La crisis inmobiliaria y su tenaz correlato financiero obligan a los bancos centrales a tomar cada vez más caminos «fuera de pista» para preservar los flujos de circulación crediticia. Queda claro que la tempestad derriba convenciones a su paso como si fueran meros muñecos de nieve. El Banco de Inglaterra (BoE, por su sigla en inglés), el único del G-7 que en agosto no suministró siquiera una libra de asistencia extra, decidió ayer un masivo paquete de ayuda a sus bancos.
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El propio primer ministro, Gordon Brown (quien sirvió como tesorero en tiempos de Tony Blair), trabajó en la urdimbre de la iniciativa. Es comprensible: su suerte política no yace muy lejos del éxito o fracaso de la criatura.
El plan, que compromete la participación del Tesoro británico, estriba en canjear activos inmovilizados en los libros de bancos y sociedades edificadoras por títulos públicos de gran liquidez. Y si bien se sugiere que el intercambio de activos financieros alcanzará los 50.000 millones de libras (aproximadamente el doble si se lo expresa en dólares), lo cierto es que no se establece un límite superior.
Si el objetivo pasa por devolver a las entidades a su normal rutina crediticia, las estimaciones apuntan -por ejemplo, las de Willem Buiter, ex gobernador del BoE- a una cifra no menor a los 100.000 millones de libras. O sea, penique más o menos, otro Northern Rock.
«No se trata de un rescate bancario», dijo ayer Alistair Darling, el actual secretario del Tesoro. «El propósito del plan es proteger a la economía de los bancos y no proteger a los bancos de las consecuencias de sus decisiones.»
Ese, al menos, es el espíritu que lo gobierna. Las entidades podrán descargar activos hipotecarios riesgosos (y también deudas por tarjeta de crédito) y recibir títulos públicos («gilts») de corto plazo. Pero la propiedad de los activos riesgosos no se transfiere; se trata de un préstamo de «gilts» (en vez de efectivo) garantizadopor dichos activos riesgosos. Los que, a su vez, son tomados con un aforo -descuento de cotización- importante.
¿Dónde reside la innovación? ¿No es acaso un remedo de la ventanilla de préstamo de títulos -TSLF- ya implementada por la Fed en marzo? El plazo es la diferencia crucial. En vez de los 28 días, el BoE -que mantendrá abierta por seis meses la posibilidad de participar del nuevo régimen- ofrece financiamiento por un año. Con opción a un máximo de tres años.
El programa expirará recién en octubre 2011. Nótese, dicho sea de paso, que los instrumentos elegibles se limitan a hipotecas (y deudas con tarjetas de crédito) ajenas a los EE.UU. Ya no cabe, por ende, hablar sólo de crisis del subprime ni del mercado inmobiliario de los EE.UU. Y eso que todavía, a diferencia de lo que ocurre allende el Atlántico, los precios de la vivienda sólo insinúan una tenue caída en el Reino Unido.
Liquidez abundante
En principio, el canje proveerá liquidez abundante a la hoja de balance de los bancos, pero no reduce su exposición al riesgo de crédito. Como la política monetaria se define en forma independiente, los bancos que participen del canje y reciban «gilts» en exceso, no deberían tener inconvenientes en convertir esos bonos de corto plazo en liquidez o efectivo contante y sonante.
La aplicación de aforos rigurosos -al menos, a las cotizaciones vigentes- obedece al propósito de forzar a los bancos ingleses a reconocer las pérdidas en sus activos domésticos (una faena en la que descuellan por su morosidad). A decir verdad, todavía ninguna entidad practicó siquiera un recorte de los dividendos a sus accionistas (en notable contraste con la experiencia de los EE.UU.). Además, el colchón de un aforo generoso protegerá al contribuyente inglés de una eventual zozobra en la recolección de las sumas prestadas.
Pero como las propias autoridades debieron reconocer, existe una vulnerabilidad residual. «El sector público quedará expuesto a una pérdida sólo en el caso poco probable de que un banco participante entre en default y el valor de sus garantías no cubra el valor de las letras de Tesorería prestadas», señala un comunicado del BoE.
Sin embargo, este mínimo resquicio podría resultar, en el tiempo, en un boquete de gran tamaño. Como el fin último del plan es que el crédito retome su curso normal, si la iniciativa no alcanza sus metas, montará sólo el primer paso de sucesivos intentos que cabe presumir serán menos rigurosos (y mayores en tamaño).
Si, por otra parte, la crisis inmobiliaria inglesa se agrava, el caso «poco probable» de un banco en dificultades podría transformarse en la regla y no la excepción. Y, entonces, la exposición del sector público crecerá en forma no lineal. Basta traer a colación la experiencia de Northern Rock.
Redescuentos
Lo que comenzó como un auxilio temporario para frenar una corrida de los depositantes de la institución, terminó con redescuentos masivos y la extensión de la garantía de los depósitos a todo el universo bancario. Cuando las autoridades buscaron nuevos accionistas para Northern Rock, ninguna oferta permitía recuperar el valor de los préstamos del BoE. Como se sabe, hoy la institución es propiedad estatal y la exposición del contribuyente trepa a la friolera de los 100.000 millones de libras. Nada lo sugería a sus comienzos.
Así, el acontecimiento relevante es que, en aras de contener la crisis financiera, Inglaterra decidió abrir la puerta a un nuevo renglón de intervención del sector público. El Banco de Inglaterra se convertirá en acreedor importante de los bancos. Pone un pie, si se quiere, pequeño en sus finanzas aunque, con el tiempo, puede verse obligado a meter los dos y, aun peor, dejar de ser mero acreedor para transformarse en accionista. Como ya sucedió con Northern Rock (y antes con la negativa cerrada a bajar las tasas de interés e, inclusive, a aumentar el volumen de pases), otros banqueros centrales y ministros de Finanzas estarán mirando. Después de todo, nada es más barato que aprender de la experiencia ajena.
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