“Estoy a mil” es una frase que escuchamos a diario, repetida e insistentemente. Enunciada como argumento de estar muy ocupado, acelerado, sin tiempo. En ciertas circunstancias refiere al padecimiento por no “poder parar la cabeza”, “tener la cabeza quemada” o “no poder dejar de hacer” en un errático desenfreno. El exceso y la ansiedad son moneda corriente.
Modalidades propias de un modo de “estar en la cultura” de hoy así como lo son el aburrimiento, la apatía, “la paja”, los consumos, los abusos en el cuidado del cuerpo entre muchos otros mas. Bien sabemos desde Freud, que aquello que repite e insiste merece ser pensado.
La actualidad y la clínica siempre interpelan al psicoanálisis: en su versión extrema las nuevas tecnologías, el exceso vertiginoso de información, la imposición del consumo, la soberanía de la imagen representan modos actuales del narcisismo de siempre. Las nuevas fachadas del padecer: actings, adicciones, urgencias en la satisfacción, abulias y otros generan sujetos aislados. Se conforman versiones de una pretendida identidad de precepción que se sostiene en la ilusión de convertir a un objeto en único e irreductible esquivando el sinuoso camino de lo incierto. Malestar en la cultura siempre vigente.
Eric Ssadin (“La vida espectral”, 2024) habla de esa pretensión omnipotente de la llamada “generación alfa”: ir mas allá del tiempo y el espacio. Aboliendo los impedimentos que estas coordenadas antes limitaban. Como también el descaro de querer detentar un poder libre de correcciones, anulando todo espíritu crítico. Intentando vencer la resistencia que impone el otro en su diferencia.
En este estado acelerado el tiempo y el espacio parecen trastocarse. Nos encontramos con la tramposa ilusión de estar “presente” (no en presencia) en diversos espacios virtuales en simultaneo. Como también alcanzar ese ingenioso y tortuoso tiempo sin corte, sin intervalo de espera, “un tiempo sin tiempo”. Hasta la creación de aparatos que nos ahorren el recuerdo y rememoración en una especie de letal hipermnesia, todo está allí en imágenes almacenadas como si ese eterno presente borrara la incertidumbre. Estar hiperconectados pero alertas e insomnes.
El Superyó (en tanto cultivo de pulsión de muerte) siempre acecha, incitando al desborde con su pata anclada en el ello. Incita al goce indiscriminado en un triunfo maníaco que intenta eludir la amenaza de castración, amenaza representada en el horror de lo inabordable, del vacío, de aquello que no se tolera perder, o no saber. Freud hablaba de la “omnipotencia y omnisapiencia” con la que el hombre de antes adornaba a sus dioses (Freud, “Malestar en la Cultura”, 1930).
¿De qué Dios hablamos hoy?
Nos convoca el padecimiento en estos modos exaltados y encubridores. El exceso se impone, pero la impotencia asoma. Sujetos urgidos en una veloz carrera por desembarazarse de la angustia que nos compromete como seres deseantes. ¿Cómo habilitar la pregunta?
El sufrimiento se viste de época. El desafío es poder traducirlo en un síntoma que interrogue, instalar una pausa que amortigüe el embate pulsional arrasador, que pretende encontrar una mentirosa calma en la inquietante tranquilidad de lo idéntico.
Quizás, Ir a paso lento, olvidar el tiempo y su velocidad, frenar el ritmo e ir más lento, así como nos dice Julieta Venegas en su canción. En el Curso Central del Centro Bleger de la Asociación Psicoanalítica Argentina nos dispusimos a pensar estos temas (actividad que se realiza un jueves por mes, a las 20 hs en modalidad presencial y on line) “Palabras de la clínica” lo llamamos haciendo un recorte de aquellos ecos que hacen marca en el discurso del sujeto de hoy.
Psicoanalista. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Miembro del Centro de Estudios Psicoanalíticos J. Bleger de APA.
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