En Brasil, la última semana de campaña encuentra a Lula da Silva y Flávio Bolsonaro en una disputa que ya no se limita a convencer a los votantes. Cada candidato necesita ampliar su respaldo sin perder a quienes ya lo acompañan, en un escenario donde la atención pública se ha convertido en un recurso electoral decisivo. Las redes sociales ocupan un lugar central en esa pelea, pero su influencia no se explica únicamente por la cantidad de mensajes que circulan. También importa quién logra instalar los temas de la campaña y bajo qué condiciones esos mensajes llegan a los ciudadanos.
Elecciones presidenciales en Brasil: el balotaje también se juega en el algoritmo
Con Lula y Flávio Bolsonaro en empate técnico, la recta final combina polarización, disputa por la atención digital y denuncias sobre el funcionamiento de las plataformas. La campaña también pone sobre la mesa quién controla los espacios donde se forma la opinión pública y hasta qué punto esas empresas pueden influir en la competencia electoral.
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Lula se acerca a Bolsonaro en las encuestas y las redes ganan protagonismo en el balotaje
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Balotaje en Brasil: Lula y Bolsonaro se cruzan con denuncias judiciales
Elecciones en Brasil: las denuncias contra Meta adquirieron una dimensión electoral que excede una disputa por publicidad.
La encuesta de Quaest difundida el miércoles 21 mostró a Flávio con el 45 por ciento de las intenciones de voto y a Lula con el 44, dentro del margen de error. El senador había perdido un punto respecto de la medición anterior, mientras el presidente se mantenía estable. La distancia entre ambos es demasiado estrecha para anticipar un desenlace y deja en primer plano un problema que atraviesa toda la campaña: ninguno ha conseguido transformar su ventaja relativa en una posición de dominio.
Esa paridad también se reflejó en el debate televisivo del domingo 18, donde ambos dejaron al descubierto las dificultades para ampliar su apoyo. Mientras Flávio apostó por la confrontación y las acusaciones contra el presidente y su entorno familiar, Lula tuvo problemas para administrar el tiempo y responder con precisión. La discusión sobre seguridad, economía y salud quedó desplazada por los ataques personales. Esa dinámica favorece la movilización de los votantes más comprometidos, pero ofrece menos garantías cuando se trata de atraer a quienes todavía no definieron su voto.
Para Flávio, ampliar ese respaldo implica resolver una contradicción que atraviesa su candidatura. El apellido le garantiza una identidad política consolidada y una base electoral movilizada, pero también lo vincula con la presidencia de Jair Bolsonaro, que sigue dividiendo a la sociedad brasileña. Admitir errores de la gestión de su padre durante la pandemia puede ayudarlo a ampliar su atractivo. En cambio, prometer que resolverá sus problemas judiciales refuerza la imagen de continuidad familiar. Moderarse puede generar recelos entre sus seguidores, pero insistir en la confrontación corre el riesgo de alejar a quienes todavía dudan de su candidatura.
En tanto, Lula enfrenta una dificultad diferente. Su trayectoria y las políticas sociales de sus gobiernos conservan capacidad de convocatoria, pero no alcanzan por sí solas para neutralizar el desgaste de la gestión ni el deseo de cambio de una parte del electorado. La campaña ha buscado recuperar terreno con anuncios económicos y transferencias sociales, mientras intenta hablarle a públicos que no se sintieron interpelados durante la primera vuelta. El problema es que una medida anunciada en los últimos días no se convierte automáticamente en una mejora percibida ni en un voto.
Las estrategias digitales
La diferencia entre las campañas también aparece en sus estrategias digitales. Según un relevamiento de Folha de S. Paulo basado en datos electorales y de Meta, Lula había destinado menos de tres millones de reales a publicidad digital hasta el 5 de octubre, frente a más de trece millones en eventos y materiales de propaganda tradicional. En cambio, Flávio había priorizado el impulso de contenidos digitales. En la segunda vuelta, el oficialismo aceleró su inversión en plataformas, en un intento de corregir una estrategia que había llegado tarde a ese terreno.
La nueva línea de acción empieza a mostrar resultados en algunos indicadores. Después del debate, Lula mejoró su posición en el índice de popularidad digital de Quaest, mientras Flávio retrocedió. Esa evolución sugiere que el oficialismo recuperó capacidad para generar conversación y movilizar a sus seguidores. Pero el dato también marca un límite: el crecimiento de la interacción digital no se tradujo, al menos hasta ahora, en una ventaja clara en las encuestas. Una publicación puede multiplicar sus reproducciones sin convencer a un elector que desconfía del candidato.
En ese contexto, las denuncias contra Meta adquirieron una dimensión electoral que excede una disputa por publicidad. Mensajes internos de la compañía publicados por Folha registraron restricciones que perjudicaron cuentas de Lula y recomendaciones de contenidos vinculados a Flávio en Instagram y WhatsApp. Meta atribuyó los episodios a fallas técnicas y negó haber favorecido deliberadamente a una candidatura. El Tribunal Superior Electoral exigió garantías de trato igualitario y reclamó explicaciones sobre el funcionamiento de sus sistemas y dio plazo al Ministerio Público Electoral para evaluar las medidas adoptadas por la empresa.
Hasta el momento, los episodios conocidos no prueban que haya existido una operación deliberada para favorecer a Flávio. Pero tampoco son irrelevantes por el hecho de que la compañía los atribuya a problemas técnicos. En una campaña, una restricción de alcance o una recomendación automatizada puede alterar la exposición de un candidato justo cuando busca llegar a públicos nuevos. La cuestión institucional es cómo detectar esas diferencias, exigir explicaciones y corregirlas antes de que resulte imposible reparar sus efectos.
La dimensión internacional vuelve más sensible el conflicto. Durante el último año, el gobierno de Donald Trump presionó a Brasil mediante aranceles y sanciones vinculados, entre otros asuntos, al proceso judicial contra Jair Bolsonaro. La relación entre Washington y la familia Bolsonaro es estrecha, pero Trump evitó respaldar públicamente a Flávio en esta campaña. Esa cautela también responde a un cálculo: una intervención demasiado visible podría fortalecer el discurso de Lula sobre la soberanía brasileña y la intromisión extranjera.
A esa tensión se suma la publicidad política irregular pagada desde el exterior. Un estudio del NetLab de la Universidad Federal de Río de Janeiro identificó más de 1.600 anuncios electorales difundidos en plataformas de Meta entre julio y septiembre por actores no autorizados. La mayoría de los anuncios cuya procedencia pudo establecerse apuntaba a Estados Unidos. Aunque el hallazgo no permite atribuirlos a un gobierno extranjero, evidencia cómo la circulación de mensajes políticos puede atravesar fronteras y eludir las reglas electorales nacionales.
Pero la disputa por influir en el electorado tiene otro límite: para convertirse en votos, los mensajes deben llegar a las urnas. En la primera vuelta, la abstención alcanzó su nivel más alto desde 1998, pese al carácter obligatorio del sufragio. En un balotaje tan ajustado, movilizar a quienes no votaron puede resultar tan decisivo como atraer a quienes habían apoyado a los candidatos eliminados.
Con una parte de la ciudadanía sin una decisión tomada, el debate de este viernes en TV Globo será la última gran oportunidad para modificar el rumbo de la campaña. Su impacto dependerá de la capacidad de cada candidato para llegar más allá de sus propios seguidores, sin reforzar el rechazo que despierta en parte de la sociedad.
El balotaje pondrá a prueba la capacidad de Lula y Flávio para convertir la atención que consiguieron durante la campaña en respaldo efectivo. Pero también deja en evidencia hasta qué punto la competencia política depende de espacios privados, gobernados por reglas que los ciudadanos desconocen y que los Estados tienen dificultades para controlar. La disputa por el poder ya no pasa únicamente por convencer a una sociedad, sino también por las condiciones en que esa sociedad recibe y procesa la información con la que decide.




