7 de abril 2026 - 00:00

Planes sociales y formación de capital humano

La sustitución de planes sociales por vouchers de capacitación laboral es un importante paso en la dirección correcta.

Capacitación y entrenamiento laboral deben articularse con asistencia.

Capacitación y entrenamiento laboral deben articularse con asistencia.

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La decisión del Gobierno de Javier Milei de avanzar en el reemplazo de parte de los planes sociales por vouchers de capacitación laboral vuelve a poner en discusión un viejo problema argentino: qué sentido tiene una política social que no genera las condiciones para que sus beneficiarios dejen de necesitarla. Cerca de 900 mil beneficiarios del percibirán en abril la última cuota de $78.000 y desde mayo podrán acceder a estudios y formación laboral mediante vouchers de capacitación.

Hace ya muchos años, Ronald Reagan lo expresó con claridad: “El propósito de cualquier política social debería ser la eliminación, tanto como sea posible, de la necesidad de tal política”. No se trata sólo de una cuestión fiscal, sino de la calidad de vida de millones de personas. La asistencia es necesaria frente a una emergencia; lo que carece de sentido es que se transforme en un mecanismo permanente de dependencia.

La razón es simple. Muchos beneficiarios de planes sociales carecen del capital humano imprescindible para reinsertarse de manera estable en el mercado laboral. Por ello, el verdadero debate no debería girar en torno del instrumento administrativo elegido por el Estado, sino en torno de una cuestión mucho más relevante: si la política anunciada habrá de contribuir realmente a formar capital humano.

Ese es, a mi entender, el núcleo del problema. Al articularse con capacitación y entrenamiento laboral, la asistencia dejará de ser una mera transferencia para convertirse en una política capaz de facilitar la formación de capital humano y la reinserción en la sociedad productiva.

No se trata de una idea nueva. La he sostenido en numerosas columnas a lo largo de los años. Ya en enero de 2013, en una nota publicada en este mismo espacio, señalé que los planes sociales, sin educación ni capacitación, no hacían más que contribuir a reproducir el círculo vicioso de la pobreza. Más de una década después, el problema continúa planteado en términos similares. La diferencia es que hoy el Gobierno está dispuesto a ensayar una herramienta distinta, al articular la asistencia con vouchers de capacitación laboral.

La falta de capacitación del adulto no sólo limita su propia reinserción laboral. También contribuye a reproducir el círculo vicioso de la pobreza en la siguiente generación. No es casual: el nivel educativo de la madre presenta una correlación positiva con el desempeño escolar de sus hijos. A modo de ilustración, un informe de Argentinos por la Educación, publicado en 2018, elaborado en base a Aprender 2016, mostró que los alumnos de primaria cuyos padres terminaron la secundaria obtenían en promedio mejores resultados en Lengua y Matemática que aquellos cuyos padres no la completaron. Una política orientada a formar capital humano no sólo mejorará la empleabilidad del beneficiario directo, sino también contribuirá a quebrar el círculo vicioso de la pobreza.

La idea cuenta con sólidos fundamentos éticos e intelectuales. Hace más de 800 años, Maimónides colocaba en la más alta escala de la filantropía el dar a un pobre los medios para que pudiera vivir de su trabajo, sin degradarlo con la limosna abierta u oculta. Más cerca de nosotros, Eric Maskin, Premio Nobel de Economía 2007, señaló que los programas sociales pueden aliviar la pobreza extrema en el corto plazo, pero no resolverla en el largo, y que para ello es necesario que el Estado facilite educación y capacitación laboral, creando las condiciones para que quienes hoy dependen de la asistencia puedan ganarse su propio sustento.

Por ello, el Gobierno, al avanzar en sustituir la lógica del subsidio pasivo por una política seria de capacitación, da un importante paso en la dirección correcta. Al fin y al cabo, una política social no debería medirse por la cantidad de personas que dependen de ella, sino por la cantidad de personas que dejan de necesitarla.

*El autor es miembro de la Academia Nacional de Educación y Director del UCEMA Friedman Hayek Center

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