La muerte tranquila de Joseph Ratzinger, conocido popularmente como Benedicto XVI, que fue su nombre eclesiástico cuando asumió el papado en 2005, hace un contraste particular con las circunstancias penosas, violentas o hasta incluso misteriosas que marcaron la partida de algunos de sus antecesores. No todos tuvieron la suerte de Ratzinger, de morir en los jardines del Vaticano.
Algunos ejemplos característicos de la historia, son los siguientes:
El triste final de Formoso: el Papa juzgado después de su muerte
Conocido históricamente como el "concilio cadavérico", el proceso de juicio del Papa Formoso (quién fue Papa entre el 891-896 d.C.) testimonia el caos que imperaba en el siglo IX tanto en Roma como en el Vaticano.
Formoso nació en el año 816 en la ciudad de Roma, Italia. Asumió el papado tras la muerte de su antecesor en el año 891. Sus colegas cardenales lo eligieron por unanimidad. Los libros lo definen como un "obispo de gran santidad y ejemplares costumbres".
En el año 897, por solicitud del papa Esteban IV, enemigo jurado de Formoso, su cadáver fue exhumado, vestido con las ropas papales y sentado en un trono para ser juzgado.
El principal cargo del que se lo acusó, es de haber abandonado a su diócesis para ser Papa. El veredicto decretó que el difunto no era digno del pontificado. Todas las disposiciones y acciones tomadas por él, al frente de la Iglesia, fueron anuladas y declaradas inválidas.
Las ropas papales de ceremonia le fueron arrancadas de su cuerpo, junto a tres dedos de su mano derecha (con los que había empleado sus consagraciones como Papa) y su cadáver fue arrojado en el Río Tíber.
Confirmar la muerte con un martillazo
El Vaticano tiene estipulado previamente y con precisión, el procedimiento que debe hacerse tras el fallecimiento de un pontífice, dado que es el rol de más alta jerarquía dentro de la institución eclesiástica.
La iglesia "debe constatar oficialmente la muerte del Papa" sostiene la Constitución apostólica, publicada por Juan Pablo II en 1996, en presencia del maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias y del secretario y canciller de la Cámara apostólica.
«Este último será quien redacte el documento o certificado de defunción auténtico», precisa la Constitución.
Antes, el camarlengo papal chequeaba la muerte del Papa golpeándole la frente con un pequeño martillo de plata. Esta tradición quedó en desuso después de la muerte de Juan XXIII en 1963.
La muerte extraña de Alejandro VI Borgia en 1503
Algunas hipótesis rodean la muerte de Alejandro VI, papa de 1492 a 1503. El 6 de agosto de 1503, tras una cena con su hijo César en la casa de un cardenal, ambos presentaron un cuadro de fiebre.
La primera hipótesis sostuvo que este malestar se debía a una malaria, muy presente en Roma en aquella época. La segunda hipótesis es que el papa habría querido deshacerse de algunos de sus enemigos envenenándoles el vino, terminando él mismo bebiéndolo y cayendo accidentalmente en su propia trampa.
"Su cuerpo estaba tan hinchado que no se lo pudo colocar en el ataúd previsto. Lo enrollaron provisionalmente en una alfombra, y sus apartamentos fueron saqueados", dejó redactado en un diario Johann Burchard, un pariente del papa presente al momento de su muerte.
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La repentina muerte de Juan Pablo I
Juan Pablo I, conocido popularmente como "el papa bueno" o "el papa sonriente", fue uno de los papas más efímeros de la historia. Electo en agosto de 1978, a los 65 años de edad, murió a los 33 días y seis horas después de su asunción, como consecuencia de un infarto aparentemente. Aunque nunca se realizó una autopsia para confirmar las causas de su muerte.
Algunos libros determinan la hipótesis de un asesinato, porque el papa deseaba poner orden en algunos de los asuntos de la Iglesia, particularmente en las cuestiones financieras de monseñor Paul Marcinkus, quien estaba a la cabeza del Banco del Vaticano, sospechoso en aquella época de vínculos con la mafia.
Ninguna investigación oficial, hasta ahora, pudo confirmar esas sospechas.
La tortuosa agonía de Juan Pablo II
El antecesor de Benedicto XVI, Juan Pablo II, falleció el 2 de abril de 2005 en el Vaticano a los 84 años, como consecuencia de la enfermedad que convirtió en un calvario la etapa final de sus 26 años al frente de la Iglesia católica.
Tras dos hospitalizaciones sucesivas en el mismo año, y una traqueotomía en febrero de 2005, su estado de salud de se agravó repentinamente unos días antes de su muerte, agregándosele una infección urinaria, una septicemia y un paro cardíaco.
Sin poder hablar tras la traqueotomía, apenas si pudo pronunciar algunas palabras en público el 13 de marzo, previo a su regreso al Vaticano. Después de allí, permaneció en silencio.
En su último Viernes Santo pudo ser filmado de espaldas en sus aposentos, para que los fieles pudieran verlo siguiendo el Vía Crucis por video.
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