En 45 años de periodismo no he visto los peligrosos aditamentos que tiene esta elección presidencial del domingo. Nunca, por caso, vi un gobernante en ejercicio del poder con tanto desparpajo como Eduardo Duhalde para tratar de imponer a su sucesor. Ni un presidente militar de facto como el general Alejandro Lanusse hizo, en 1973, tantas tropelías no sólo antidemocráticas sino también ilegales para imponer a quien quería que lo sucediera. En ese caso, era el brigadier Ezequiel Martínez, que fue ampliamente derrotado por la fórmula Héctor Cámpora-Vicente Solano Lima (que luego renunciaron para que asumiera el general Juan Perón su tercera presidencia).
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Menos aún lo vi en aquel militar también presidente de facto como fue el general Pedro Eugenio Aramburu, quien en 1958 convocó a elecciones presidenciales y no ocultaba su predilección de que resultara electo el radical Ricardo Balbín. No lo logró porque ganó la primera magistratura el radical disidente Arturo Frondizi. Más aún, en 1962 otro gobierno militar había derrocado a Arturo Frondizi. Asumió un civil, José María Guido, pero, en realidad, mandaban los militares, principalmente el ministro del Interior, general Osiris Villegas. Este convocó a elecciones en 1963 y pretendía que ganara el general Pedro Aramburu, que 8 años antes había derrocado al presidente Perón. Es cierto que proscribió al peronismo. Pero a los demás los dejó actuar con una libertad que en esta elección no se ve. Aramburu perdió. Ganó Illia.
Haber impedido la elección interna partidaria e inclusive proscribir, por primera vez en democracia, a su propio Partido Justicialista es algo que hemos asimilado, pero que no deja de ser un horror en Eduardo Duhalde. Haber presionado a las provincias con la entrega rápida o demorada de montos de impuestos coparticipables -a los que tienen legítimo derecho-según sus gobernadores apoyaran o no al candidato oficial Néstor Kirchner también me resulta incomprensible. Ni lo es menos la cantidad de encuestas falseadas por dinero pagado a conocidos «encuestólogos», que tiraron su honra a los chanchos aprovechándose de la desesperación del duhaldismo por continuarse en el poder, vía un político santacruceño designado como «candidato del gobierno» cuando la mayoría del país ni sabía pronunciar su nombre y desconocía hasta qué provincia gobernaba.
No puedo recuperarme de la impresión que me dio ver medios de prensa tradicionales con espacios vendidos e inclusive títulos de tapa para publicar esas encuestas falsas en procura de arrimar votos a determinado candidato.
¿Qué decir de un jefe de Gabinete de ministros del Poder Ejecutivo de la Nación que expresó, hace pocos días, «hay que salir con el cuchillo entre los dientes a conseguir votos para Néstor Kirchner».
Por eso me alarma que en esta elección del domingo pueda haber fraude y por parte del mismo gobierno que la convocó. ¿Exagerado?
Creo que no. En la interna de un partido tradicionalmente democrático como el radical hubo fraude en tres provincias, donde hubo que repetir los comicios por disposición de la Justicia. En Catamarca la violencia obligó directamente a suspender una elección de gobernador sin que todavía haya fecha de nueva realización. En Lomas de Zamora -pago chico del propio presidente Duhalde-la esposa del presidente de la cámara de Diputados de la provincia denunció fraude y compra de votos en una elección interna del justicialismo bonaerense a nivel de designar candidatos a intendente y concejales municipales.
¿Cómo entonces no temer, con estos antecedentes tan inmediatos y la ambición hasta desesperada de continuidad en el poder del actual primer mandatario, que no haya fraude este domingo si no gana el «candidato oficial» o no entra, por lo menos al ballottage?
Ojalá no suceda, que no demos una muestra de vergüenza más al mundo. Pero no tengo ninguna seguridad de que no ocurrirá, lamentablemente. (Esta nota fue publicada en la revista «Noticias» esta semana.)
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