Lo relevante de sus declaraciones radica en su carácter de hombre que mantiene ahora con Kirchner una relación constante, como antes con Eduardo Duhalde y antes aun con el padre Farinello. Es un audaz de la política y de discurso hiriente. Tomó el municipio porteño y la Casa de Gobierno para hacer proselitismo. Inclusive desde la Rosada atacó a Carlos Reutemann en el duhaldismo. Enfrenta a todos, inclusive a Felipe Solá, porque aspira a ser gobernador. Una bravuconada, porque no inspira más adhesión que la de unos pocos miles de piqueteros que lo siguen por la gestión de subsidios en planes Jefas y Jefes de Hogar. Es diputado, disimulado en una lista sábana a la Legislatura bonaerense del duhaldismo.
Una visión superficial podría indicar que sus loas a Kirchner y sus desbordes dialécticos buscan arrimar a su candidatura algún puñado de votos y a su FTV algunos planes sociales más -ya maneja 76.000 y admite que Kirchner le entregó 270.000 pesos para el programa Manos a la Obra. Sin embargo -como se verá más adelante-, el tono que utilizó alarma, tanto como inexplicable es la pereza oficial para despegarse de semejante desafío. ¿Se debe seguir entregando planes sociales y dinero a un movimiento piquetero, que es atacar la cultura del trabajo a cambio de subsidio? Si son necesarios -en realidad lo son-, ¿por qué no cederlos a través de entidades no políticas como Cáritas o el propio gobierno, sin alentar liderazgos mesiánicos?
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