Evitar un ascensor puede parecer una simple elección: subir por las escaleras, esperar a que alguien acompañe o directamente buscar otra alternativa. Pero cuando esa decisión aparece de manera repetida y está acompañada por un malestar intenso, detrás puede existir algo más que una preferencia personal. La psicología estudia cómo determinadas situaciones pueden activar respuestas de miedo y ansiedad, un campo que también analiza la ciencia.
Qué significa tenerle miedo a los ascensores, según la psicología
Una reacción que puede parecer cotidiana tiene distintas causas y, cuando interfiere en la rutina, puede estar vinculada con cuadros de ansiedad.
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El temor puede aparecer incluso antes de que una persona ingrese a un elevador.
El temor puede manifestarse incluso antes de entrar al elevador. Pensar en las puertas cerrándose, quedar encerrado durante unos minutos o encontrarse a varios pisos del suelo puede ser suficiente para generar preocupación. En algunos casos, la persona reorganiza sus actividades para evitar esa situación y el problema empieza a tener consecuencias concretas en su vida diaria.
Por qué algunas personas evitan los ascensores
Uno de los motivos más frecuentes está relacionado con la sensación de estar encerrado. Un ascensor es un espacio reducido, con puertas que se cierran y pocas posibilidades de salir inmediatamente. Para alguien con claustrofobia, esa combinación puede activar una respuesta de ansiedad incluso antes de que el aparato comience a subir.
También puede intervenir el miedo a las alturas. En estos casos, la preocupación no necesariamente surge por el espacio cerrado, sino por la idea de encontrarse suspendido a varios metros del suelo. Los ascensores con paredes vidriadas pueden resultar especialmente incómodos porque permiten percibir de manera directa la altura.
La reacción puede ser tanto física como mental. Entre los síntomas descriptos aparecen palpitaciones, respiración acelerada, sudoración, tensión muscular, mareos y sensación de falta de aire. También pueden presentarse náuseas o molestias gástricas. La intensidad varía según cada persona y no todos experimentan el mismo conjunto de señales.
La conducta más visible suele ser la evitación. Elegir las escaleras, aunque haya muchos pisos, rechazar un edificio porque no resulta cómodo utilizarlo o buscar constantemente una salida alternativa son ejemplos de este comportamiento. También puede ocurrir que alguien entre al ascensor y pulse repetidamente el botón de apertura ante el menor signo de ansiedad.
Cuando la evitación se vuelve habitual, el impacto puede superar el momento de subir o bajar de un edificio. El miedo puede condicionar reuniones, actividades sociales e incluso decisiones laborales si la persona necesita acceder regularmente a lugares donde las escaleras no son una alternativa práctica.
Cómo tratar este miedo, según expertos
Estos temores pueden abordarse mediante tratamiento psicológico. Cuando la ansiedad es intensa o comienza a interferir con la vida cotidiana, se recomienda consultar con un profesional para determinar qué está provocando la reacción y cuál es la estrategia más adecuada para cada caso.
Una de las herramientas utilizadas es la terapia cognitivo-conductual, que trabaja sobre los pensamientos y creencias asociados con la situación que genera miedo. La idea es identificar aquellas interpretaciones que incrementan la ansiedad y desarrollar respuestas diferentes frente a ellas.
Otra alternativa es la exposición gradual. En lugar de obligar a la persona a enfrentarse de golpe con aquello que teme, este enfoque plantea un acercamiento progresivo a la situación. La exposición en vivo y la desensibilización sistemática forman parte de las técnicas empleadas para tratar determinadas fobias.
También pueden incorporarse herramientas de relajación. La respiración pausada puede ayudar a reducir la activación física asociada con la ansiedad, mientras que otras técnicas buscan disminuir la tensión muscular y mantener la atención en el momento presente.
En situaciones puntuales, los profesionales pueden evaluar otras alternativas terapéuticas. El abordaje depende de la intensidad de los síntomas, de su origen y del grado en que afectan la vida cotidiana, por lo que no existe una solución idéntica para todas las personas.
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