10 de julio 2003 - 00:00

Por qué Zaffaroni no debería ir a la Corte

Creo que fue una mentira piadosa que organizaciones no gubernamentales (ONG) iban a opinar e influir en la decisión de juristas propuestos para la Corte Suprema. Fue firmado el decreto por el presidente Néstor Kirchner y ya estaba decidido (es su derecho constitucional) el nombre de Eugenio Zaffaroni para reemplazar a Julio Nazareno.

Salvo el CELS de Horario Verbitsky -factótum sorprendente hoy de poder en la Argentina-, no creo que otra ONG intervenga. Y el CELS, Verbitsky y Kirchner son Zaffaroni.

Es demasiado ambicioso el proyecto dominante del país de la izquierda como para que pesen otras opiniones. No cambiará nada pero opino. Al menos, puede servir para que la minoría dominante sepa que sorprenden al país porque no se los conocía, pero que aún existen legisladores y urnas este año con inmensos poderes.

Digo: no me gusta, no considero sano para la sociedad argentina la presencia de Eugenio Zaffaroni en la Corte Suprema, aunque ya haya sido así dispuesta.

Si se lo compara con quien le deja la vacante sin refutar un solo cargo, gana Zaffaroni, ganarían miles de letrados. Sería torpe no admitirlo. Pero otras figuras deberían llegar antes a la Corte que el designado por este presidente.

No comparto el pensar sectario de quienes, al oponerse a Zaffaroni, lo invocan con remeras y leyendas de sexo y fotografiado con la bandera gay. Si vamos a compatibilizar la Corte --total, como hay 9 jueces, le damos uno a cada sector social-, el homosexual, como toda minoría, tiene el derecho irreprochable de tener un apoyo directo en la Corte y en todo sector de la vida pública. ¿Quién y con qué motivo justo se lo puede negar, cuando en todo grupo poblacional hay de 5% a 10% de homosexualidad?

Sólo apuntaría que más de la mitad de la población argentina son mujeres y no hay una sola en el alto cuerpo. Se obligó a renunciar a Julio Nazareno, que era riojano, y no habrá entre los 9 miembros de la Corte Suprema uno solo que sea del interior del país. O sea, la inteligencia máxima para el Derecho está reservada en la Argentina exclusivamente a abogados masculinos y de la Capital Federal o conurbano, pero no quien represente a los 32 millones de habitantes del resto del país. ¿Alguien imagina que esto es «país serio»?

• Decreto teórico

El teórico decreto del presidente Kirchner decía que se iban a cubrir cargos en la Corte -aun los forzados con métodos, poco constitucional-sin discriminación de sexo, raza o geografía. La única persona, dentro de los de máxima eficiencia, que cubría los requisitos para la Corte Suprema era la Dra. Aída Kemelmajer de Carlucci. Es mujer, es mendocina y es judía, sector éste que en una ilógica compartimentación del alto tribunal, si vamos a eso, tiene más derechos que cualquiera porque allí fue maltratada la comunidad judía tras haber sufrido tantas víctimas inocentes en atentados.

La designación no fue la justa sino la conveniente al gobierno que, en consecuencia, pierde imagen. Más allá de sus posturas frente a lo sexual, no nos engañemos, está que Zaffaroni defiende al marxismo, que es lo que importa en estos días, cuando no se quiere cerrar --dis-tinto de olvidar-el pasado y entregar militares para que los juzguen otros países.

Admito, para ser justo, que tengo cuestiones personales y mantuve enfrentamientos con Eugenio Zaffaroni. Me sirvieron para conocerlo más, mucho más que el sector «progre», que sólo lo ve como de izquierda, que lo es. Conocí al excepcional penalista Sebastián Soler (de ideas opuestas a Zaffaroni), quien me dijo que el lego puede desconocer las cuestiones procesales del Derecho pero éste fundamental-mente es lógico y, por tanto, toda sentencia puede ser opinable por un ciudadano. De hecho, el veredicto en Estados Unidos y otros países lo dictan civiles legos, pero razonando con lógica frente a la evidencia. La mayor parte de los fallos de Eugenio Zaffaroni nunca me parecieron lógicos, sobre todo en sus fundamentos.

Una vez, periodísticamente, enfrenté a alguien que hacía alarde público de lucha contra militares y el Proceso. Lo critiqué, me enjuició. Demostré en tribunales que escribió durante los años de la dictadura militar que criticaba artículos (con foto incluida de columnista) en el diario «Convicción», del hoy agonizante almirante Emilio Massera. Era cierto, con pruebas terminantes (el mismo diario), pero no pude probar mi afirmación de que entregaba sus colaboraciones escritas en la ESMA. Pude llegar a un ayudante de Massera y operador de su diario, pero me pidió para testificar que era así el compromiso de 1.500 dólares por mes de por vida, una barbaridad. No pude probar sólo esa parte de la ESMA, que no era la más importante, pienso. Me juzgó en la Sala 6 de la Cámara, por sorteo, Zaffaroni. Resultado obvio: condena por difamación, la única que tuve en más de 45 años de periodismo.

Ya no me quejo del fallo, la pena fue simbólica: pagar 15 australes de multa, aunque tuvo dos consecuencias: una, que cada vez que enfrento un juicio tengo que remontar el «como tiene de antecedente una sanción penal...». Zaffaroni sabía esa consecuencia aunque la «sanción» fue insignificante en monto. Otra consecuencia fue el juicio civil.

Lo importante es que le pedí por carta a Zaffaroni que se excusara y no lo hizo. Técnicamente, no correspondía la excusación pero éticamente sí porque, como periodista, fui muy crítico de Zaffaroni cuando persiguió injustamente y con argumentos absurdos al ex intendente de Buenos Aires brigadier Osvaldo Cacciatore. Tan absurdos argumentos para darle prisión (pese a que se la niega a los delincuentes) y sanciones de tres fallos de esa sala sexta que debieron ser derogadas por la Corte Suprema (y la que venía del gobierno de Raúl Alfonsín, con 5 miembros como Augusto Belluscio, Ricardo Levene, José S. Cavallero, Enrique Petracchi y Carlos Fayt). Además, desde el diario lo criticamos muy fuerte por la liviandad de su pena para el garagista que obligó a sexo oral a una chiquita de 5 años. Este es un estigma imborrable en la vida de Zaffaroni. El programa «Día D», de Jorge Lanata, es una especie de Jordán para las barbaridades de hombres de izquierda. Uno va allí -como fue Zaffaroni-, le hacen en forma light la pregunta sobre los temas más complicados. El entrevistado responde igualmente light en acuerdo con el entrevistador y es como que el asunto debe quedar cerrado para siempre para la sociedad y, desde ya, disculpado.

En la dialéctica marxista -tradicional y hábil, sin duda-, se usa exponer el tema duro ante interrogadores blandos y ante cualquier insistencia futura comprometedora se dice siempre: «Pero ese tema es viejo, ya lo respondí centenares de veces, inclusive por televisión». Horacio Verbitsky y Graciela Fernández Meijide, por ejemplo, lo han usado con mucha reiteración. A Verbitsky, cuando se le habla de los sucesos guerrilleros sangrientos que protagonizó en Plaza de Mayo, por ejemplo.

• "Doctrina de Córdoba"

En el caso del garagista, alguien que se cree tan revolucionario en Derecho como este ex camarista aplicó la «doctrina de Córdoba», que imperaba (no violación sino abuso deshonesto) pero porque es permisivo en esos temas, como es en el consumo de drogas. En la trama con Lanata para «jordanearlo» más a Zaffaroni le lanzan la pregunta gancho programada para el caso del garagista violador sobre el porqué de atenuar la pena al culpable en la Sala sexta de la Cámara porque la fellatio de la pobre chiquita se le obligó a realizarla «con la luz apagada». Rápido y acordado, Zaffaroni dijo que el voto con ese insólito atenuante no fue de él sino de otro camarista. Lo que no dijo es que él no descartó ese loco argumento, al agregar el suyo (sólo abuso deshonesto), y tampoco dijo que en esa Sala sexta, integrada también con los jueces Donna y Elbert, se imponía lo que Zaffaroni quería porque dominaba totalmente a uno de los jueces y siempre se imponía su voluntad por 2 a 1. Cuando a mí me juzgaron, un juez rechaza la acusación, el zaffaronista, desde ya, me condenaba, terciando final-mente Zaffaroni para la condena. Casi siempre se resolvía así en esa instancia penal. Por eso, no es excusable lo suyo en el caso del garagista.

No me consta para nada que Zaffaroni sea tan defensor de los derechos humanos, salvo para «sus casos». Persiguió injustamente al ex intendente Cacciatore y siempre se dijo que sólo porque estaba enojado con este otro juez, Dr. Ilevan, porque al realizarse la primera autopista del país (la actual 25 de Mayo), con un gran innovador y progresista (en serio) como era Cacciatore, se tuvo que expropiar una casa de los padres de ese juez Ilevan. Se pagó bien, al contado, y era una necesidad física.

Hemos dicho en Ambito Financiero -y repetido en radio y televisión-que Zaffaroni, soltero, sin hijos, no será un miembro de la Corte adecuado para la familia Argentina, aunque a este gobierno le sirve para intentar derogar las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y evitar el juicio justo de que a quien depositó dólares se le devuelvan dólares, en el plazo que sea pero respetando el derecho de propiedad privada de los bienes, que mundialmente sólo el marxismo no reconoce. No es un capricho, no consideran adecuado a Zaffaroni. Desde el Derecho Romano, viene que el magistrado tiene que tener familia media y ser padre para comprender y hacer el bien a la mayoría social de los que juzga. Aquí se exigía hasta en los jueces de menores ese carácter familiar. Porque si se tiene hijos se comprende mejor el terrible dolor de un sexo oral practicado en una hija de 5 años.

Tampoco se es tan liberal con la droga, ni se permite la oferta sexual en cualquier calle de la Ciudad, como favoreció este futuro cortesano con el Código de Convivencia en la Capital Federal. Eludir las «zonas rojas» permitidas en una ciudad psicológicamente es una forma agresiva a la sociedad por algún trauma. Zaffaroni es un buen jurista, de 17 obras muy leídas por estudiantes de Derecho, pero eso tampoco lo habilita -al contrario-para la Corte Suprema, además de sus limitaciones frente a las familias. Tratadistas con teorías revolucionarias como Zaffaroni son necesarios no sólo en el Derecho sino en toda ciencia para su evolución. Pero el innovador audaz no puede ir más allá de exponer lo nuevo en libros frente a lo tradicional. Su misión es favorecer el avance pero dentro de un promedio resultante que deben ejecutar otros. Maquiavelo fue absolutamente necesario para asesorar al príncipe, que optaba entre sus propuestas revolucionarias, pero no ser príncipe, el que ejecuta, porque ahí surge el riesgo social y se pier-de el buen aporte del innovador.

Admito que estuvo bien Zaffaroni cuando me envió una carta, que publicamos en
Ambito Financiero, expresando su oposición a la barbaridad que constituía la detención injustificada por 5 meses de Carlos Menem en Don Torcuato cuando, ciertamente, Menem no era santo de su devoción en absoluto. Hace a su hidalguía.

• Gran precedente

Pero fijémonos que no criticó la detención absurda del juez Jorge Urso y del fiscal Carlos Stornelli con el vuelo jurídico con que luego destruyó esa detención Augusto Belluscio, en un fallo memorable con un gran precedente para la libertad individual del ciudadano. Zaffaroni rechazaba por visiblemente antijurídica la detención porque -otro de sus riesgos-no es «partidario» de detener al culpable, prefiere las «multas» y a veces con criterios tan absurdos como no abarrotar las cárceles. En el caso Menem, no lamentaba que se hubiera producido la detención porque dijo que «el Derecho avanza» en la medida en que se come-tan injusticias con personas famosas en una comunidad, como en ese caso era el ex presidente. Me pareció una falta de humanismo, una frialdad alarmante en un juez, una negación del Derecho Comparado, una incitación a las aventuras judiciales domésticas, como gusta aplicar la AFIP con detención de «conocidos» para ejemplificar (no lo logra porque el grueso de la evasión está en pequeños que no se identifican para nada con los «conocidos»); además, se quiere imponer la absoluta moralidad -fin justo de perseguir-pero a partir de un Estado inmoral para el gasto público con los fondos de los ciudadanos.

En el caso Zaffaroni, es peligroso favorecer usar a los «conocidos» para perfeccionar, por su repercusión, las leyes. Es insensibilidad para un hombre de la Corte.

Negar las penas, negar las cárceles, permitir la prostitución y el travestismo sin distingo sobre casas de familia, el «garantismo» de Zaffaroni para delincuentes cuando el drama hoy son las víctimas continuas de ellos y el «2x1» que propuso y fue derogado no lo hacen apto para la Corte. El Pacto de San José de Costa Rica habla de un plazo «prudencial» para que el acusado tenga sentencia. Que ese «prudencial» Zaffaroni lo haya propiciado en dos años es poco y teórico para la Argentina. A partir del cual se computaba dos años por uno de prisión para el acusado. Pero, aparte de eso, lo peor es que exageraciones de este tipo llevaron a la aberración de que un culpable absoluto con penas y prueba en tribunal oral igual la apelara para usar así el artilugio de «no sentencia firme» y que le corrieran dos años de futura condena por uno de cárcel.

• Imposiciones

Un absurdo superado que rige cuando el tratadista que propone novedades, como expliqué, pasa a nivel de ejecutar «su derecho», como hizo Zaffaroni como ex juez, ex camarista y ahora presunto futuro miembro de una Corte Suprema. Personas como Zaffaroni son las que necesitan imponerse. Dice que no le gusta que la Corte tenga que resolver 700 casos por mes porque en muchos tendría que adherir sin poner su impronta, su ambición de dar «otro enfoque» pero, probablemente, dentro de sus teorías, no de la justa razón de oponerse.

Mucho más peligroso esto, porque este gobierno quiere reemplazar no uno sino varios miembros de la Corte, varios «zaffaronis». De más está decir el peligro que significa para el país un giro así en la Corte Suprema.

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