado tránsito nacional circulara respetando las líneas blancas que obligan a enfilar los vehículos, para no encandilar en las rutas, para usar permanentemente la luz de giro al doblar, para limitar la velocidad, para suprimir las picadas en las calles? En un país donde durante las manifestaciones callejeras se defeca en los atrios de las iglesias,donde en edificios públicos se permite humillar a la Iglesia oficial del Estado, donde la mayoría de la documentación o permisos se obtiene por recomendación o coima, donde la mitad de los empleados trabaja en negro, donde se compran votos y se adulteran comicios, donde evadir impuestos es un deporte, donde se hacen cirugías clandestinas en cocinas, donde a artistas populares se les condonan sus deudas fiscales, donde cobra dos y tres planes asistenciales la misma persona, donde en cada inundación se prometen las obras de contención que se sabrá que no se cumplirán al sobrevenir la siguiente, donde se aprende a jugar al golf para acompañar a un presidente y sacarle favores, donde se descubren las fábricas clandestinas de pirotecnia sólo cuando se incendian..., ¿puede sorprender la enorme cantidad de muertes --sobre todo jóvenes, menores y hasta bebés-en ese tremendo 30 de diciembre?

Los dos dueños de República Cromagnon violaron el máximo de capacidad permitida y mantuvieron decorados con elementos inflamables. Allí hay, al parecer, culpabilidad absoluta. También al trabar puertas de emergencia de salida, que encima se abrirían hacia adentro y no hacia afuera -para facilitar el escape de eventuales víctimas-. Pero viven los empresarios de salones la incultura por la vida de los argentinos, la «avivada» porque, si no, la gente se introduce sin pagar. Más allá del afán de lucro, que lo hubo -y es despreciable porque con entradas pagas triplicó la capacidad aceptada del lugar-, «coladas» por esa puerta de emergencia hubieran agravado la cantidad de víctimas.

El barman del lugar -uno de los declarantes más sinceros de los que se escucharon por televisión-narró que las prohibidas bengalas y «tres tiros» se evitaban en su ingreso revisando a los varones concurrentes hasta que se determinó que las ingresaban las mujeres. El día de la tragedia se puso también a personal femenino a revisar mujeres. Igual los temibles elementos de piroctenia entraron. Antes, aparte, al comenzar el recital advirtió la empresa y hasta el director del grupo Callejeros contra el riesgo de encender bengalas. ¿Qué más se puede hacer frente a nuestra transgresión espontánea a toda norma?

• Inconcebible

Hay y habrá queja contra las autoridades. En buena parte, aunque no totalmente, tendrán razón. Es inconcebible que el jefe de la ciudad de la tragedia, Aníbal Ibarra, después de una breve conferencia en la mañana del 31, haya formulado su primera explicación pública recién el sábado 1 de enero a las 18.42. No sólo eso: arrancó su discurso -proselitismo inoportuno agradeciendo al personal municipal que había sacrificado el feriado y concurrido a hospitales. Loable lo de los municipales que en casi 700 personas sacrificaron su fin de año. Pero merecían el reconocimiento al final de las palabras de Ibarra, no al inicio, que debió estar dirigido, obviamente, a los familiares doloridos de las víctimas.

El municipio tiene, además, el mal de toda la administración pública: los empleados son designados no por concurso de calidad, sino por influencia política. Por ineptos o coimeros hace 6 meses hubo que renovar el cuerpo de inspectores. Pusieron nuevos --también designados por recomendación política, no por concurso-que cabe esperar, por ahora, no sean coimeros pero sí son ineptos, descontado, por novatos. Trascendió ayer que no es verdad que durante un año el boliche República Cromagnon no tuvo inspección municipal. Sí la habría tenido pero no figura porque los inspectores fueron sobornados y, en estos casos, no asientan su gestión. Además, tales inspecciones con personal poco idóneo se basan en el «Certificado de bomberos», con los cual los inspectores salvan su rutina pero los cuerpos policiales contra incendios constatan puertas de emergencia, la existencia de bombas de agua y extinguidor espero no conocen las ordenanzas sobre los materiales utilizables y más si son telas ignífugas y -lo peor de todo los cielos rasos de concreto revestidos de material muy inflamable para evitar la salida de ruidos al exterior que provocan quejas de los vecinos.

El peor impacto negativo de imagen en el orden oficial hasta ahora en los comentarios no fue el caso del municipio; menos de los bomberos, ya que el espanto ante el fuego aprisionó al personal que podía haber accionado las mangueras de agua. Días antes, con otra bengala se había producido un incendio de las mismas telas colgantes ( media sombra), pero con una capacidad normal de concurrentes el personal pudo accionar cómodo las mangueras y lo apagó rápidamente. Las 3.000 personas del jueves impidieron, al desplazarse en pánico, toda reacción. Se estimaba ayer que sólo 27 personas murieron por quemaduras y hay pocos internados por eso. El humo de los productos plásticos provocó la mayoría de los 182 muertos al ser inhalado por la incapacidad de salir rápido del local.

• Silencio presidencial

Lo más reprochable parece la actitud del presidente Néstor Kirchner, que no hizo honor a su responsabilidad como primer mandatario del país, más que cualquier ministro, que el presidente de la Corte Suprema, que cualquier gobernador. Hasta el cierre de esta edición seguía en silencio en el Sur. No interrumpió su cena de fin de año con su familia, más de 24 horas después de conocerse la magnitud de la tragedia. Surge en la población de nuevo la impresión de estar gobernados por adolescentes sólo preparados para elucubrar planes políticos hacia la consolidación de más poder, pero incapaces de afrontar con rapidez una emergencia para la cual no hay -ni puede haber-planes preconcebidos totalmente. Lo mejor es pensar que como adolescente se asustó, que no atinó a suspender la cena de fin de año con su familia, que no atinó a subirse a un avión y venir al lugar de la tragedia, aunque sí usó el avión oficial para seguir su descanso trasladándose a El Calafate. Como José

María Aznar en el atentado terrorista de Atocha (casi con el mismo número de muertes de la sala República Cromagnon), como George W. Bush en el ataque a las dos Torres Gemelas en 2001, un presidente de la Nación primero tiene que disponer las medidas para salvar sobrevivientes y calmar a familiares. Luego debe realizar una presentación por televisión y radio para llevar tranquilidad a la Nación. Nada de eso hizo y es lamentable.

Se igualó Kirchner al presidente Vladimir Putin, de Rusia,que no salió a dar la cara a tiempo cuando se hundió el submarino nuclear Kursk con 118 tripulantes. Fue duramente criticado por esa actitud que remedió tarde. Si aparte de asustarse llegó a pensar que no le correspondía hablar a la población, desconoce principios básicos de una misión presidencial en cualquier país. Si más allá de eso pensó y ordenó no inmiscuirse en un drama que consideró «tema municipal» -concretamente de Aníbal Ibarra-para evitar implicancias políticas hacia su persona, es más grave todavía. Cuando murieron 14 obreros en Río Turbio, Kirchner se trasladó al lugar pero a nadie le cabe pensar que, presidiendo la Nación, no se preocupa por los 36 millones de habitantes como sí lo hace por los 200.000 de su provincia, Santa Cruz. En cambio, se vio al arzobispo Jorge Bergoglio recorriendo los hospitales para interiorizarse por heridos y calmar a familiares, no así al colagista León Ferrari, que ataca la fe católica que puede calmar el dolor ante tantos deudos.

Largamente se hablará y analizará esta tragedia por su magnitud. Los argentinos nos estamos acostumbrando demasiado a la muerte, a las desgracias. El año que terminó entre secuestros, muertes de policías, gran cantidad de accidentes de tránsito, de hundimientos de barcos pesqueros en el Sur ahogándose sus tripulantes, hace pensar en eso que decíamos al comienzo: tenemos que considerar volvernos un país menos transgresor, con más apego a la cultura por la vida, cuidándola.

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