28 de mayo 2003 - 00:00

El discurso y su arranque

Más allá de discursos, declaraciones y visitantes de estos días, pienso -quizá sea sólo esperanza- que el gran aporte que Néstor Kirchner puede traer es algo que el país nunca tuvo salvo en esbozos: un centroizquierda razonable, progresista en el buen uso de la palabra, como Felipe González, Mitterrand y otros europeos o Lula Da Silva hoy en Brasil y Patricio Aylwin tras la dictadura en Chile. No creo que vaya a ser real, pese al festival con euforia en que hoy vive, el sueño de nuestra enmohecida izquierda criolla de verlo vistiendo trajes verde oliva y creciéndole la barba.

Hace seis años fui a Santa Cruz invitado por el hoy Presidente y su esposa. Hablé largo con ellos, recorrí la provincia -obviamente también El Calafate y el famoso ventisquero, al que no conocía-, visitamos juntos frigoríficos del no menos famoso cordero patagónico y hasta un hospital recién construido que me asombró porque ni de cerca los había así, en pulcritud e instrumental, en la mayoría de las provincias. Kirchner luego visitó el diario y conversó largo con los principales periodistas. Sería haber desperdiciado varias décadas de ejercer la profesión de prensa no haber observado esencias marxistas arraigadas, que los moderados hoy tanto temen y los izquierdistas utópicos le sellan al santacruceño. Parece más correcta la definición de Duhalde: «Un rebelde sano».

Pienso que el matrimonio Kirchner creyó en algo que era mayoritario como pensamiento en la Argentina y en lo cual coincidían hasta las encuestas pagadas: que este período presidencial de cuatro años era para Carlos Menem. Creemos que eso llevó a Kirchner a rodearse de una simbología política extrema pensando en la elección de 2007, descontando que si el candidato riojano ganaba, iba a realizar -era obvio que así seríauna política muy estrechamente ligada a Estados Unidos, incluyendo el envío de naves con la Bandera nacional donde fuera.

Pero su sueño para 2007 se le adelantó imprevistamente y lo dejó impregnado -demasiado, es cierto-de izquierdismo. Se acentuó a partir de ese error adolescente de haber enviado el avión de su gobernación a buscar a un diputado para impedir la derogación de la ley de «subversión económica». Hoy, ya primer mandatario, va a tener que enfrentar sanciones legislativas mucho más amargas si efectivamente -como dijo al asumir-no quiere para su gestión el país «del default».

Lo más habitual en la Argentina ha sido que las vocaciones presidenciales no surjan del autoconvencimiento en un plan definido de progreso, sino del hartazgo de los caudillos de ganar elecciones provinciales. Néstor Kirchner no escapa de esto. Tampoco Juan C. Romero y Adolfo Rodríguez Saá en los últimos comicios donde, a decir verdad, el único que sabía qué hacer y cómo era Ricardo López Murphy. En nuestro país se gana la poltrona presidencial y luego, como diría el poeta, «se hace camino al andar». Lo repetimos demasiado. Así arrancó Carlos Menem en 1989. El único proyecto de país de Eduardo Duhalde fue siempre, aunque las urnas nunca lo acompañaron, el populismo. El caudillo del interior que puede ganar hoy una elección a gobernador cuantas veces quiera sin aspirar a la etapa presidencial siguiente es Carlos Juárez, sólo por razones de edad.

Nuestra tradición de gobiernos continuados hasta el tropiezo -no a la manera norteamericana, que limita mandatos, sino europea- se compadece también con la total incoherencia y suma de utopías de las «plataformas» de nuestros partidos políticos. Aquí se llega así a la Presidencia y Néstor Kirchner será la realidad por los próximos cuatro años. No importa la cantidad de votos. Illia no cayó por haber asumido con 23% de los votos, sino por insipidez, aunque en una gestión honrada.

No quiere que lo identifiquen como «pragmático», sin duda por la asociación del término con Menem, pero Kirchner no puede negar que es, digamos, fuertemente realista. Paralelamente a su estrategia contra el riojano desarrolló ataques igualmente duros contra un eventual continuismo de Duhalde. Enrieló la tanza cuando terminó siendo su candidato y en el discurso del domingo no lo mencionó una sola vez al gobierno que le facilitó la llegada. Inclusive lo golpeó duró al estigmatizar al «clientelismo», que es la columna vertebral del «aparato» duhaldista y hasta de su último socio, lo residual que hoy queda del radicalismo reducido a 2% nacional.

Porque es realista, cuando en 1991 asumió la gobernación de Santa Cruz, rebajó 30% los salarios a los empleados públicos frente a la debacle administrativa provincial. Cuando reconstituyó la situación -debido al cobro de cuantiosas regalías para 200.000 habitantes de su provincia-, devolvió lo retenido, hizo obras, hospitales y terminó aumentándoles el sueldo. Ese realismo me impresionó cuando visité Santa Cruz.

Lo mismo cuando observé que a los tres años de asumir ya privatizó el banco provincial, algo que en muchas provincias costó horrores -aún algunos subsisten- concretar a los gobiernos nacionales porque los desfondaban y quebraban para seguir administrando con demagogia. Aun con todas las sospechas que siempre quedan sobre las formas en que se privatizaron los «bancos provinciales», ¿qué izquierdista fanatizado hubiera actuado así?

• Racionalidad

En el discurso inaugural de su presidencia el domingo se ve una pieza meditada (sin duda cambió al redactor, como le aconsejó el periodista Claudio Escribano tras el agresivo y extemporáneo discurso leído el 14 de mayo). Hay frases allí que puede reivindicar todo sector, toda ideología. Personalmente me quedo con tres conceptos: «La sabia ley -dijo- de no gastar más de lo que entra debe observarse. El equilibrio fiscal debe cuidarse... El país no puede recurrir a la emisión sin control... Los problemas de la pobreza no se solucionan desde las políticas sociales, sino desde las políticas económicas». Dependerá el logro de qué políticas, pero es la base racional y no demagógica del manejo de la cosa pública.

Es correcta la crítica de que no hay precisión sobre el «como». También lo es que pagar la deuda para no caer en más default no es posible sin ajuste interno, pero se puede hacer en gran parte sin sacrificar mucho más al conjunto de la población con reasignación de recursos de un presupuesto nacional plagado de burocracia.

También es cierto y merece reparos en el discurso inaugural de un presidente de la Nación que no haya habido una sola referencia a la libertad de prensa y difusión, más aún constándome y constándole a este diario que a Kirchner lo irrita hasta un párrafo crítico en una nota de prensa. No es bueno, tampoco, que en un discurso de 6.500 palabras no haya estado incluida ni una sola vez "libertad" -de prensa y todas- en una nación que no es Suiza y tiene demasiados antecedentes de autoritarismo.

No puede desconocerse que hay mucho voluntarismo en el discurso. No hay esbozada una idea-fuerza de grandeza y se cae en que haciendo obra pública se reactiva desde el Estado y no desde la actividad privada creando un «clima de negocios» que es lo único que mueve la inversión. Sin inversión no hay progreso ni menor desocupación. Hasta Fernando de la Rúa cayó en lo de «la obra pública». No hay fondos para solventar un plan que en principio se calcula en casi 3.000 millones de dólares. Otro realista pero total, como Lula Da Silva, en Brasil esbozó un plan de obra pública más modesto -1.100 millones de dólares en un país de 175 millones de habitantes-, lleva cinco meses en el poder y aún no consiguió fondos.

Aun con muchas objeciones, pienso que un presidente que propone que
«el equilibrio de las cuentas públicas, tanto de la Nación como de las provincias, es fundamental» y «no gastar más de lo que entra al Estado», si realmente lo cree y aplica, ya tiene un plan económico en una Argentina en crisis. Lo demás son formas de poner el enunciado en práctica.

Por supuesto si en «gastar» incluye honrar las deudas.

Se verá con el tiempo. En definitiva, el propio nuevo primer mandatario expresó:
«Un nuevo gobierno no debe distinguirse por los discursos de sus funcionarios, sino por las acciones de sus equipos».

Por ahora hay que dejar el retozo de nuestra izquierda (muchísimo más hacia la dictadura de Fidel Castro que al realismo socialista de Lula o la modernidad socialdemócrata de Lagos, de Chile).

Podrá haber decepciones, desde ya, pero por lo mencionado hay que creer en el realismo de Kirchner y mantener la atención sobre Eduardo Duhalde. Puede ser un obstáculo en un Kirchner democrático, positivo y no «clientista» para el país. Pero si no fuera así, sería -aunque parezca increíble-, un resguardo precisamente de la democracia pese a que la violó con amplitud para esta elección.

Ciertamente, la oposición más seria, más intachable, será la de Ricardo López Murphy, pero no tiene todavía la fuerza en cuerpos deliberativos del duhaldismo y de las huestes que le restan a Menem. Elisa Carrió sólo puede oponerse por celos.

Y si no bastaran los argumentos, Néstor Kirchner merece la espera, la comprensión, porque debe ser -ciertamente es- el presidente que recibe el país con mayor endeudamiento, más alto índice de pobreza, más reclamos anestesiados y pospuestos en toda la historia nacional.

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