Además de ser de mal gusto la manera en que la Presidente gozó a los EE.UU. en su propio suelo por la crisis bancaria que están sufriendo, que nosotros nos riamos de ellos es como si el muerto se asustara del degollado. Sólo desde el retorno de la democracia en 1983 (cosa que los norteamericanos nunca perdierondesde que nacieron como nación en 1776), hace sólo 25 años, los argentinos hemos sufrido por lo menos cinco crisis gigantescas: la cuasi híper que dio origen al Plan Austral en junio de 1985, la hiperinflación de mediados del 89, el Plan Bonex de fines de diciembre del mismo año, el efecto tequila del segundo trimestre de 1995 y el estallido de la convertibilidad a fines de 2001.
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Y en casi todas hubo devaluaciones masivas, confiscaciones, punciones, ruptura de contratos, cambios de signo monetario, desagios y defaults, con sus consecuencias de revueltas sociales, muertos y renuncias de presidentes a granel. En el mismo período, EE.UU. sufrió sólo una crisis comparable con la presente, fue hace ya 20 años y se llamó crisis de los Savings and Loans de la cual salieron sin recurrir a ninguna de las calamidades que tanto frenesí nos causan a nosotros los argentinos piolas.
Por otro lado, la burbuja que se ha pinchado en los EE.UU. desde julio de 2007 y que tanta gracia le causa a la Presidente es la misma que provocó precios récords históricos de todos nuestros commodities de exportación que, a su vez, son los que explican por qué este modelo retrógrado y prehistórico que se ha dado en llamar ridículamente «productivo» trajo una recuperación económica formidable, después del peor colapso de nuestra historia.
Así que la señora Presidente,más que andar teorizando sobre la inexistente crisis del capitalismo global, debería estar agarrándose la cabeza de preocupación por la caída en picada de todos nuestros productos de exportación porque la burbuja de la que tanto habla explotó. Es más, dado que en la etapa de vacas gordas fuimos pro cíclicos (nos gastamos todo el aumento de recaudación inflando al máximo la demanda interna de consumo más inversión), ahora, épocas de vacas flacas, necesariamente seremos pro cíclicos acentuando el tobogán para abajo de la economía.
Si bien ya fue planeado acabadamente hace algunas semanas por Enrique Szewach en una nota en Ambito Financiero como respuesta al embajador argentino en EE.UU., Héctor Timerman, vale la pena insistir. No tiene nada que ver la intervención estatal que está haciendo el gobierno norteamericano para salvar a su sistema financiero, con la reestatización de Aerolíneas. Uno es pera y lo otro son batatas. Uno es gordura y el otro es hinchazón.
Salvar a los sistemas financieros, como el gobierno de Bush está tratando afanosamente en estos días, tiene la externalidad positiva de mantener vivos a los bancos que intermedian y permiten el nexo entre los depositantes (los que ahorran) y las empresas que toman crédito (los que «desahorran»). Romper ese vínculo implica el colapso económico. Obvio que hay mucho espacio para discutir en el futuro hasta cuánto «pedal-» se les permite tener a los bancos, los requerimientos de capital mínimo, la supervisón, etcétera. Pero comparar esto con la compra que hará nuestro Estado (o sea, todos nosotros) de una empresa como Aerolíneas que está fundida y es una vergüenza el servicio que presta (similar al que nuestros trenes subsidiados dan a los «humanovacas») es de una gran ignorancia o de mucha mala fe.
Luego, lo que está pasando con el sector de exportables de la Argentina es digno del libro Guinness de los récords..., del terror. Con precios internacionales jamás vistos del trigo, petróleo, gas, carne, leche, quesos; productos que además son fuente invalorable y casi inagotable de divisas, hay caídas en la producción doméstica de todos ellos. ¿Por qué? Por el desastre que los Kirchner le están mandando a hacer al secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, ahora apoyado desde la ONCCA por el pingüino Ricardo Echegaray, con las prohibiciones para exportar, los cierres de registros de exportación, los controles de precios, las intervenciones de mercados como el de Hacienda de Liniers y el Concertador de Frutas y Verduras. O sea, la intervención del Estado en la Argentina destruye a la actividad privada eficiente que puede competir con el mundo. El gobierno norteamericano, con el salvataje que está implementando de su sistema financiero, está haciendo todos los esfuerzos posibles para salvarla.
Es más, ese Estado argentino brillante, luminoso y «articulador de lo público y lo privado» al cual alude la Presidente con admiración es el mismo que ha llevado el gasto y la deuda pública a niveles tan altos que sólo tres años y medios después de la reestructuración de la deuda más salvaje que recuerde la historia humana para un país de alguna relevancia en el mundo, hemos recibido dos bajas de las calificadoras de riesgo y el mercado comenzó a sospechar que podemos defaultear la deuda otra vez. De nuevo, digno del libro Guinness de los récords..., del terror.
Tragicómico
Resulta gracioso y trágico al mismo tiempo, recordar que cuando en 2003 la Argentina crecía a tasas chinas rompiendo todos los contratos firmados trabajosamente durante una década y a la inversa, Brasil entraba en recesión por hacer un ajuste fiscal para evitar un default, las voces que se reían de este lado del Plata del mayor socio de Mercosur inundaban los micrófonos de las radios y la TV local y los hacían quedar a los brasileños más cipayos que a Menem en los 90. Hoy, de vez en cuando, nosotros les importamos energía eléctrica a ellos, Brasil es investment grade y se sienta casi regularmente con los siete países más ricos del globo a debatir sobre los grandes problemas del mundo. El que ríe últimoríe mejor. Y cuidado de tanto gozar a los demás por sus desgracias de corto plazo porque casi todos nos terminan pasando el trapo en el largo plazo. En los primeros años de modelo productivo, parecía que los estropicios que Kirchner cometía como la destrucción del crédito público, el pisoteo de los contratos con las privatizadas y el penalizar la venta de alimentos al mundo al punto de prohibirla, increíblemente aceleraban el crecimiento de la economía. Era de no creer. Alicia en el país de las maravillas. Hoy, a pesar de las sensatas señales que Cristina de Kirchner está dando sobre el tema de la deuda, la desaceleración del gasto público, la negativa a acelerar el ritmo de devaluación para no acicatear más a la inflación, parecería que no sirven de nada: hay clima de default, el riesgopaís sube, la tasa de interés vuela, la economía se enfría, hay sindicatos que piden aumentos sediciosos de salarios, el campo le para de nuevo. Todo mal. Lo mismo que antes, pero al revés.
¿Faltará mucho para que a los EE.UU. les toque reírse de nosotros?
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