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De ser «ignorada» por los organismos del Estado la Fundación del padre Grassi se convirtió de pronto y, sospechosamente, en una institución que debe ser supervisada. En otras palabras, de modelo de institución eficaz, la Fundación Felices Los Niños pasó a ser una especie de organización que roza la ilegalidad que debe ser fiscalizada por ese mismo Estado incapaz de brindar asistencia y protección a los cientos de miles de menores que deambulan por la calle o que están en situación de riesgo.
La institución atiende 6.300 chicos y jóvenes, tiene 52 obras, 15 centros de día, 6 comedores, 20 hogares convivenciales, 9 escuelas, 33 talleres de capacitación laboral y 2 grupos de rescate. Funciona en la Capital Federal, la provincia de Buenos Aires, Formosa, Chaco, San Juan, Santa Cruz, Santiago del Estero y desde hace 20 días en San Vicente, donde se asiste a 100 menores. Y es la más grande de Latinoamérica.
Por cada chico, la Fundación gasta entre 228 y 250 pesos por mes, cuando los hogares del Estado tienen un gasto de entre 700 y 2.000 pesos mensuales, que es el costo de un instituto de menores.
Y recordó que «fui yo mismo quien la viene pidiendo desde hace tiempo. Nos van a hacer un gran favor».
Oficialmente, el Consejo Nacional de Niñez y Adolescencia aseguró que la medida responde al cumplimiento de un acta judicial. Y que ha dispuesto la asistencia técnica a través de un equipo interdisciplinario compuesto por psicólogos, trabajadores sociales, médicos y abogados, una actividad que «se mantendrá por el tiempo que se evalúe necesario». Precisamente, esa resolución judicial es la que dispone la realización de una auditoría.
El interrogante que rondaba ayer es por qué se desencadenó este «especial» interés por la fundación. Y la respuesta conducía inexorablemente a lo económico. Y tiene relación con la gran cantidad de chicos por los cuales hay un subsidio y obviamente un costo. El mismo Estado, a través de los juzgados, es el que envía a gran parte de los chicos en situación de riesgo a la fundación, esto por la confiabilidad, la imagen y la hiperactividad que impuso el padre Grassi y que se vio reflejado en el crecimiento de la institución que hoy le permite tener a 6.300 chicos albergados. Sin el padre Grassi, la Fundación se ha convertido en un bocado apetecible. Sobre todo para una legión de repentinos filántropos que calman su conciencia en medio de la crisis atendiendo a chicos desamparados o familias desposeídas, siempre que esa atención se pueda llevar adelante con dinero del Estado y sin más dedicación que un par de horas por día, de ser posible aplicadas cerca de casa. En un país descuartizado por las luchas de facción, aparece ahora, con la campaña que se sigue contra el padre Grassi y su Fundación, una lacra impensable: la interna de la caridad, dispuesta a destruir todo.