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Temprano, antes de ir a votar en una escuela técnica del barrio de Palermo, apenas desayunó. Luego regresó a su casa y sobre el mediodía, ya instalado en el comando de campaña de la calle Chacabuco, ignoró, sistemático, el catering.
Ni siquiera los números dulces que sus laderos comenzaron a susurrarle al oído a media mañana -que por entonces le auguraban una victoria auspiciosa para el segundo round previsto el 14 de setiembre-lograron quebrar esa resistencia casi infantil a comer.
Miró TV y abundó del zap-ping. Paseó por los canales, rotando entre el fútbol -miró el partido entre Independiente y River-y los avances de la cobertura electoral, mientras repasaba los resultados de los boca de urna que llegaban, por fax o por teléfono.
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