14 de julio 2003 - 00:00

Sólo opiné. Quiero ser libre, no héroe

Si una nota periodística logra una repercusión anormal es porque reflejó algún sentir latente pero oculto de la sociedad. La nota que publicó este diario el viernes 4, comentando que hay un intento de copamiento de la izquierda minoritaria en el país, tocó ese sentir. La repercusión que la hace exageradamente protagonista, cuando no era su propósito, fue porque sorprenden tantos silencios y empieza a haber miedo en la Argentina. Miedo al porvenir económico, porque pareciera que estamos desafiando sin muchas armas al mundo. Miedo a la situación personal de ingresos, de obligaciones. Miedo a quienes nos van a juzgar, a dirigir. Miedo a opinar, a escribir, a hablar. En las dictaduras militares, cuando entraban avasallantes, se sentía esa sensación pero no tal miedo en los recambios democráticos. El retroceder del periodismo puede ser hasta ese graffiti en una pared de San Telmo: «Nos mean y la prensa dice que llueve». Julio Ramos ha sido convocado a programas de televisión donde el simple disentir sorprendentemente se toma como «complot». Como si disentir, opinar de otra forma, no subirse a la ola, no correspondiera y fuera un atrevimiento insólito hoy en una Argentina convocada a ser «hegemónica», como advirtió Ricardo López Murphy, aunque este político se está demostrando demasiado endeble si pretende encabezar la oposición. Los medios y programas «progre» de izquierda no sólo están en el apogeo de espacios y ganancias sino que -propio de una mentalidad dictatorial- atacan permanentemente a los periodistas y medios que enfrente apoyan la libre empresa, la iniciativa privada, la libertad. Directamente querrían que no existan, que fueran eliminados los Mariano Grondona, todo lo referente a Daniel Hadad, Mauricio Macri, empresarios en general, Julio Ramos. Mucho más. Los voceros de la izquierda con su accionar precisamente le dan la razón a esa nota de este diario, como si ellos no hubieran sido despiadados críticos de Carlos Menem o Fernando de la Rúa, además de serlo con los políticos del centroderecha, y jamás nadie los amenazó, ni temieron ser silenciados, como ahora ocurre del otro lado.

Hay quienes le inculcaron el marxismo y no lo saben. Actúan y serían incapaces de aplicarle 27 años de prisión a un periodista o a un opositor sólo por disentir, como en Cuba, pero no se dan cuenta que los están llevando a eso.

Me alarma menos un programa televisivo llevado a ese nivel. También alguna revista que hace periodismo torpe o timorato. Que en una edición se rasga las vestiduras porque casi toda la prensa se ha alineado en la ola política del momento y en el otro porque hay algunos periodistas que disienten. Aprovechan -táctica común del miedo en medios- para pegarle como ninguno al gobierno actual, pero dentro de un contexto de ubicarse -por las dudas- como «equidistantes», que no quieren volver a enfrentamientos «del pasado» y propugnan que no haya voces disonantes como si en algún lugar existiera eso, fuera de las dictaduras. Además, lo propio del buen periodismo es alarmarse cuando existe una voz demasiado poderosa en el gobierno, no entre quienes critican al poder.

• Medidas

No tengo definición clara aún sobre Néstor Kirchner y sí, bastante, sobre cierto entorno. Hace 30 días escribí que cuando lo traté no me pareció en absoluto marxista. No puedo negar que las medidas para mejorar la seguridad ciudadana y algunas para mejorar la recaudación impositiva satisfacen. Actuar sobre los desarmaderos de autos, por caso, para evitar tantas muertes de conductores que resistieron robos. Me avergüenza que no se les haya ocurrido a políticos y gobiernos anteriores.

No sé si es diabólico o bien pensado que resuelvan, si se aprueba, los legisladores por ley y los jueces por fallos pero no la Corte sobre el pasado con represiones y riesgo de extradiciones. En definitiva puede significar obligar a participar, a decidir en un país caracterizado por el «no te metás».

Puedo sumarme a quienes rechazan medidas recientes que sólo se justificarían en consolidar poder. Pero no callarme en política económica no por «imponer otra» -como vociferan los autoritarios- sino por considerar pernicioso para el futuro lo que hoy se está gestando. Eugenio Zaffaroni en la Corte Suprema decididamente no. Es herir a la sociedad.

Están esos inculcados que agitando banderas «progre» se desubican. Es muy distinto el caso de Horacio Verbitsky. Tiene cultura. Sabe lo que es marxismo. Latoso para escribir, pero pícaro para engañar y, sobre todo, inculcar. El no es showman de la izquierda, es ideólogo.

Hace mucho que nos enfrentamos, en debates, en ataques, en tribunales. A él no necesitaría preguntarle qué es la teoría del valor, los Gossplan soviéticos o si el proceso histórico del movimiento social es o no natural y fuera de la voluntad o conciencia de los hombres como plantea «El Capital», por ejemplo. Leyó a Marx y leí a Marx. Sabe qué fue la «Cheka» o quién Pol Pot. Está muy por encima de la línea media de la izquierda criolla, sobre todo de la mediático-televisiva.

Por eso en estos días me ha atacado por el lado de lo personal, de la ironía. Sabe -porque me hizo indagar que durate el Proceso militar yo tuve dos sanciones dolorosas (económicamente y por torpeza , aclaro, para no hacerme víctima) mientras él escribía libros para la Aeronáutica con el comodoro Güiraldes. Sabe que hablé mucho con Rodolfo Galimberti y tuve testimonios de sus ex compañeros en Montoneros.

• Fantasmas

Por eso va de costado y dice, cuando señalo su influencia marxista en este gobierno, que a mí me desvelan «mis fantasmas», cuando opino. Se refiere a la muerte de mis dos hijos. Sería imbécil que negara que siguen doliéndome, pero murieron en accidentes -ruta y electricidad- no como subversivos ni víctimas de subversivos, por lo cual no influye su recuerdo cuando analizo y escribo. Tengo dolores, sí, pero no rencores.

Además, si algo así me afectara, es preferible y más sano vivir con el recuerdo de hijos inocentemente fallecidos y no con «fantasmas» de compañeros muertos por la cobardía de haberlos abandonado, tras haber estado escondido detrás de una columna y huido solo con el único auto de apoyo disponible, como -se dijo- hizo Verbitsky en un operativo de subversivos en Plaza de Mayo. Aunque hoy en la SIDE no vayan a quedar ni rastros del terrorismo, se han publicado testimonios de esos compañeros que abandonó a su suerte, que le crearon sus «fantasmas» y que hace que se empeñe en una Argentina marxista, con estilo duro de Stalin, año 1930, para salvar su conciencia. ¿O no es así? ¿O no están esos testimonios escritos de todo lo que protagonizó en ese episodio que oculta?

Dice que yo vivo rodeado de «amigos rufianes». No los tengo. Igual preferiría «rufianes» que vivan de putas y no los amigos asesinos de Horacio Verbitsky, que hicieron llevar a Cuba, vía Perú, los 60 millones de dólares ensangrentados del secuestro de los hermanos Born. ¿O no?

Siempre defendí -y apoyé- la pluralidad, que incluye a la izquierda, pero nunca en ninguna confrontación introduje la enajenación de eliminarla, como propicia la mentalidad Verbitsky, un personaje que hoy influye, se encarama, decide, insulta, inculca en un país donde el «olvido del pasado» se quiere que sea selectivo.

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