Periodistas, intelectuales, taxistas y levantadores de apuestas, todos confluían en El Cairo, un bar que, a diferencia de La Paz, siempre estaba lleno: por la mañana, y en especial los fines de semana, lo colmaba un público familiar, distinto del noctámbulo. Eso sí: para entrar por la noche era necesario ser un experto: «Si no conocías la fauna no tenía sentido que fueras, y mucho menos si venías de Buenos Aires» también advirtió Fontanarrosa.
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