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21 de agosto 2026 - 18:40

La reforma del Banco Central y el teorema de Tinbergen

La reforma de la Carta Orgánica del Banco Central que impulsa el Gobierno, cuyo eje es asignarle un único objetivo a la entidad, busca sumar el respaldo de distintos actores. Para ello, cuenta con la colaboración de sus aliados más cercanos, que, aun a riesgo de su propio prestigio, procuran convencer a la sociedad sobre las bondades de la iniciativa.

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La reforma a la Carta Orgánica del Banco Central tiene luces y sombras, que llegan al ámbito académico.

Mariano Fuchila

Uno de los placeres de leer o escuchar a los prohombres de la economía, no es tanto lo que podemos aprender, sino que nos lleva a pensar y cuestionar nuestras y sus ideas.

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Unos días atrás Juan Carlos de Pablo elaboró algo así como aquello que Kant llamó “paralogismos de la razón pura” que, partiendo del teorema de Frisch-Tinbergen (F-T) y a través de la voz de George Christopher Archibald, terminaba respaldando el actual proyecto de ley de reforma del Banco Central de la Argentina y en particular la idea de establecer una sola misión para la entidad.

El teorema de F-T, como bien glosó, se puede resumir en “hacé bien lo que tenés que hacer, y después hablamos” o algo más formalmente en la regla “un instrumento -o más- por cada objetivo”.

La contribución que hicieron estos dos nor-europeos al estudio de la economía fue inmensa y múltiple. Ya con la primera de sus obras, “Sur un Problème d´Économie Pur” (1926) Frisch arranca diciendo: “Entre la matemática, la estadística y la economía, encontramos una nueva disciplina que, a falta de un mejor nombre, puede ser llamada Econometría”, erigiéndose como el padre de la especialidad (cuatro años más tarde funda la Econometric Society y en 1933 comienza a editar el journal “Econométrica”.

No es el primero, pero si el que legitima el empleo de las ciencias duras en la economía, que hasta entonces era básicamente una cuestión descriptiva y lógica (no olvidemos que fue también quien en 1933 introdujo los conceptos de macro y microeconomía).

Si bien podemos decir que el teorema F-T fue algo así como un trabajo conjunto -la palabra más apropiada sería en “sucesión”-, quien lo formalizó y popularizó fue Tinbergen con la publicación de “On the Theory of Economic Policy” (1952). El holandés, ocho años más joven, tuvo un accionar inmensamente más público que el noruego, cuya obra solo era conocida entre los más especializados, generando al menos 30 libros y unos 1.500 artículos.

Así, la figura de un Frisch generando la base metodológica y teórica (a partir de “A Memorandum on Price-Wage-Tax-Subsidy Policies as Instruments in Maintaining Optimal Employment, de 1949), mientras Tinbergen fue el encargado de transformar estas ideas en modelos concretos y prácticos, no está muy alejada de la realidad.

NOTA: es llamativa la crítica que realizaron los dos al camino que tomó la econometría a partir de los años 70´s cuando Frisch comenzó a hablar de “playmetrics” para describir el trabajo que efectuaban muchos economistas y Tinbergen a ridiculizar a los “cazadores de correlaciones”.

La Teoría

Sagaz y conocedor del buen uso de las palabras, de Pablo nos introduce a su tesis declarando: “…inauguraron (Frisch y Tinbergen) el Nobel en Economía por su labor pionera en la teoría pura de la política económica”, lo que permite inferir que el teorema F-T fue una de las claves de su premiación.

Los premios Nobel se otorgan por cuestiones bien específicas. Según el Comité de premiación, el galardón les fue entregado por “haber desarrollado y aplicado modelos dinámicos al análisis de los procesos económicos”. En castellano, por haber demostrado que, con rezagos temporales, los cambios regulares podían transformarse en ciclos de negocios. Y para ponerlo aún más simple y general, por desarrollar y aplicar modelos dinámicos para analizar procesos económicos reales. Algo bien concreto y… lejos de la teoría pura.

El Profe señala que (Frisch y Tinbergen) “…mostraron que desde el punto de vista técnico, un ministro que se proponga lograr X número de objetivos de política económica tiene que contar con igual número de instrumentos”. Lo curioso acá es que Tinbergen nunca dijo que el número de instrumentos debía ser igual al número de objetivos.

De hecho, en el Capítulo V de “On the theory…” apunta de manera explícita al caso y las ventajas de contar con más instrumentos que el número de objetivos buscados (“la situación más atractiva, desde un punto de vista práctico”), que no solo permite sustituir un instrumento por otro o eliminarlo, sino también “agregar un objetivo más”.

En 1967 William Brainard (Uncertainity and the Effectiveness of Policy”) se plantea “¿Qué pasa si los hacedores de la política económica no saben hasta qué punto cada instrumento afectará la economía?”. Lo que concluye es que la incertidumbre hace que las políticas económicas sean menos efectivas, lo que cambia es cómo deben utilizarse los instrumentos financieros. Por lo tanto, el accionar óptimo debe ser en general cauto: esto es lo que llamamos el principio de atenuación de Brainard.

El ejemplo típico es el de avanzar dando pasos pequeños en un cuarto oscuro, el “Primum non nocere” de los médicos (“lo primero es no hacer daño”) o si se quiere minimizar las pérdidas, más que buscar la maximización de las ganancias.

El no “mostró que… el número de instrumentos debe ser por lo menos igual al de los objetivos” (eso lo había hecho Tinbergen) como afirma de Pablo. En todo caso a donde apunta -y formaliza de manera matemática- es a que tener múltiples instrumentos puede ser útil porque se pueden combinar para reducir el riesgo que conlleva cada uno de manera individual (cuando tenemos un solo instrumento y lo utilizamos agresivamente podemos multiplicar la incertidumbre -crece la chance de fracaso-). De hecho, nos habla de la ventaja de utilizar todos los instrumentos disponibles, aun cuando tengamos un solo objetivo.

Pasamos así del planteo de “¿Tengo un número de instrumentos suficientes para lograr mi objetivo?” a “¿dado que no sé exactamente cómo va a reaccionar la economía, cómo debo utilizar mis instrumentos?”.

En esto de revisar la historia, no podemos olvidar la contribución que poco antes había realizado Henri Theil (“Optimal Decision Rules for Government and Industry”, 1964), sucesor de Tinbergen en la catedra de Econometría en la Universidad de Roterdam, al avanzar sobre cuál es la política óptima, cuando no podemos alcanzar o no es deseable alcanzar un objetivo exacto.

En su desarrollo, Tinbergen había apuntado a objetivos de política económica “fijos”. Theil avanzó sobre objetivos flexibles, que minimizaran las pérdidas esperadas o si se quiere, maximizaran la utilidad esperada (de acertarle al centro del blanco, pasamos a buscar lograr el mejor puntaje posible), un escenario algo más realista con lo que de paso resolvía qué hacer cuando el número de instrumentos era menor al de los objetivos (y le abre el camino a Brainard para incorporar el escenario de incertidumbre).

Más allá de estas digresiones, desde la década del 60 el teorema de F-T es prácticamente el punto de partida obligado para cualquier curso de política macroeconómica, ya que como base conceptual permite desarrollar toda la teoría macro. Además, suena bien y hasta lógico. El problema es que… no es cierto.

Frisch vs. Tinbergen

Con su habitual nobleza de carácter -a veces al punto de escamotear la verdad, con la delicadeza de quien solo quiere protegernos de ella- nuestro amigo suele desestimar críticas y versiones alternativas (suponemos que buscando evitar el conflicto y la confusión).

Los primeros escarceos en torno al teorema F-T surgieron de parte de y entre sus autores. No fue un cuestionamiento de orden algebraico, sino cuasi filosófico.

Frisch, “el científico”, pretendía determinar cuál era la política óptima, el que fuera de manera absoluta el mejor plan de gobernanza que se pudiera elaborar. En castellano: cuál era la combinación óptima de instrumentos de la política de gobierno, precios, salarios, impuestos, subsidios, etc., para lograr el máximo empleo, crecimiento, etc.

Para esto hacía falta desarrollar una “función de preferencia social”, que evaluara los costos y beneficios de todos los resultados posibles, escogiendo aquellos instrumentos que maximizaran el resultado. Muy bien en la teoría, pero irrealizable (el mismo admitió que el emprendimiento era “demasiado formidable para ser práctico”).

La visión de Tinbergen, en cambio, era eminentemente práctica y se mostró satisfecho con apenas apelar a blancos fijos que sirvieran como aproximaciones generales, suficientemente buenas para satisfacer los objetivos más amplios.

Esta dicotomía ya se patentiza en 1951, antes de la aparición del modelo formal, cuando Tinbergen publica “A Comparative Study of Two Decision Making Models: Frisch´s Model and a Simple Dutch Planning Model”, en el que se aprecia su marco sobre la idea de objetivos/instrumentos.

Allí hace referencia a la multiplicidad de objetivos de la política económica: nivel de empleo, equilibrio de la balanza de pagos, nivel de vida, etc.; los parámetros que nos son desconocidos, tarifas e impuestos, tipo de cambio, etc.; y discute alguna de las combinaciones de políticas económicas, salarios, regulación de precios, devaluación, impuestos, etc. (nunca, ni remotamente, sugiere la idea de un instrumento para un objetivo).

Tinbergen, que busca una solución simple y práctica para resolver su planteo, no tiene más remedio en aquel entonces que tratar la economía como un sistema fijo (el comportamiento de la gente no cambia y las reglas son siempre las mismas), estable y por lo tanto predecible (paramétrico) en un marco donde los instrumentos (y objetivos) son independientes, aun sabiendo el mundo no funciona así.

Algebraicamente hablamos en el caso de Frisch de encontrar:

maxW (y(x)); donde W representa el conjunto de las preferencias del gobernante y se puede tener más o menos instrumentos que objetivos y los objetivos que pueden ser múltiples compiten entre sí.

En el caso de Tinbergen, la ecuación es mucho más sencilla:

n>=m; el número de instrumentos debe ser igual o mayor al de los objetivos buscados.

No es que uno criticara al otro, sino que para Frisch el modelo de Tinbergen era demasiado simplista y no respondía la cuestión de fondo, mientras que para Tinbergen la propuesta de Frisch era utópica, en tanto su modelo, algo así como un caso particular de lo que plantea el noruego, era mucho más práctico y aplicable al mundo real.

La Critica

Irónicamente, el primer planteo fuerte en contra del teorema de F-T (que como vimos en realidad es solo de Tinbergen) se dio en 1973 cuando Robert Lucas, entre los ídolos de Javier Milei al punto de llamar a una de sus fieras como el economista, dictó en la Universidad Carnegie Mellon “Econometric Policy Evaluation: A Critique”, lo que popularmente llamamos “la Crítica de Lucas” (la charla tuvo un gran impacto, circulando como manuscrito hasta que se publicó en 1976).

En realidad, Lucas no fue directamente contra el teorema F-T, sino que se planteó: ¿puede un actor de política económica tomar relaciones econométricas estimadas bajo un régimen de política económica, y usarlas para predecir que para bajo otro régimen de política económica?

Él no cuestiona que se necesitan un número suficiente de instrumentos con relación al objetivo que se busca alcanzar, sino la estabilidad estructural de la relación empírica que se usa en los modelos de política económica.

¿Demasiado complicado? Lo que nos dice es que las personas (agentes privados) tenemos expectativas y cambiamos nuestro comportamiento cuando las reglas (de política económica) cambian. Así, un modelo estimado bajo un régimen de política económica (digamos uno que tiene como base el teorema de F-T), no resulta confiable para alcanzar sus objetivos si el régimen de política económica cambia o es otro.

De aquí se colige que la presunción sobre la relación entre el número de instrumentos y los objetivos no es forzosamente cierta y los problemas de política económica pasan de ser algo casi algebraico, a una cuestión estratégica que cae en el marco de la teoría de “los juegos”.

Poco después de Lucas, Thomas J.Sargent y Neil Wallance avanzan con “Rational Expectations and the Theory of Economic Policy” (1974) demostrando que en un escenario de expectativas racionales los agentes privados adelantan las acciones del sector oficial y así instrumentos que parecen darle al gobierno el control sobre un objetivo dejan de dárselo, llevando a que el “policymaker” pierda el control del sistema económico (lo que llamamos la “policy ineffectivness proposition”).

Lo interesante para lo que nos toca es que se concentraron en los efectos de la política monetaria, demostrando que en la presencia de actores racionales las acciones sistemáticas del gobierno son incapaces de influir de manera consistente la producción o el empleo, y únicamente los shocks no anticipados pueden tener un efecto (piense en el préstamo del Tesoro norteamericano del año pasado).

Para poner todo esto más claro, Frisch (1949) dio el marco teórico, Tinbergen (1952) respondió a la pregunta ¿Cuántos instrumentos necesito para alcanzar mi objetivo?, Theil (1964) ¿Cómo debo escoger entre los distintos instrumentos/objetivos alcanzables?, Brainard (1967) ¿Cómo debo escoger los instrumentos cuando su efecto es incierto?, Lucas (1973) ¿puedo confiar en mis estimaciones sobre las interrelaciones sobre las que baso mi modelo cuando cambia la política?, Sargent y Wallance (1974) ¿los instrumentos se vuelven inefectivos en un escenario con actores racionales?

Esta historia no acaba acá y de entonces han surgido otras visiones alternativas (un ejemplo, Nicola Acocella et al publican en 2011 “The Theory of Economic Policy: from a theory of control to a theory of conflict”) y cuestionamientos a Lucas/S&W (Fischer, Buter, Taylor, etc.) pero tomando este camino nos apartamos del objetivo del comentario.

Algo de (mala) historia

La reforma propuesta a la carta orgánica del BCRA, reza: “ARTICULO 3º.- Es misión primaria y fundamental del BANCO CENTRAL DE LA REPUBLICA ARGENTINA preservar el valor de la moneda”.

En esta gesta de seducir a sus devotos para que acepten que el Teorema F-T es la base teórica que justifica que nuestro Banco Central adopte un solo objetivo, el veterano economista apeló a una sucesión de construcciones particularmente creativas.

Siguiendo a Milei (“Se termina con la bestialidad de cinco objetivos para un instrumento”), sostiene que en la actualidad el BCRA tiene cinco objetivos de política económica. Cuando vamos al artículo 3 de la ley 24144 leemos: “El banco tiene por finalidad promover en la medida de sus facultades y en el marco de las políticas establecidas por el gobierno nacional, la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”... “con”, no “y la”.

Cuatro, son cuatro objetivos de los cuales, el último tiene un condicionante. Esta ley no estableció que el Central debía lograr la equidad social, sino que el crecimiento económico que impulsaba fuera en un marco de equidad, donde ningún sector se beneficiara sobre otro (más allá de esto, lo de la “equidad social” es una pavada).

En el marco que estamos, la hipérbole de hablar de cinco metas es entendible, pero no parece propia de gente cabal.

Cuando en abril de 1935 se creó el Banco Central de la República Argentina, dice el referente presidencial, fue: “para que se ocupara de la estabilidad de los precios”. Curiosamente -aunque tal vez no del todo-, la cuestión de los/la palabra “precios” no figura entre las funciones que se le asignaron.

El artículo 3 de la ley 12155 establecía como sus objetivos principales: “a) Concentrar reservas suficientes para moderar las consecuencias de las fluctuaciones en las exportaciones e inversiones de capitales extranjeros, sobre la moneda, el crédito y las actividades comerciales, a fin de mantener el valor de la moneda y b) regular la cantidad de crédito y de medios de pago, adaptándolos al volumen real de los negocios, c) Promover la liquidez y el buen funcionamiento del Crédito Bancario, además de ejercer las funciones de inspección, verificación y regulación de los bancos prevista en la Ley de Bancos, d) Actuar como agente financiero y consejero del gobierno en operaciones de crédito externo e interno y en la emisión y atención de empréstitos públicos”.

Si bien no estaba fijado de manera taxativa, en la práctica actuó además como factor anticíclico, estabilizando la producción y el empleo, y como prestamista de última instancia al sector bancario, entre otras funciones. Pero de la estabilidad de los precios, nada de nada.

Como se ve una multiplicidad de funciones donde los precios/la inflación, salvo al llegar la II Guerra, ni siquiera fueron un tema (hasta la nacionalización del BCRA en 1946, la inflación en Argentina promedió 2.6% por año; en los EE.UU. 2.3%).

En aquel entonces el Central contaba con un arsenal de instrumentos: emisión, redescuentos, regulación de las reservas, supervisión bancaria, operaciones con títulos, etc.; en el fondo no muy diferentes a muchos de los que dispone hoy: operaciones de mercado abierto, pases/repos, compra/venta de reservas, intervenciones cambiarias, operaciones futuras y swaps, tasas de referencia, regulación del crédito, redescuentos y adelantos, control de los encajes bancarios, regulaciones financieras, control de los agregados monetarios, etc.

Un argumento de autoridad

Encorsetado para alegar que el banco de bancos local no dispone de suficientes instrumentos como para cumplimentar sus funciones -remedaría aquel niño que apuntó a la desnudez del emperador-, en un cuasi “argumentum ad vericundiam”, nuestro venerable patriarca económico se vuelca sobre la Reserva Federal de los EE.UU. como ejemplo negativo de lo que ocurre cuando un Central no respeta el teorema de F-T.:

“El Sistema de la Reserva Federal (FED) tiene que ocuparse de dos objetivos: mantener constante el nivel general de los precios y maximizar el nivel de empleo de la mano de obra. Y tiene un solo instrumento, la tasa de interés que maneja. Es como si tuviera que matar dos pájaros, pero tiene una sola bala en la carabina.”

Aquí vale una aclaración. Es cierto que habitualmente hablamos de dos mandatos para el caso de la FED, pero estrictamente son tres: “…shall maintain long run growth of the monetary and credit aggregates commensurate with the economy’s long run potential to increase production, so as to promote effectively the goals of maximum employment, stable prices, and moderate long-term interest rates.” (Federal reserve Act, Sec. 2A). Máximo empleo, precios estables y tasas de largo plazo moderadas; lo que ocurre es que muchos consideran al tercer punto como dependiente de los dos primeros. Pero son tres.

Después, J.C. nos plantea: “Que si los dos pájaros están alineados, con una sola bala los puede matar. Pero si no lo están… En el caso del FED, si la economía estuviera en recesión y deflación, la propuesta sería reducir la tasa de interés; y si estuviera en recuperación e inflación, la propuesta sería la contraria. Pero, ¿qué haría si la actividad económica no repunta, pero la tasa de inflación aumentó por el conflicto de Medio Oriente?”

Esto, a diferencia de algunos, la gente de la Fed lo tiene bien claro: “Los objetivos del Comité en materia de empleo e inflación son, por lo general, complementarios. No obstante, si el Comité considera que dichos objetivos no son complementarios, adopta un enfoque equilibrado para promoverlos, teniendo en cuenta la magnitud de las desviaciones respecto a sus metas y los horizontes temporales —potencialmente distintos— en los que se prevé que el empleo y la inflación retornen a niveles considerados coherentes con su mandato. El Comité reconoce que, en ocasiones, el empleo puede situarse por encima de las estimaciones en tiempo real del máximo nivel de empleo sin que ello genere necesariamente riesgos para la estabilidad de precios” (2025 Statement on the Longer-Run Goals and Monetary Stategy”, FED).

Siempre hábil nuestro amigo exclama la decisión de la última reunión del Comité Abierto de la Reserva a fin de mes pasado (Atenti, no es el Directorio, es el FOMC) “¡de no hacer nada!”, casi deslizando como si esto fuera prueba de la ineficacia y los problemas de la Fed, atenazada con un solo instrumento para dos objetivos.

Lo cierto es que aquella inacción fue dictada por la lógica y no la carencia recursos: al escribir estas líneas, la tasa de desocupación norteamericana está en el orden del 4.1%, debajo/mejor del 4.2% ideal (NAIRU), la inflación en el 3.4% por encima de 2% que tiene la Fed como meta declarada y la del costo del dinero de largo en 4.7% (treasuries 10 años) arriba del 3.5% promediado los últimos 25 años.

Lamentablemente no nos queda otra que cuestionar -casi duramente- eso sobre que la Fed “tiene un solo instrumento”, confiando en que nuestro mayor comprenda aquello de proverbios 24:6, “Fieles son las heridas del que ama; pero engañosos los besos del que aborrece”.

Es cierto que la tasa de Fed Funds (la que determina el costo del dinero entre bancos de un día para otro) es su herramienta de uso diario y posiblemente la más visible, pero además de esto apela a la tasa de interés sobre el balance de las reservas (IORB), la ventana de descuentos, los acuerdos de retro compra (REPOS), operaciones en el mercado abierto (OMOs), los programas de facilitamiento (QE) y restricción cuantitativa (QT), operaciones sobre el manejo de reservas (RMPs), el “Forward Guidance” (deslizar cuáles serán sus próximos acciones), el “Dot Plot”, las declaraciones del FOMC, las conferencias, facilidades de préstamo de emergencia, el FIMA y Swaps con actores extranjeros, etc.

Es cierto también que no todos ellos son “estrictamente independientes” entre sí, como requiere la hipótesis de Tinbergen (se utilizan buscando un mismo objetivo), pero si son lo suficientemente diversos como para superar ampliamente el umbral de un objetivo/ un instrumento.

No es que, “per se”, el número de instrumentos frente al número de objetivos vaya realmente a tener alguna importancia como ya vimos, pero ir al extremo de afirmar que la FED tiene un solo instrumento…

(Casi) Solos en el mundo

La simpatía entre de Pablo y Javier Milei -que va más allá de lo musical-, y su rol como asesor informal no sorprende a nadie, y puede explicar que Juan Carlos pareciera buscar una base teórica a la decisión de acotar al máximo los objetivos de nuestro Banco Central.

La pregunta acá es por qué, si estima que el Central carece de instrumentos suficientes, en lugar de nivelar para abajo, quitándole objetivos, no nivela para arriba, dándole las herramientas apropiadas. El mundo está lleno de Bancos Centrales con más de un objetivo y que hacen bien/muy bien su trabajo (alguien podría acusarlo de “comunista”).

Entre los no muchos economistas realmente independientes (y que saben), tenemos en la Argentina a Daniel Artana, el mandamás de FIEL.

Una semana antes que el “Profe”, Daniel presentó una argumentación algo más concreta al porqué de su apoyo a la idea de darle un mandato único a nuestro Central en “Banco Central: ¿Mandato único u objetivos múltiples? (como se ve del título, Daniel es mucho menos solapado que Juan Carlos)

Para esto se asienta en dos patas. Por un lado, nos dice “Las críticas al mandato único también ignoran la evidencia empírica internacional. Un estudio reciente de Garriga y Rodríguez, que analiza datos de 176 países entre 1985 y 2023, concluye que los mandatos duales elevan la inflación en un promedio de ocho puntos porcentuales, sin generar mejoras significativas en el empleo a largo plazo”.

El trabajo de G&R, “Balancing Act or Policy Pitfall? The Effects of Central Bank Dual Mandates (agosto 2025) es interesante -en partes, mucho-, aunque siendo reciente como aún no ha recibido los cuestionamientos que merece.

En su cita, lo que Daniel parece haber obviado por alguna razón, es que G&R definen: “mandatos duales entendidos como la búsqueda simultánea de la estabilidad de precios y el pleno empleo”. Es decir, en su clasificación dejan de lado otros mandatos como el crecimiento económico, la estabilidad financiera, emisión de moneda, control del sistema bancario, etc., que son comunes a la mayoría de los Centrales. Así, frente a la realidad su definición de mandatos duales resulta demasiado restrictiva y la de mandatos únicos demasiado amplia.

El trabajo no es entonces un análisis de los Bancos Centrales con mandato único versus aquellos con mandatos múltiples, sino Centrales que incorporan entre sus objetivos prioritarios la cuestión del empleo, versus aquellos que no lo hacen.

Por caso, clasifican al Central de Islandia y al de la República Dominicana entre los de mandato único, cuando están sujetos a múltiples objetivos, solo porque el tema del empleo no está ente ellos.

La realidad es que, al revisar los estatutos, si bien solo la Fed coloca la cuestión del empleo entre sus objetivos prioritarios, ninguno de los grandes Centrales del mundo tiene un mandato único (si suelen tener objetivos primarios y secundarios, que cumplimentan a través de sus “funciones”), mientras vemos que son contados con los dedos de las manos los países que realmente restringieron sus Centrales a una sola función (en Latinoamérica, apenas Perú).

Dejando de lado el problema de su definición de los mandatos, hay que entender que ese 7.6% de mayor inflación del que hablan (8% en el "Abstract") es en función de su modelo y se refiere al total del periodo bajo análisis. Así se entiende que encuentren una media inflacionaria de 3% para los países que definen como de mandato único y 6% para los de mandato dual, una diferencia que no resultaría estadísticamente significativa.

La otra pata a la que apela Daniel es una conferencia de Isabel Schnabel (del BCE) en Nueva York del 6 de marzo de este año: “Navigating inflation and employment in an era of supply shocks and AI”.

Isabel busca frenar las presiones para que el BCE ponga la cuestión del empleo al mismo nivel que el de la estabilidad de los precios como objetivo principal, comparando el accionar y los resultados durante la pandemia entre un Central con mandato múltiple, la FED -entendiendo como múltiple, estabilización de precios+empleo, a la manera de G&R- con el del Central Europeo, cuyo objetivo define como único.

Llega así a que “raramente el mandato dual deriva en recetas fundamentalmente diferentes”, “la distinción entre un mandato único y uno dual frecuentemente no tiene consecuencias. En la práctica, estabilizar la inflación y estabilizar el empleo frecuentemente llevan a la misma expuesta política”, (lo que explica con el argumento de la divine coincidence”) apuntando que “el desafío principal de los bancos centrales, independientemente de su mandato, es preservar un compromiso creíble con la estabilidad de los precios”, y que “la real distinción entre los mandatos puede por lo tanto estar menos en las decisiones diaria a da de política y más en la comunicación, responsabilidad y la política económica del banco central”, para terminar “Para concluir, quisiera señalar que el mandato de estabilidad de precios del BCE cuenta con los instrumentos adecuados y la solidez necesaria para afrontar los desafíos a los que se enfrentan hoy en día los bancos centrales (su conferencia del 7 de mayo siguiente, “The quiet erosión of central bank independence” muestra cuál es su preocupación de fondo).

No voy a cuestionar acá la charla de Isabel -interesante, pero hace agua- aunque no puedo dejar de señalar que el Articulo 127(1) del Tratado de la Union Europea dice: “El objetivo principal del Sistema Europeo de Bancos Centrales, denominado en lo sucesivo «SEBC», será mantener la estabilidad de precios. Sin perjuicio de este objetivo, el SEBC apoyará las políticas económicas generales de la Unión con el fin de contribuir a la realización de los objetivos de la Unión establecidos en el artículo 3 del Tratado de la Unión Europea. El SEBC actuará con arreglo al principio de una economía de mercado abierta y de libre competencia, fomentando una eficiente asignación de recursos de conformidad con los principios expuestos en el artículo 119.

Si es el principal, es claro que no es el único objetivo, lo que hace que la propia Isabel reconozca: “in the ECB’s mandate: price stability is the primary objective, while support for employment is conditional on it – that is, “without prejudice to the objective of price stability”.

El Articulo 3(3) del Tratado aclara más las cosas: “La Unión establecerá un mercado interior. Obrará en pro del desarrollo sostenible de Europa basado en un crecimiento económico equilibrado y en la estabilidad de los precios, en una economía social de mercado altamente competitiva, tendente al pleno empleo y al progreso social, y en un nivel elevado de protección y mejora de la calidad del medio ambiente. Asimismo, promoverá el progreso científico y técnico.” (el Art. 119 habla de la política económica y monetaria).

Puede ser por esas cosas de la edad, soy dos años más viejo que Daniel, pero todavía estoy buscando encontrar donde sostiene o habla Isabel de “la superioridad del mandato único en el escenario actual” o “expone tres pilares que lo justifican”.

Ni a favor ni en contra

En lo personal, quien esto escribe no defiende ni la carta orgánica vieja ni la reforma que se está proponiendo para el BCRA (en apariencia tiene cosas, buenas, malas, e insuficientes), ni tampoco sé si darle un mandato único al BCRA será o no mejor que un mandato múltiple -hasta que no veamos la versión definitiva de la reforma prefiero no opinar-.

Lo que sé es que no está bien usar a nadie, o que nadie se deje usar, para justificar con malos argumentos una medida que hasta aquí parece más una cuestión marketinera, que algo asentado en “la teoría y la evidencia empírica”.

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