Es probable que Eugenio Zaffaroni tarde bastante en ocupar la banca que dejó libre Julio Nazareno en la Corte. Los radicales del Senado se niegan, en silencio, a dar los dos tercios necesarios para su consagración. Sucede que en ese partido creen que la vacante de Nazareno les corresponde: después de todo, toleraron que la ausencia de un filorradical como Gustavo Bossert fuera cubierta por Juan Carlos Maqueda, del PJ. Duhalde le prometió a Alfonsín que la próxima vacante le correspondería a él, pero Kirchner ignoró el pacto y propuso a Zaffaroni. Por eso los radicales lo promoverán recién cuando se produzca la remoción de Eduardo Moliné O'Connor -con lo cual se explica mejor el linchamiento-, para ubicar a un juez propio. A pesar de su amistad con Alfonsín y Enrique Nosiglia, Zaffaroni se ha convertido en rehén de la UCR.
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Para comprender este pacto de Duhalde con Alfonsín, que Kirchner viene a frustrar, hay que remontarse a la historia del alto tribunal, que en los últimos años es la de una negociación permanente entre el PJ y la UCR. Cuando se suscribió el Pacto de Olivos, Alfonsín quedó con derecho a una banca propia y la cubrió con Gustavo Bossert. Pero cuando Bossert renunció por cansancio moral, don Raúl no pudo retener esa posición. Duhalde designó enseguida a Juan Carlos Maqueda, quien llegó al cuarto piso de Tribunales en un santiamén, impulsado por la banca de senadores del PJ que convirtieron en juez a uno de sus hombres. ¿Por qué los radicales de la Cámara alta, imprescindibles para consagrar ministros en la Corte, dieron sus votos a la designación de Maqueda? Por cosas de la vieja política, que Kirchner ignora o que no toma en cuenta, a pesar de la información que está en condiciones de proveerle Cristina, su esposa senadora. El bloque que preside Carlos Maestro aprobó el encumbramiento de Maqueda porque la próxima vacante, que inexorablemente se iría a producir en el plan de Duhalde, les sería entregada para compensar lo que perdieron con Bossert.
Estas cuentas pendientes de Duhalde que, como la de Aeropuertos, Kirchner no está dispuesto a hacer propias (sobre todo porque nadie le ofreció compartir las contraprestaciones que completaban esos pactos), demoran ahora la designación de Zaffaroni. No es que los hombres de la UCR en el Senado se nieguen a darle los votos. Pero quieren que, antes de proveer los imprescindibles dos tercios, ruede la cabeza de Eduardo Moliné O'Connor, «encargado» de producir la vacante que ansían los hijos de Alem para recuperar el cargo de Bossert. En la Cámara de Diputados el duhaldismo apresura la decapitación de Moliné para tener la posibilidad de nombrar a Zaffaroni. El encargado de que el trámite se produzca velozmente es Eduardo Camaño, custodio de los intereses del anterior gobierno en el nuevo juego que se abrió con Kirchner, no sólo en la Comisión de Acción Política sino también en el Congreso. Camaño, como Miguel Pichetto en el Senado, arrastran los pies con la entronización de Zaffaroni esperando servirse la cabeza de Moliné.
Pero este juez no colabora. Se resiste a renunciar como Nazareno y prepara los argumentos de su defensa acusando al gobierno de querer removerlo por el contenido de sus sentencias, de tal manera que, en adelante, todo el Poder Judicial aprenda a olfatear lo que se espera en Olivos de sus fallos. El trámite, entonces, se prolongará: Zaffaroni debe esperar por lo menos tres meses para que peronistas y radicales les provean los 2/3 necesarios para su designación, que quieren conjunta con la de otro candidato.
Para que este gambito llegue a término con éxito hace falta, ahora, la cooperación de Kirchner. El Presidente debería allanarse a una negociación discreta con Alfonsín o con Maestro (en este caso tal vez sirvan los buenos oficios de un amigo común, Cristóbal López, vecino de Rada Tilly). Aunque una transacción de esta naturaleza obligaría a modificar ese criterio establecido por Gustavo Béliz según el cual, para nominar a candidatos a jueces de la Corte, debe obedecerse el dictamen de organizaciones intermedias. Aunque el ministro se ha mostrado flexible en sus posiciones sobre el tema: no sólo postula a Zaffaroni, a quien criticó por su liberalismo en las discusiones comunales porteñas. También se ha convertido en el verdugo de Moliné, sobre cuya designación no dijo una palabra cuando era funcionario de Carlos Menem y compartía con el magistrado, por diversas razones, el mismo padrino: Hugo Anzorreguy.
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