Si no se le hubiera visto la peligrosa actitud de llegar hasta ignorar el mejor bienestar de un electorado -el capitalinopara sus fines políticos, se ratificaría que esta presidencia de Kirchner ciertamente es, hasta ahora, la más efectiva desde la de Carlos Menem hasta 1997.
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Digamos que, tal como se están haciendo las cosas administrativamente, es notorio que las presidencias de De la Rúa, Rodríguez Saá y Duhalde fueron superfluas y una pérdida de valioso tiempo. La aceptación ciudadana de Kirchner no será de 75% u 80%, como en forma poco democrática se paga por difundir como idea superadora. Pero sí es comprobable que en contra de este presidente no debe haber más de 20% o 25% de los habitantes adultos del país. No es lo mismo. Significa que, por el momento, Kirchner no es capaz, felizmente, de enfervorizar en su favor a tres cuartas partes de la población, de llegar a aquel 71% de votos de Hugo Chávez o el otro 90% famoso de Adolf Hitler en 1934, pero sí mantener, como puede darse en países evolucionados de Occidente, un sector lógico y menor de la sociedad argentina en oposición. O sea, resguardos imprescindibles de una democracia.
Oposición inevitable, porque 500.000 connacionales son sacrificados como tenedores de bonos nacionales en default, millones de futuros jubilados también a punto de castigo en sus bolsillos y muchos temerosos todavía por lo que se ha dado en llamar «la acechanza hegemónica» de Kirchner. Son oposición también los que aún no asimilan como real o desconfían que este santacruceño haya dado a la izquierda las escalinatas de Derecho con Fidel Castro y juicios a militares de los '70 para poder estar al lado de Bush sin quejas.
No fue lo mismo, aprovechando una época de tremenda crisis social y alto desempleo -con su secuela penosa de fácil compra de voluntades y votos-, impulsar desde el gobierno a Carlos Rovira en Misiones que a Aníbal Ibarra en la Capital Federal. El jefe de Gobierno porteño había tenido su oportunidad ejecutiva durante casi 4 años y la desaprovechó. El voto más honesto y desinteresado de esos porteños tenía intriga por darle la oportunidad a otro hombre muy joven de comprobada ejecutividad, como era Mauricio Macri, y Kirchner no lo quiso pese a la renovación que propugna. Ramón Puerta en Misiones ya había sido 8 años gobernador, bastante bueno y hasta llegó a presidir el país convulsionado por 2 días. Rovira era la figura más joven -aunque ambos candidatos aún lo son-que moralmente, cuando menos, merecía otro período de gestión tras el primero aceptable.
El problema del resultado misionero no está en quién resultó seguramente el adecuado ganador allí sino en que los moderados del país se alarman cada día más por una nueva forma de democracia en la Argentina. Se observa que mientras haya tanta necesidad y miseria social, quien posee el mando -nacional, provincial o municipal-para usar fondos públicos no será desplazado de la gestión que ya tiene, sea buena o mala. Como en la otra crisis socioeconómica tremenda, única comparable en el país, de la década de 1930 se desvalorizan los valores democráticos. No es ilógico. Se ha visto en el nuestro y en otros países -inclusive desarrollados-que cuando la necesidad de una población es tan grande se puede apoyar hasta dictaduras o conseguir fácilmente votos.
•Conversión
Si se mira con atención el mapa electoral, en el ciclo de este año no hubo distrito, salvo Tierra del Fuego, donde no haya ganado el oficialismo ya reinante. Así fue en Santiago del Estero, La Rioja, San Luis, Córdoba, Tucumán, Catamarca, Río Negro, Santa Fe, Buenos Aires, Chaco, Jujuy, Santa Cruz, Neuquén y Misiones. No importa, como puede advertirse, el partido político que esté al frente de la administración, sea radical o peronista: nadie puede vencer al Estado que reparte comida y programas sociales. Esta es la realidad, que convierte al electorado más desprotegido en extraordinariamente conservador, temeroso de perder lo que recibe. Cuidado entonces con la democracia que vamos a tener mientras no se supere tanta pobreza y las necesidades sean aprovechadas por el oportunismo político.
Fuera de ese aspecto, obviamente político, la acción puramente económica de este gobierno de Néstor Kirchner hasta ahora -salvo marcadas excepciones que sería largo enumerar aquí- no puede ser objetada por el centroderecha.
Un gesto de madurez democrática de Néstor Kirchner será convencerse de que su eficiencia en el manejo de la cosa pública le está sumando más apoyo -y por derivación poder-que elecciones o «transversalidad» que lo apoye. Que observe hoy a Eduardo Duhalde, menospreciado en el interior y en el exterior del país, no por falta de «poder» sino por carencia de habilidad administrativa para manejar gobiernos sin generar horribles déficit. Aun cuando por ironía en esta Argentina posestallido sea precisamente Duhalde garantía de la democracia a nivel de alarmar verlo perder tantas elecciones cuando los fondos públicos los manejan otros.
No quiere decir que se haya producido el milagro de que confluyan en una misma gestión presidencial derecha, centro e izquierda, sacando a los ultras de ambos extremos, desde ya. La diferencia es -y siempre seráque a la izquierda nunca le interesa la democracia, salvo como un medio de uso, pero no como un fin. Por eso inclusive ansía dictaduras, comenzando por la superada «del proletariado».
También esa izquierda siempre actúa con resentimiento con o sin causa, como antes de la represión de los '70, cuando ya odiaba. El centroderecha mayoritariamente, por su apego a la libertad, coincida o no en manejo económico con la izquierda, nunca pretende su eliminación y donde lo intentó -el macartismo, por caso-fue tan excepcional que marcó un hito siempre recordado, pero como deplorable.
En esto, Néstor Kirchner ha sido más hábil inclusive que Lula Da Silva, porque va imponiendo la racionalidad en el manejo de la economía calmando siempre con algún accionar o frase detonante a la izquierda nativa. Y lo hizo desde el primer día de gestión, antes de acercarse a los Estados Unidos como no se le ocurrió en táctica al mandatario brasileño que, por eso, tiene más enredos políticos. Estos socialismos racionales, sin exhibirlo, como Lula o Kirchner, pueden hoy cometer audacia de gestión que no se les hubiera permitido por el escándalo a los marcadamente liberales, como Carlos Menem o Fernando Cardoso en Brasil, o como podría haber sido Ricardo López Murphy si hubiera ganado. El avance de los pueblos de estas latitudes sureñas hacia la meta del desarrollo justifica plenamente los caminos que se tomen. Son hoy por hoy el tipo de primer mandatario más eficaz para naciones emergentes, aunque siempre quede esa duda de su amor final hacia la democracia en situaciones recompuestas, aunque lejanas y utópicas.
Es el realismo con que hay que mirar el país, aunque -como dice bien Mariano Grondonausted no se sienta hijo ni nieto de una Hebe de Bonafini que aplaude los atentados asesinos del terrorismo de ETA en España y justifica el luctuoso ataque a las Torres Gemelas en Nueva York.
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