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Reconstruida luego de dos guerras mundiales, devastada internamente en su moral y su identidad por el nazismo, fue luego partida al medio por un muro que estableció dos países absolutamente independientes, para luego reunificarse y convertirse en la potencia líder de Europa hace algunos años, para luego decaer como consecuencia de una grave crisis económica, financiera y en el mercado laboral.
Gracias a las intensas presiones recibidas del gobierno en los últimos tiempos, las principales empresas alemanas reestructuraron sus sistemas de costos con la colaboración estratégica de los sindicatos y uniones de trabajadores, que entendieron rápidamente que se habían constituido en un obstáculo para el cambio y que debían deponer su actitud para no correr el riesgo de seguir perdiendo puestos de trabajo. Fue en parte gracias a esa flexibilidad y a las mejoras efectuadas en la competitividad que Alemania pudo recuperar terreno frente a los otros países, especialmente de la región. Señalan los especialistas que en los últimos cinco años Alemania se había constituido, por lejos, en el lugar más costoso de Europa para hacer negocios; hoy ha ganado competitividad frente a Francia, Italia, Holanda y hasta el Reino Unido, para llegar, a fines del año pasado, a posicionarse nuevamente como el mayor país exportador del mundo, provocando una sugestiva tapa de la revista «The Economist» titulada «La sorprendente economía alemana», que se ha convertido en la actual carta de presentación de Schröder. Se trata, entonces, de decisión y voluntad; y eso es lo que se ve a cada paso en todos los lugares de ese país. Las duras reformas sociales se hicieron a un enorme costo político, pero permitieron atacar el fenómeno del desempleo, cuyo índice está bajando aunque se tengan todavía más de 5.000.000 de personas sin trabajo, que representan 11,6% de la fuerza laboral.
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