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24 de agosto 2026 - 13:00

Qué significa nunca pedir perdón, según la psicología

Reconocer una equivocación no siempre resulta sencillo: detrás del silencio pueden aparecer aprendizajes, temores y dificultades para gestionar emociones.

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Las relaciones personales también están atravesadas por la forma en que cada individuo gestiona sus errores.

Pexels

Hay personas a las que les cuesta pronunciar una frase tan sencilla como “perdón”, incluso cuando saben que lastimaron a alguien. Pueden cambiar de tema, restarle importancia a lo ocurrido o esperar que el tiempo acomode las cosas. Aunque desde afuera parezca una cuestión de orgullo, la psicología encuentra distintas razones que pueden explicar esta conducta y que la ciencia estudia desde hace años.

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Pedir disculpas supone reconocer que una acción tuvo consecuencias sobre otra persona. Para algunos, ese gesto representa una muestra de madurez y empatía; para otros, puede sentirse como una amenaza a la propia imagen. Esa diferencia ayuda a entender por qué dos personas pueden reaccionar de maneras completamente opuestas frente a un mismo conflicto.

Una discusión puede dejar al descubierto distintas maneras de reaccionar frente a situaciones incómodas.

Por qué a algunas personas les cuesta tanto pedir disculpas

Uno de los motivos señalados por la psicología es el miedo a la vulnerabilidad. Reconocer un error implica dejar de lado, aunque sea por un momento, la necesidad de tener razón y aceptar que algo propio pudo generar dolor. Para determinadas personas, esa exposición emocional puede vivirse como una pérdida de control.

En una discusión de pareja, por ejemplo, alguien puede saber que levantó la voz o dijo algo hiriente, pero sentirse incapaz de admitirlo. En lugar de disculparse, puede responder con un “vos también hiciste cosas” o explicar por qué reaccionó de esa manera. El foco pasa de la conducta propia a las acciones de la otra persona.

Mecanismos como la negación y la proyección pueden aparecer cuando alguien intenta proteger su propia imagen frente a un error. En esos casos, la persona puede minimizar lo sucedido, reinterpretar el conflicto o atribuirle al otro la responsabilidad principal.

Otro elemento relevante es la historia familiar. La manera en que se manejaban los errores durante la infancia puede dejar aprendizajes que permanecen en la adultez. Si en una casa equivocarse era motivo de castigo, humillación o críticas constantes, admitir una falla puede quedar asociado con una sensación desagradable.

También ocurre lo contrario: hay personas que crecieron en hogares donde las disculpas prácticamente no existían. Si los adultos nunca reconocían sus equivocaciones, es posible que el niño no incorporara el pedido de perdón como una herramienta habitual para resolver conflictos.

Existe, además, una diferencia importante entre pedir perdón y asumir toda la culpa. Algunas personas pueden haber aprendido a relacionar las disculpas con la autoinvalidación: creen que decir “perdón” significa aceptar que fueron responsables de todo lo ocurrido, incluso cuando el conflicto fue compartido.

En esos casos, el problema no necesariamente es la falta de arrepentimiento. Puede existir una dificultad para separar dos ideas: reconocer una conducta propia y cargar con toda la responsabilidad de una situación. Pedir disculpas por haber dicho algo hiriente, por ejemplo, no implica aceptar que toda una discusión fue culpa de quien pronunció esas palabras.

Las diferencias en la forma de afrontar los conflictos pueden influir en los vínculos cotidianos.

Cómo trabajar este aspecto, según los expertos

Cuando la dificultad para pedir disculpas genera conflictos repetidos, el primer paso consiste en observar qué sucede internamente antes de responder. Preguntarse “¿qué siento?”, “¿qué hice concretamente?” y “¿qué efecto pudo tener en la otra persona?” puede ayudar a separar los hechos de la necesidad de defenderse.

El trabajo sobre inteligencia emocional aparece como una de las herramientas señaladas por los especialistas para desarrollar una mayor capacidad de reconocer y expresar sentimientos. Esto incluye identificar la culpa, la vergüenza o la tristeza antes de que se transformen en silencio, enojo o evasión.

La autocompasión también puede cumplir un papel. Si una persona interpreta cada equivocación como una prueba de que es “mala” o “insuficiente”, admitir un error puede resultar demasiado amenazante. Entender que equivocarse no define por completo la identidad permite asumir responsabilidades sin convertirlas en una condena personal.

Una disculpa sincera, además, no necesita ser extensa. Puede comenzar por reconocer la conducta, mencionar el impacto y evitar inmediatamente el “pero”. Decir “sé que te lastimé y lo lamento” plantea algo diferente a “perdón, pero vos me hiciste enojar”. En los vínculos cotidianos, reparar también es escuchar. A veces la persona afectada no necesita una explicación perfecta, sino comprobar que el otro comprendió qué ocurrió y que existe disposición a no repetirlo.

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