El discurso y su arranque
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No quiere que lo identifiquen como «pragmático», sin duda por la asociación del término con Menem, pero Kirchner no puede negar que es, digamos, fuertemente realista. Paralelamente a su estrategia contra el riojano desarrolló ataques igualmente duros contra un eventual continuismo de Duhalde. Enrieló la tanza cuando terminó siendo su candidato y en el discurso del domingo no lo mencionó una sola vez al gobierno que le facilitó la llegada. Inclusive lo golpeó duró al estigmatizar al «clientelismo», que es la columna vertebral del «aparato» duhaldista y hasta de su último socio, lo residual que hoy queda del radicalismo reducido a 2% nacional.
Porque es realista, cuando en 1991 asumió la gobernación de Santa Cruz, rebajó 30% los salarios a los empleados públicos frente a la debacle administrativa provincial. Cuando reconstituyó la situación -debido al cobro de cuantiosas regalías para 200.000 habitantes de su provincia-, devolvió lo retenido, hizo obras, hospitales y terminó aumentándoles el sueldo. Ese realismo me impresionó cuando visité Santa Cruz.
Lo mismo cuando observé que a los tres años de asumir ya privatizó el banco provincial, algo que en muchas provincias costó horrores -aún algunos subsisten- concretar a los gobiernos nacionales porque los desfondaban y quebraban para seguir administrando con demagogia. Aun con todas las sospechas que siempre quedan sobre las formas en que se privatizaron los «bancos provinciales», ¿qué izquierdista fanatizado hubiera actuado así?
• Racionalidad
En el discurso inaugural de su presidencia el domingo se ve una pieza meditada (sin duda cambió al redactor, como le aconsejó el periodista Claudio Escribano tras el agresivo y extemporáneo discurso leído el 14 de mayo). Hay frases allí que puede reivindicar todo sector, toda ideología. Personalmente me quedo con tres conceptos: «La sabia ley -dijo- de no gastar más de lo que entra debe observarse. El equilibrio fiscal debe cuidarse... El país no puede recurrir a la emisión sin control... Los problemas de la pobreza no se solucionan desde las políticas sociales, sino desde las políticas económicas». Dependerá el logro de qué políticas, pero es la base racional y no demagógica del manejo de la cosa pública.
Es correcta la crítica de que no hay precisión sobre el «como». También lo es que pagar la deuda para no caer en más default no es posible sin ajuste interno, pero se puede hacer en gran parte sin sacrificar mucho más al conjunto de la población con reasignación de recursos de un presupuesto nacional plagado de burocracia.
También es cierto y merece reparos en el discurso inaugural de un presidente de la Nación que no haya habido una sola referencia a la libertad de prensa y difusión, más aún constándome y constándole a este diario que a Kirchner lo irrita hasta un párrafo crítico en una nota de prensa. No es bueno, tampoco, que en un discurso de 6.500 palabras no haya estado incluida ni una sola vez "libertad" -de prensa y todas- en una nación que no es Suiza y tiene demasiados antecedentes de autoritarismo.
No puede desconocerse que hay mucho voluntarismo en el discurso. No hay esbozada una idea-fuerza de grandeza y se cae en que haciendo obra pública se reactiva desde el Estado y no desde la actividad privada creando un «clima de negocios» que es lo único que mueve la inversión. Sin inversión no hay progreso ni menor desocupación. Hasta Fernando de la Rúa cayó en lo de «la obra pública». No hay fondos para solventar un plan que en principio se calcula en casi 3.000 millones de dólares. Otro realista pero total, como Lula Da Silva, en Brasil esbozó un plan de obra pública más modesto -1.100 millones de dólares en un país de 175 millones de habitantes-, lleva cinco meses en el poder y aún no consiguió fondos.
Aun con muchas objeciones, pienso que un presidente que propone que «el equilibrio de las cuentas públicas, tanto de la Nación como de las provincias, es fundamental» y «no gastar más de lo que entra al Estado», si realmente lo cree y aplica, ya tiene un plan económico en una Argentina en crisis. Lo demás son formas de poner el enunciado en práctica.
Por supuesto si en «gastar» incluye honrar las deudas.
Se verá con el tiempo. En definitiva, el propio nuevo primer mandatario expresó: «Un nuevo gobierno no debe distinguirse por los discursos de sus funcionarios, sino por las acciones de sus equipos».
Por ahora hay que dejar el retozo de nuestra izquierda (muchísimo más hacia la dictadura de Fidel Castro que al realismo socialista de Lula o la modernidad socialdemócrata de Lagos, de Chile).
Podrá haber decepciones, desde ya, pero por lo mencionado hay que creer en el realismo de Kirchner y mantener la atención sobre Eduardo Duhalde. Puede ser un obstáculo en un Kirchner democrático, positivo y no «clientista» para el país. Pero si no fuera así, sería -aunque parezca increíble-, un resguardo precisamente de la democracia pese a que la violó con amplitud para esta elección.
Ciertamente, la oposición más seria, más intachable, será la de Ricardo López Murphy, pero no tiene todavía la fuerza en cuerpos deliberativos del duhaldismo y de las huestes que le restan a Menem. Elisa Carrió sólo puede oponerse por celos.
Y si no bastaran los argumentos, Néstor Kirchner merece la espera, la comprensión, porque debe ser -ciertamente es- el presidente que recibe el país con mayor endeudamiento, más alto índice de pobreza, más reclamos anestesiados y pospuestos en toda la historia nacional.




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